Frente a la puerta del despacho de Snape, tocó suavemente. La puerta se abrió con un chasquido de varita, y la voz de Severus la invitó a entrar.
—Puntual, como siempre, señorita —comentó con su tono característico, aunque su expresión parecía más relajada de lo habitual.
La lección comenzó con un enfoque puramente teórico, repasando conceptos avanzados. Sin embargo, Sienna no lograba concentrarse del todo, y Snape, con su aguda percepción, lo notó.
—Vamos a tomarnos un descanso. No sirve de nada insistir si su mente está en otro lugar —dijo, guardando algunos de los pergaminos.
Ambos se sentaron, esta vez sin formalidades, y comenzaron a charlar de temas más ligeros. Poco a poco, la tensión habitual en las mazmorras se desvaneció. Severus incluso dejó escapar una ligera risa ante un comentario ingenioso de Sienna. Desde su perspectiva, ella parecía especialmente radiante en ese momento.
Sienna, por su parte, comenzó a sentirse extrañamente nerviosa. No entendía el motivo, pero su corazón latía con fuerza, y sus pensamientos se enredaban. Decidió que era momento de irse.
—Creo que ya es hora... —dijo mientras se levantaba.
Sin embargo, al hacerlo, tropezó con su bolso y varios pergaminos cayeron del escritorio al suelo.
—Lo siento, profesor —murmuró apresuradamente mientras se agachaba para recogerlos.
Severus también se inclinó para ayudarla. Cuando sus manos se rozaron al alcanzar el mismo pergamino, Sienna sintió un escalofrío que intensificó aún más su nerviosismo. Su mirada se cruzó con la de Severus, quien, a pesar de su habitual frialdad, percibió la vulnerabilidad y dulzura en los ojos de Sienna.
Ella apartó la vista rápidamente, apenada, y al levantarse, murmuró: —Gracias, profesor. Hasta mañana.
Antes de salir, y en un impulso que ni siquiera entendió, Sienna se giró hacia él y, con timidez, depositó un beso en su mejilla.
Severus quedó inmóvil por un instante, sorprendido por el gesto. Cuando ella se dio media vuelta para irse, él la detuvo, sujetándola suavemente por el brazo.
—Sienna...
Ella lo miró con ojos grandes y brillantes, y sin pensarlo demasiado, él se inclinó hacia ella. Fue un beso corto, casi experimental, pero lleno de una dulzura que ninguno de los dos esperaba.
Cuando se separaron, el silencio entre ellos era pesado, pero no incómodo. Sienna, aún temblando ligeramente, susurró: —Buenas noches, profesor.
—Buenas noches, Sienna —respondió él, su voz apenas un murmullo.
Ella salió rápidamente con el corazón latiendo, dejando a Severus de pie junto al escritorio, perdido en sus pensamientos y con el fantasma del beso aún en sus labios. Permaneció inmovil, mirando el espacio vacío donde ella había estado de pie hace apenas unos segundos. Llevó una mano a su rostro, tocándose los labios como si el beso que acababa de compartir con Sienna fuese un espejismo.
—La bese— pensó, negando con la cabeza mientras volvía a su escritorio. Pero por mucho que intentara racionalizarlo, el recuerdo del momento seguía fresco: la calidez de sus labios, el nerviosismo palpable en el aire, y la valentía que ella había mostrado al tomar la iniciativa.
Severus dejó caer la espalda contra el respaldo de su silla, exhalando profundamente. Había algo que llevaba semanas intentando negar, algo que ese beso acababa de confirmar. Sienna Grindelwald no era solo una estudiante talentosa y valiente; se había convertido en una persona constante en su vida, alguien que había roto las barreras que él mismo había construido con tanto cuidado.
El problema era que eso estaba mal. Severus lo sabía mejor que nadie. Él era su profesor, mucho mayor que ella, y su pasado estaba plagado de sombras que podrían lastimarla. Pero, por primera vez en mucho tiempo, pensó en sí mismo, en lo que deseaba. Y lo que deseaba, más de lo que quería admitir, era a Sienna.
Por otro lado, Sienna caminaba apresurada por los pasillos de las mazmorras, con una mano apretando su pecho, como si eso pudiera calmar los latidos frenéticos de su corazón. No sabía cómo había reunido el valor para besar a Severus, y menos aún cómo había terminado siendo él quien tomó la iniciativa después.
Su mente era un torbellino. Se repetía una y otra vez que aquello había sido una locura, que no debía haberlo hecho. Pero, en el fondo, una chispa de felicidad prendía en su interior. Había sentido algo especial en ese beso, algo que jamás había experimentado antes. Y lo más increíble era que él había respondido.
—Me beso—, se preguntó mientras subía las escaleras hacia la Torre de Ravenclaw. Sabía que los sentimientos que había estado reprimiendo por su profesor no eran simples admiración o respeto. Era algo mucho más profundo, más complicado... y más peligroso.
Esa noche, ninguno de los dos logró conciliar el sueño.
A la mañana siguiente, Severus se levantó antes del amanecer. Había decidido que no podía ignorar lo ocurrido. Si permitía que el beso quedara en el aire, indefinido, sólo se volvería un peso más difícil de cargar. Necesitaba hablar con Sienna, aclarar las cosas, aunque eso significara arriesgarse a enfrentar sus propios sentimientos.
Mientras tanto, Sienna, en la biblioteca, intentaba distraerse con sus deberes. Pero cada palabra escrita en sus pergaminos le recordaba a Severus: su voz al explicar los hechizos, su sarcasmo afilado, su mirada intensa que parecía leer su mente.
Finalmente, tomó una decisión. No podía seguir ocultando lo que sentía, no después de lo que había pasado. Tenía que hablar con él, con honestidad, y enfrentar las consecuencias.
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Secrets under the moon
FanfictionSienna, una joven bruja con un legado complicado, lucha por encontrar su lugar en un mundo donde su apellido pesa más de lo que quisiera. Su vida se complica aún más cuando empieza a desarrollar sentimientos hacia su profesor de pociones. A lo larg...
