Capítulo 16

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El viernes me desperté sin ganas de afrontar el día. La situación del prisionero de Azkaban iba a volverme loca. No podía estar ni siquiera unos segundos sin pensar en el tema.

No me maquillé: solo me hice una coleta, me lavé los dientes y la cara y me puse cacao en los labios, que ya se me estaban empezando a partir por culpa del frío y del estrés. Por suerte, ese cacao mejoraba muchísimo su estado. Decidí que iría a la habitación de Matheo, Draco y Theodore para comprobar que hubiesen llegado bien. Dudaba que les hubiese ocurrido algo, pero por si acaso.

Me vestí con unos pantalones vaqueros largos y una sudadera con cremallera de color crema. Tenía rayas de tonos canela y me encantaba como resaltaba mi moreno, que ya comenzaba a desvanecerse. Los viernes tenía mi primera clase a las doce menos cuarto, así que me pondría el uniforme más adelante. Me puse mis zapatos más cómodos y abrí la puerta de mi habitación con la carta para mi padre y Leo en la mano. 

No me esperaba verlo ahí, a punto de picar a la puerta. 

Bella —me dijo el chico, mirándome a los ojos. 

No parecía haber dormido mucho porque tenía las ojeras algo marcadas, pero estaba precioso igualmente. 

—Me tenías preocupado.

No respondí nada. Simplemente me acerqué a él y lo abracé. Mis brazos rodeaban su cuello mientras que los suyos se posaban en mi cintura. Mi cabeza estaba posada sobre su pecho y mis ojos estaban amenazándome con empezar a llorar, porque seguía abrumada. Theodore se separó un poco de mí para poder dejar un beso en mi frente, pero nos quedamos así unos minutos.

Non voglio che ti succeda niente di brutto, Theodore*—le confesé. 

Era cierto. Solo quería que Theodore estuviera bien: sano y salvo. 

Voglio anche che tu stia bene, Isabella  *

Suspiré y lo besé suavemente. Necesitaba sentir sus labios sobre los míos, reconfortándome. Recordándome que no todo en aquel momento era malo. Al separarnos, se fijó en el sobre que llevaba en la mano.

—¿Qué llevas aquí? —me preguntó, con una sonrisa.

—Una carta para mi padre y mi hermano —le respondí, sin complicaciones—. ¿Me acompañas a enviarla?

Ovviamente *

Sonreí ante su respuesta y lo cogí de la mano mientras nos dirigíamos a la Lechucería para poder enviar la carta. Usaría la lechuza de mi hermana: un mochuelo boreal. Se llamaba Hera, como la diosa griega de la familia.

Al llegar, busqué al ave con atención mientras notaba la mirada de Theo puesta en mí. Ahí había muchísimos búhos y lechuzas diferentes, dispuestos a enviar mensajes en cuanto alguien se lo pidiese. Hera estaba posada en una rama cerca de una de las ventanas. Parecía observar el paisaje con sus ojos amarillentos y agitaba de vez en cuando sus alas marrones y blancas. 

Me acerqué a ella y me reconoció. Le acaricié levemente la cabeza y le di la carta, indicándole que tenía que llevarla a nuestra casa. Le di una chuche y se fue de ahí velozmente.

—Ya está. Podemos irnos —le dije a Theodore, así que eso hicimos. 

Caminando por el exterior del castillo, dirigiéndonos hacia el Gran Comedor, vi como parecía actuar algo extraño. Lo miré de reojo y me pilló haciéndolo, por lo que se rio suavemente. 

Cosa stai guardando? * —me preguntó, poniéndose enfrente de mí, divertido.

Niente *—respondí, también con una sonrisa—. No me apetece mucho desayunar hoy en el Gran Comedor.

Rosier - Theodore NottDonde viven las historias. Descúbrelo ahora