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La tensión en el castillo era palpable.Los pasillos estaban repletos de banderines, insignias y murmullos emocionados. La primera prueba del Torneo de los Tres Magos se acercaba como una tormenta inminente, y Hogwarts entero vibraba con nerviosismo y orgullo. Días atrás, los nombres habían sido revelados: Fleur Delacour de Beauxbatons, Viktor Krum de Durmstrang, Cedric Diggory  y Harry Potter, que no debió haber estado ahí.

Esa elección seguía siendo tema de debate entre profesores y alumnos, pero para Harry, el tema era más que político: era personal.Había discutido con Ron.La tensión entre ellos crecía a diario, y entre tanto caos emocional, Harry buscaba consuelo en alguien que no lo juzgara. Y ese alguien era Sienna.

Para desagrado de Severus Snape, el joven Potter parecía haberse vuelto una sombra silenciosa de la chica de Ravenclaw. La buscaba en la biblioteca, en el Gran Comedor, durante los descansos entre clases. Ella no lo rechazaba; Harry era un buen amigo, noble, incluso dulce a su manera. Aunque a veces su presencia constante le dificultaba concentrarse en sus estudios, ella no se sentía incómoda. Al contrario: entendía su necesidad de apoyo, y eso despertaba en ella un instinto de cuidado que no podía negar.

Pero Snape sí lo notaba. Y lo odiaba en silencio.

Aquel día, a solo unas horas de la primera prueba, Harry recibió una lechuza mientras desayunaban en la mesa de Ravenclaw —porque, como ya era costumbre, se sentaba junto a Sienna.

—¡Es de Sirius! —exclamó Harry con brillo en los ojos, abriendo el sobre con ansias—. Dumbledore le dijo que voy a competir.

Leyó el mensaje rápidamente y sonrió, aunque sus manos temblaban levemente.

—Me desea suerte... dice que ya soy un campeón, pase lo que pase.

Sienna sonrió con dulzura.

—Tiene razón —dijo—. Ya lo eres.

Harry la miró con un agradecimiento sincero. Pero antes de que pudiera responder, una segunda lechuza descendió entre ellos y dejó caer un sobre elegante con el nombre de Sienna en tinta negra. Reconoció de inmediato la caligrafía.

Sirius.

El corazón de Sienna dio un pequeño vuelco.

Abrió la carta con cuidado. El aroma de tinta fresca y madera impregnaba el papel. El mensaje era breve, informal... pero cargado de una cercanía extraña que la descolocó.

Sienna:

Espero que estés bien. Quería saber si sigues usando el anillo que te envié en Navidad... me pareció que quedaba bien en tu mano.

No quiero interrumpir tu vida en Hogwarts, pero... si algún día te animas, me encantaría darte un paseo por el mundo muggle. Hay muchas cosas que valen la pena allá fuera, cosas que no se ven entre pociones y varitas.

Cuídate mucho. No dejes que Potter se meta en problemas... otra vez.

—Sirius

Sienna volvió a leer la carta en silencio. Una parte de ella sonrió sin darse cuenta. Saber que Sirius estaba bien le dio alivio. Había algo en su tono, una calidez curiosa, casi protectora. Pero también... ¿por qué se acercaba tanto a ella? ¿Era una manera de vigilar a Harry? ¿O realmente estaba interesado en su bienestar?

La invitación a recorrer el mundo muggle la desconcertó. Era... inesperada. Tal vez una forma de conectar con su lado menos mágico, más humano. Pero no podía evitar preguntarse si ese gesto tenía una segunda intención. No era la primera vez que Sirius parecía querer ocupar más espacio en su vida de lo que un simple padrino de Harry debía.

—¿Todo bien? —preguntó Harry, notando su expresión ausente.

Sienna asintió, doblando la carta con suavidad.

—Sí. Solo... noticias.

No añadió más.

Desde la mesa de los profesores, Snape la observaba, sus ojos oscuros fijos en la escena. Había visto el sobre, había intuido el contenido. Y aunque no sabía con exactitud lo que decía esa carta, no necesitaba leerla para sentir un malestar agrio en el pecho. Primero Potter. Ahora Black. Todos gravitaban alrededor de Sienna, como si su presencia fuera una luz en medio del castillo... como si él no fuera digno de ella.

Secrets under the moonDonde viven las historias. Descúbrelo ahora