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Dió una profunda respiración, y golpeó la puerta de aquella casa donde le habían enviado la dirección. Podría haber ido con alguno de sus guardaespaldas, pero Cecilia no lo hizo.

De hecho, nadie más sabía dónde se encontraba.

Cuando la puerta se abrió, sintió como el aire la abandonaba por un momento, al volver a ver a esos ojos celestes que hacía veinte años atrás había abandonado.

Ya no eran los jóvenes de aquel entonces, él se veía mucho más maduro y atractivo, pero si algo había cambiado significativamente en Lucyen, era su mirada.

—Hasta que te dignaste en aparecer —pronunció con resentimiento—. Sé que nunca te importamos, y si no fuese por lo delicada de la situación, jamás te hubiese buscado.

Ella lo observó a los ojos, sin pronunciar palabra alguna.

—Entra.

Lucyen se hizo a un lado, y Cecilia entró a la casa, percibiendo el aroma de dos personas más, entre ellas... Su hijo. Su corazón se aceleró al sentir el aroma Dylan y Lucyen pudo notarlo también.

—Algo está sucediendo con él, pero no sabemos que es.

—¿Qué tiene?

—No lo sabemos, es como si por momentos quisiera transicionar, y... No lo sé, sus feromonas afecta a todos los que rodea.

—¿Dónde está?

—Ven.

La rubia lo siguió por detrás, y entraron a una habitación, dónde un médico estaba controlando sus signos vitales.

Cecilia observó a su hijo dormido en la cama, y sintió una presión en el pecho, una sensación de angustia que hasta un nudo se le formó en la garganta. Caminó hasta él y le acarició suavemente el pecho, subiendo su mano hacia su rostro, tocando su mejilla.

—Déjenos solos —le pidió Lucyen al médico, antes de cerrar la puerta.

—¿M-Mamá? —murmuró el muchacho adormilado.

Lucyen apretó la mandíbula y desvió la mirada, con rabia.

—Despierta, Dylan —pronunció en un tono bajo Cecilia.

El joven castaño frunció el ceño y lentamente abrió los ojos, observándola con confusión. ¿Quién era esa mujer? ¿Y en dónde estaba?

—¿Cómo te sientes?

—Bien, algo confundido, ¿Quién es usted?

—Una conocida de la familia —le dijo mirándolo a los ojos—. Me han pedido que viniera porque últimamente no te has sentido bien.

—Ah, eso... Sí, yo... A veces me pierdo —pronunció bajo.

—¿Qué es lo que sientes en ese momento?

—Mucha rabia, una ira que me consume por completo, y sólo... Quiero destrozar las cosas —le dijo mirando hacia abajo, apretando los puños—. No puedo controlarlo, incluso a veces ni recuerdo lo que hago.

—¿Han hablado contigo de la transición de los alfa y deltas?

—Sí, mi hermano habló conmigo —expresó mirando a Lucyen—. Incluso me han hecho un análisis de sangre para saber si soy delta o no.

—¿Tu hermano? —preguntó confundida Cecilia antes de mirar a Lucyen.

—Sí, Lucyen es mi hermano mayor ¿No lo sabías?

—No, no sabía que era tu hermano, pero eso no importa ahora, no estoy aquí por eso, sino para hablar contigo un poco de nuestra casta.

—¿Los alfas?

MelissaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora