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Más tarde ese día, cuando el cielo sobre Hogwarts se teñía de un azul profundo y las antorchas del castillo comenzaban a encenderse, Sienna caminaba con paso ágil por los pasillos en dirección al despacho de Snape. A pesar de lo extraño que había sido el almuerzo y las miradas de Moody, una emoción cálida la impulsaba por dentro. Las lecciones con Snape se habían vuelto un espacio especial para ella... y, aunque no lo dijera en voz alta, también para él.

Frente a la puerta, respiró hondo y tocó suavemente. Esta vez, la puerta se abrió sin palabras, como si él la hubiera estado esperando.

Entró con la sonrisa asomando tímidamente en su rostro. Sin embargo, la calidez que esperaba no estaba ahí. Lo primero que notó fue el semblante severo de Snape. Permanecía de pie junto a su escritorio, con los brazos cruzados y la mandíbula tensa.

—Cierra la puerta —ordenó con voz grave, sin apartar los ojos de ella.

Sienna obedeció, algo confundida, aunque intentó no dejar que la inquietud se notara. Antes de que pudiera saludarlo, Snape soltó con frialdad:

—¿Podrías explicarme por qué Potter se ha vuelto repentinamente tan... cercano contigo?

El tono estaba cargado de una emoción que no era solo molestia. Era celos. Claros como el cristal.

Sienna parpadeó y lo miró con paciencia. Luego, en un gesto casi ensayado, alzó los hombros suavemente y respondió con naturalidad:

—Harry es mi amigo. Solo eso. Me quiere bien... como Ron y Hermione. No hay nada más.

Pero Snape no pareció del todo convencido. Su ceño seguía fruncido.

Sienna lo observó unos segundos y luego, con una pequeña sonrisa traviesa, hizo un leve puchero. Sus labios se curvaron en una mueca dulce, casi infantil, acompañada de una mirada inocente que solo ella podía fingir tan bien.

—¿No me crees, profesor? —dijo, bajando un poco la cabeza, como si estuviera apenada.

Snape sintió cómo su propio control vacilaba por un segundo. Esa ternura, esa manera suya de desmontarlo sin hechizos... era imposible de resistir.

Con un suspiro resignado, cruzó la distancia entre ambos, alzó una mano y, sin una palabra, la atrajo hacia sí. Sus brazos rodearon su cuerpo con fuerza contenida. Sienna cerró los ojos al sentir la calidez de ese abrazo tan poco habitual, y antes de que pudiera decir algo más, él dejó un beso suave sobre su frente.

—No deberías jugar con ventaja, señorita —murmuró con voz baja, casi en su oído.

Ambos se separaron con cierta lentitud, pero el momento se desvaneció con la rutina. Comenzaron la lección como siempre, entre hechizos defensivos y duelos mágicos en el espacio privado que Snape había acondicionado para ella.

Pero esa noche, ambos estaban más distraídos de lo habitual. Y más cansados también.

Después de un último intercambio de hechizos, Sienna perdió el equilibrio y cayó sobre uno de los sofás. Snape se acercó con una mueca de medio reproche, pero también sonriendo ligeramente por primera vez en la velada. Se dejó caer junto a ella.

—No estás poniendo atención —le dijo.

—Es que estoy pensando en otras cosas —respondió ella con descaro.

Él la miró de reojo, pero no respondió. Sienna se acomodó, y sin pensarlo mucho, recostó su cabeza sobre el pecho de Snape. Él no se movió. Al contrario, su brazo la envolvió instintivamente, atrayéndola con una delicadeza que nunca habría admitido tener. El silencio entre ellos se volvió cómodo. Los dedos de Sienna comenzaron a juguetear con la mano de él: trazar líneas invisibles en su piel, acariciar sus nudillos. Snape no dijo nada. Solo la observaba.

Poco a poco, los besos comenzaron. Primero lentos, suaves, como si ambos aún estuvieran probando si lo que sentían podía permitirse. Pero la tensión acumulada entre ellos rompía cualquier límite. Las bocas se encontraron con mayor necesidad. Sienna lo buscó con manos temblorosas, deslizándolas por su nuca, perdiéndose en su cabello negro y lacio. Snape acariciaba sus piernas con movimientos pausados, casi reverentes, mientras ella, guiada por el impulso, comenzó a desabotonar lentamente su túnica.

Entonces, él la tomó de las muñecas y la detuvo con suavidad.

—Sienna... —susurró con voz ronca—. Es hora de dormir.

Ella se quedó en silencio por un momento, respirando agitada, aún sobre él, sus rostros a pocos centímetros. 

Pero.. —Asintió lentamente. No había reproche en sus palabras, solo un límite necesario. Una pausa antes de que cruzaran algo más.

Snape la ayudó a incorporarse y señaló la puerta lateral que conducía al pequeño cuarto donde ella solía dormir cuando se quedaba.

—Descansa pequeña —dijo simplemente.

Y antes de que se alejara, le rozó los labios con un beso casto y prolongado, cargado de todo lo que no podía decir.

Secrets under the moonDonde viven las historias. Descúbrelo ahora