El rugido del dragón se oyó antes de verlo. Los campos de entrenamiento estaban abarrotados. Estudiantes y profesores llenaban las gradas improvisadas, con banderas ondeando en alto y el cielo cubierto por un encantamiento que proyectaba las imágenes desde la arena. La primera prueba del Torneo de los Tres Magos estaba por comenzar, y Harry Potter era el siguiente en enfrentar su destino.
Sienna estaba entre los presentes, pero no solo como espectadora.
Estaba de pie junto a la salida, en la zona restringida, gracias a un permiso especial de Dumbledore. Harry la había buscado justo antes de prepararse y le pidió verla, aunque fuera solo unos segundos. Necesitaba algo que lo anclara.
Y ella estaba allí.
Lo abrazó fuerte, con los brazos rodeando su espalda, sintiendo cómo temblaba ligeramente.
—Vas a estar bien —le susurró—. Eres valiente, Harry. Más de lo que crees.
Él asintió, escondiendo por un momento el rostro contra su cuello. Luego se separó con una media sonrisa y le apretó la mano.
—Gracias por estar aquí.
Desde lejos, Sirius Black, oculto bajo una capa mágica entre la multitud, los observaba. Nadie más lo notaba, excepto quizás una mirada oscura desde las alturas de la tribuna de profesores. Severus Snape. Su ceño era una mezcla perfecta de disgusto y resentimiento. No solo por el muchacho enfrentando un dragón, sino por la forma en que Sienna lo miraba. Había ternura en su gesto, y eso era algo que Snape no estaba acostumbrado a compartir con nadie. Mucho menos con Potter.
Pero sabía que esa batalla era interna. Ella lo había elegido a él. Lo sabía. Aun así, la sombra de los celos se aferraba a su pecho como una enredadera venenosa.
Cuando la prueba terminó y Harry logró su objetivo —recuperar el huevo dorado de las garras del dragón— los vítores llenaron el aire. Sienna aplaudió con fuerza, aliviada y orgullosa. El resto del día pasó entre celebraciones y conversaciones agitadas. Pero cuando la noche cayó sobre el castillo, ella no fue a Ravenclaw. Fue a las mazmorras.
Snape estaba en su despacho, de pie junto a una mesa llena de frascos, cuando la puerta se abrió sin que él tuviera que alzar la varita. Sienna entró en silencio, pero su sonrisa lo desarmó por completo.
—Días... —murmuró ella—. Han pasado días.
Él no dijo nada al principio. Se limitó a observarla, como si quisiera comprobar que era real. Que todavía estaba allí. Luego se acercó con pasos lentos y la atrajo hacia sí. El beso fue lento, profundo, cargado de todas las palabras que ninguno se atrevía a decir.
No hablaron durante largo rato.
El despacho fue testigo de sus caricias, de los suspiros compartidos, del modo en que sus cuerpos parecían recordar perfectamente lo que el alma intentaba ocultar. El tiempo se detuvo para ellos entre las sombras y el calor de la sala. Todo parecía equilibrarse cuando estaban así.
Hasta que Snape, mientras acariciaba su rostro, preguntó con tono neutro:
—¿Has sabido algo... de Sirius Black?
Sienna lo miró sin sobresaltarse. Sabía que él terminaría preguntando. La carta aún estaba escondida en su baúl.
—Solo lo que Harry me contó —respondió con calma—. Que sigue oculto, pero pendiente. Me alegra saber que está bien.
No dijo nada del paseo por el mundo muggle. No mencionó el anillo, ni la invitación que le revolvía el estómago de confusión. No era mentira. Solo era una versión más... breve.
Snape no insistió. Pero sus ojos, tan oscuros como la noche misma, se apagaron brevemente. Hubo un silencio denso entre ellos. Entonces él la besó de nuevo, esta vez con una energía distinta. Una necesidad feroz.
Sienna sintió el cambio. Era el mismo deseo de antes, pero ahora cargado de emociones que él no sabía nombrar. Celos. Miedo. Amor.
Ella respondió sin dudar, dejándose llevar, besándolo con hambre. Snape la alzó con cuidado, llevándola hacia sus habitaciones privadas. Cruzaron el umbral entre besos, sus túnicas cayendo con lentitud, los dedos explorando con reverencia y urgencia a la vez.
Los cuerpos se buscaban. Las palabras ya no eran necesarias.
Sienna sentía el latido de él debajo de sus labios. Y Snape... se perdía en la calidez de su piel. El mundo parecía desaparecer mientras la recostaba en la cama, acariciándola con una delicadeza casi desesperada.
Entonces, una luz plateada atravesó la habitación.
Un patronus atravesó la pared con la forma de un halcón brillante. La voz incorpórea de la profesora McGonagall resonó en la habitación:
—Severus, tu presencia es requerida de inmediato en la sala de profesores.
El tiempo se detuvo.
Snape cerró los ojos con un suspiro frustrado. Sienna lo miró, aún entre sus brazos, con la respiración agitada y el cabello revuelto. No dijeron nada. Solo se quedaron allí, mirándose, con todo lo que habían estado a punto de compartir suspendido en el aire.
—Debo irme —dijo él en voz baja.
Ella asintió con una sonrisa comprensiva, aunque sus ojos le rogaban que se quedara un poco más.
Severus se incorporó lentamente, tomó su túnica del suelo y antes de cruzar la puerta, se detuvo un momento más para mirarla.
—Esta noche no ha terminado, Sienna.
Y entonces se fue, dejando la puerta entreabierta, el lecho tibio... y un deseo inconcluso que aún ardía en la habitación.
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Secrets under the moon
FanfictionSienna, una joven bruja con un legado complicado, lucha por encontrar su lugar en un mundo donde su apellido pesa más de lo que quisiera. Su vida se complica aún más cuando empieza a desarrollar sentimientos hacia su profesor de pociones. A lo larg...
