—Dos meses después—
Caelan estaba cargando a su hija en brazos, quien a sus tres meses de edad, ya estaba mucho más despierta y activa, y comunicativa. Su bebé siempre que estaba con él, intentaba balbucear e imitar los sonidos que escuchaba.
Y aquella mañana hubiese normal, cotidiana, sino fuera por aquellos nuevos clientes que habían llegado al local de Melissa.
La joven rubia había vuelto a abrir su pastelería. Ahora que la niña estaba un poco más grande, ella había podido regresar a su trabajo, elaborando nuevamente sus pasteles, tartas y galletas, gracias a que Caelan cuidaba a la bebé.
¿De dónde diablos había salido esa familia de alfas? ¿Que hacían en un pueblo tan alejado lleno de humanos? Eran muy pocos los lobos que vivían allí.
—Buen día ¿Que podría ofrecerles? —sonrió amablemente la rubia.
—Tres capuchinos acompañados con una porción de tarta de limón, otra de fresa y la tercera de vainilla.
—Perfecto —le dijo a uno de ellos mientras anotaba—. ¿Y usted? —le inquirió al restante.
—Un café negro, con tu número sería perfecto.
Melissa levantó la cabeza y observó sonrojada al muchacho que tendría unos años más que ella.
—¿Disculpe?
—Con una porción de pastel de crema y fresas está bien —sonrió divertido, dejando escapar una risita baja, ronca, que le erizó la piel a la joven madre.
—D-De acuerdo, en seguida les traigo su pedido —pronunció sin mirarlos, escabulléndose de allí.
Reacción que no había pasado desapercibida por Caelan... Así como el interés de ese joven alfa hacia ella, que no había dejado de mirarla desde que había llegado.
—Shh, shh, tranquila —le dijo a su hija dejándola en su coche, antes de ir hasta la cocina, donde la muchacha estaba preparado el café.
—¿Necesitas ayuda?
—Sí ¿Podrías ir preparando la bandeja, por favor? Ahí sobre la mesada está la comanda con los pedidos.
—De acuerdo. Que extraño que cuatro alfas estén aquí ¿No?
—S-Sí, lucen algo... Intimidantes.
—Es entendible que te sientas así, nuestra presencia causa eso en los omegas.
—Tú no me causas eso —le dijo mientras terminaba el segundo capuchino.
Una sonrisa divertida se formó en los labios del castaño al escuchar aquello, antes de dejar lo que estaba haciendo y dirigirse hacia ella.
—Melissa.
—¿Qué ocurre? —le preguntó sin mirarlo, preparando el tercer café.
—Mira esto un momento.
La rubia se giró y cuando lo hizo, Caelan la arrinconó contra la mesa y su cuerpo, tomándola del cuello con una de sus manos para levantarle la cabeza y que lo mirara, y con la otra mano la sujetó de las caderas, pegandola a su cuerpo.
—¿Qué crees que haces? ¡Sueltame, Caelan! Tenemos clientes —chilló en un tono bajo, molesto.
Acercó su rostro al de ella, cambiando su aroma, luciendo realmente serio... Estremeciendola.
—¿Q-Qué te pasa? Caelan.
—Soy muy territorial, Melissa —pronunció en un tono bajo, grave y ronco cerca de los labios de ella, sin dejar de mirarla a los ojos—. No me importa lo que tu sientas o cuánto intentes alejarme, para mí, tú siempre serás mía.
