Llevaban viviendo juntos un mes ya, algo que al comienzo a Melissa no le había agradado en lo más mínimo, ya que no quería tenerlo cerca. Pero si ella quería volver a su trabajo, y no depender económicamente de él, tendría que aceptar su ayuda.
Y así fue como Caelan se fue a vivir a su casa.
Al principio había sido muy difícil, por lo irritable que la omega se ponía con la cercanía de él. Pero ahora, un mes después y ya tres del parto, las hormonas de Melissa comenzaban finalmente a normalizarse, y ella poco a poco recuperaba el temperamento tranquilo que antes tenía.
Ya no odiaban tanto tenerlo cerca, ni verlo todos los días, ni escucharlo hablar, ni su aroma. Al contrario, su aroma era algo que ahora había comenzando a disfrutar.
—Entonces, el lobo feroz le dijo al segundo cerdito, soplaré y soplaré, y tu casa derrumbará —le leyó la historia a su hija, quién estaba casi sentada sobre sus muslos, mirando atenta el libro de cuentos y escuchando lo que su padre le decía.
Melissa salió de la cocina y los observó a ambos en silencio, sin poder evitar que una suave sonrisa se formara sobre sus labios. Caelan definitivamente no era el hombre que había conocido hacía un año atrás.
Y que diferente hubiese sido todo sí él no la hubiera engañado.
Suspiró al recordar lo que había hecho al comienzo, al saber que su corazón y mente le pertenecían a la tal Mar, y borró la sonrisa de sus labios, caminando hacia ellos con una expresión indiferente.
—Ya terminé de hornear las galletas, puedes dármela.
—¿Segura? Ella está muy tranquila conmigo —sonrió el castaño—. Es más, creo que le gustó mucho este cuento.
—Lo imagino, pero ya es hora de que tome la teta y duerma su siesta, de lo contrario se pondrá muy fastidiosa en el local.
—De acuerdo.
Caelan cerró el libro de cuentos y giró a la niña en sus brazos, para poder verla de frente y sonreír con ternura.
—Eres tan hermosa hija, cada día más parecida a tu mamá —sonrió antes de darle un suave beso en la frente y entregársela a Melissa—. Dulces sueños, bebita.
La rubia la acunó contra su pecho y se dirigió a su habitación. Ella también dormiría una siesta con la bebé, aprovecharía el tiempo para descansar un poco antes de tener que regresar a su negocio.
***
—¡Mira que bonita se ve esa pastelería!
Max observó el local y detuvo el auto. Aquel pueblito era el más cercano a sus tierras, por lo que habían pasado para conocer un poco como eran las personas que allí vivían, comprobando que la mayoría eran humanos.
—¿Te gustaría comer algo?
—¡Sí! —exclamó con una gran sonrisa Anna.
El azabache fue el primero en bajar del auto, y luego se dirigió a su puerta, para poder abrirla y dirigirse ambos hacia el local, sin soltarla.
Tomaron asiento en una mesa que estaba junto a uno de los grandes ventanales, y una joven rubia se acercó a ellos.
—Buenas tardes, mi nombre es Melissa. Estas son nuestras opciones de merienda, pueden pedirme lo que gusten —sonrió entregándoles una carta a cada uno.
—Gracias —pronunció Max tomando las dos, para darle una a su mujer, que no había dejado de mirar a la otra omega.
Era una jovencita quizás unos años más joven que ella, de caballo rubio lacio y grandes ojos azules. Al comienzo había creído que tenía las pestañas pintadas de negro, haciéndolas más voluminosas, pero al parecer, eran naturales.
Tenía una sonrisa suave, y una dentadura perfecta, de pequeños dientes blancos. Pero un blanco natural, hueso, no de ese color blanco brilloso artificial.
Si bien su cuerpo de frente no parecía descartar mucho, al momento de darles la espalda, Anna pudo comprobar que tenía una cintura pequeña y un gran trasero... Lo que no tenía de pechos, lo tenía de culo.
—¿Qué ocurre? —le inquirió Max a su esposa, al ver que la joven se había quedado callada, muy silenciosa.
Algo raro en ella.
—Es muy bonita esa chica ¿No?
Max la observó, antes de hacer un gesto indiferente.
—Creo que luce como cualquier omega, no le veo nada diferente.
—No, yo soy omega y no luzco así —pronunció en un tono bajo, sin querer mirarlo, observando el adorno que estaba en medio de la mesa.
—Tú eres perfecta ante mis ojos, Anna —le dijo tomandola de una de sus manos.
—¿Por qué creerías eso? —le preguntó en un tono bajo.
—¿Por qué? —repitió el alfa mirando hacia arriba un momento, antes de volver a mirarla—. Eres inteligente, graciosa, simpática, compañera, y sobre todo, honesta, y eso es algo que yo aprecio más que cualquier otra cosa en la vida. Eres la mujer que siempre soñé conocer y tener como compañera. Eres el complemento perfecto para mí vida.
—M-Max —susurró, sintiendo que sus ojos se cristalizaban.
Él esbozó una leve sonrisa y se inclinó sobre la mesa, para poder estar frente a frente.
—No me importa como se vean las demás, cuando la mujer más maravillosa de todas, duerme y despierta a mi lado todos los días. Tú eres a quien yo he elegido y con quién me he casado, y es contigo con quién yo quiero formar una familia y pasar el resto de mis días. Mi mujer y la única para mí ¿Okay? —le dijo antes de besarla.
Anna sonrió contra los labios de él y le correspondió el beso, acariciandole suavemente una de sus mejillas.
—¿Mejor?
—Sí —sonrió mirándolo a los ojos, cuándo él se alejó de ella.
Melissa llegó en ese momento con el pedido de ambos, y colocó todo sobre la mesa con cuidado.
—Que lo disfruten, cualquier cosa que necesiten, llámenme.
—De acuerdo, gracias —sonrió Anna, antes de mirar a su marido, que estaba probando ya su café.
¿Cómo podría sentir inseguridad con Max? Él siempre le recordaba cuánto la quería, cuan importante era en su vida. Tanto así, que él jamás realizaba un viaje solo, siempre la llevaba a ella a todos lados.
Desde que se habían casado, hacía tres meses atrás, se habían vuelto inseparables.
Pero... Anna se sentía insegura de su imagen de todos modos, ella quería sentir que de alguna forma, se merecía a un alfa como Max.
Es por eso, que había estado hablando con un cirujano a espaldas de él. Si Max la quería así, entonces la amaría siendo una mujer bonita de verdad.
...
