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Esa tarde, Sienna tocó a la puerta del despacho de Severus, indicó que entrara, y al abrir, lo encontró sentado en su silla, con las manos cruzadas sobre la mesa y una expresión inescrutable.

-Pasa, Sienna -dijo simplemente.

Ella lo hizo, cerrando la puerta tras de sí con un leve chasquido.

Durante unos segundos, el silencio reinó entre ellos. Hasta que Severus habló.

-No puedo pretender que no ocurrió -comenzó con voz grave-. Ni que no significó nada. Pero también soy consciente de lo que esto implica.

Sienna asintió lentamente, sin desviar la mirada de la suya.

-Yo tampoco puedo ignorarlo -respondió con sinceridad-. Sé que no debería haberlo hecho... pero no me arrepiento.

La confesión flotó en el aire, tan frágil y poderosa como un encantamiento recién lanzado.

Severus dio un paso hacia ella. Luego otro. Se detuvo cuando estuvo a poca distancia.

-Tú no sabes en lo que te estás metiendo -dijo en voz baja, con una mezcla de advertencia y pesar-Y lo que siento... lo que empiezo a sentir por ti, va en contra de toda lógica, de todo lo que juré que no volvería a permitir.

Sienna lo miró a los ojos, con firmeza, y dio un paso más, acercándose a él.

-¿Y si no quiero lógica? ¿Y si no me asusta tu oscuridad? -susurró-. Todos tenemos cicatrices, profesor. No quiero que las esconda. Solo quiero que no me aleje.

Sus palabras lo golpearon como una ráfaga. Severus cerró los ojos un segundo, como si necesitara reunir todas sus fuerzas para no perder el control.

Pero cuando los abrió, su expresión había cambiado. Aún había duda, sí. Pero también rendición.

Sin pensarlo más, posó una mano en la mejilla de Sienna, con una delicadeza que contrastaba con su habitual dureza. Su pulgar rozó su piel, y en ese gesto había más ternura que en todas sus palabras juntas.

-No sé si podré protegerte de mí mismo -murmuró.

-Entonces deje que lo intente yo -respondió ella, antes de entrelazar sus dedos con los de él.

Y allí, en la penumbra de las mazmorras, entre secretos, culpas y deseos, Severus Snape y Sienna Grindelwald dejaron caer una parte de sus máscaras. Por una vez, fueron solo dos almas heridas que se encontraban en medio del caos. Sin promesas. Sin certezas. Solo una verdad compartida: lo que habían sentido era real.

El contacto de sus dedos entrelazados parecía insignificante, pero para ambos era una declaración silenciosa. Sienna sentía cómo la calidez de la mano de Severus contrastaba con la frialdad de las mazmorras, como si esa única unión bastará para apartar la oscuridad por un momento.

Severus no se movió durante varios segundos. Observaba el rostro de Sienna como si intentara memorizar cada detalle: la curva suave de sus labios, el leve temblor en su barbilla, la intensidad de sus ojos claros. Algo dentro de él comenzaba a rendirse, no a la debilidad, sino al deseo que durante demasiado tiempo había sepultado bajo capas de deber y control.

Su mano abandonó la de ella con lentitud, solo para subir con sutileza hasta su mejilla. Rozó la piel con la yema de los dedos, como si la caricia en sí pudiera desintegrarla. Sienna cerró los ojos un instante, respirando profundamente, dejándose llevar por la sensación.

-Sienna -susurró su nombre con una mezcla de reverencia y advertencia-. Aún estamos a tiempo de detenernos.

-No quiero detenerme -respondió ella sin abrir los ojos-. Solo quiero... sentir que esto es real.

Eso fue suficiente.

Severus bajó el rostro, y esta vez el beso no fue torpe ni fugaz. Fue más firme, más consciente. Su boca buscó la de ella con hambre contenida, un deseo que había estado en silencio demasiado tiempo. No fue apresurado, pero sí cargado de una tensión latente que se deshacía en cada roce.

Sienna correspondió con la misma entrega. Sus manos se apoyaron en el pecho de él, sintiendo los latidos desordenados bajo la tela negra. Una de ellas se deslizó hacia su cuello, con un gesto instintivo que lo acercó más.

Los labios se separaron un instante, lo justo para que sus respiraciones entrecortadas se encontraran en el espacio mínimo que los separaba. Ninguno de los dos dijo una palabra. No hacía falta.

Severus inclinó el rostro hacia su cuello, rozando la piel con los labios, con un respeto casi doloroso. Sienna exhaló suavemente, un sonido entre suspiro y temblor. Sus dedos encontraron el borde de su túnica, y la apretaron suavemente, como si eso bastara para anclarse a la realidad.

Las manos de Severus descendieron hasta su cintura, firmes pero contenidas. Acariciaron la tela de su túnica, apenas un roce entre caricia y temblor. Se detuvieron en la curva de su espalda, atrayéndola más cerca de él.

No fue un abrazo protector. Fue un acto de necesidad mutua.

Sus labios volvieron a encontrarse, esta vez más lentos, explorándose, conociéndose sin prisas. Sienna sintió la barba incipiente de Severus rozar su piel, y por primera vez, no le pareció áspera, sino adictiva. Él, por su parte, se permitió disfrutar del sabor que llevaba días imaginando sin querer admitirlo.

Cuando finalmente se separaron, no hubo vergüenza. Solo un silencio cargado, como si el aire estuviera más denso, más eléctrico.

Sienna apoyó la frente en el pecho de él, y Severus bajó la cabeza para posarla sobre la suya, cerrando los ojos.

-Esto no debería estar pasando -murmuró él, casi para sí mismo.

-Pero está pasando -respondió ella.

Severus no respondió, pero sus dedos se deslizaron suavemente por la espalda de Sienna, dibujando un camino invisible. Se permitió, por ese instante robado al mundo, dejarse llevar.

Porque en medio del deber, la oscuridad y los miedos, esa noche en las mazmorras no existía nada más que ellos dos.

FUEGOOOOOOO
Será prudente comenzar los capítulos hot? Jajaja las amooo

Secrets under the moonDonde viven las historias. Descúbrelo ahora