Gwendoline Queen se muda a Gotham desde Star City. Está harta de vivir bajo la protección de su hermano mayor, Oliver Queen.
Trabaja como camarera y estudia medicina para cumplir su sueño de ayudar a los más necesitados.
Su vida da un drástico gir...
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EL TRAYECTO HASTA GOTHAM se pasó rápido, sobretodo porque Jason y Gwen fueron jugando a un estúpido juego durante todo el camino. Al llegar, Alfred les ayudó con las maletas que traían y una vez dentro de la casa Damián tomó la suya y la de Gwen para subir las escaleras hasta sus habitaciones. La mansión estaba en completo silencio cada vez que ellos callaban. Bruce parecía no estar y Dick tampoco. El reloj del pasillo marcaba las dos del mediodía cuando Gwen entró de nuevo a su habitación y olió ese ambientador de coco que tanto le encantaba tanto a ella como a cualquiera que entrase a su habitación. Esta misma tarde tenia que volver al trabajo y aunque estaba realmente cansada no podía faltar más días si no quería ser despedida.
Se dedicó una hora para darse una ducha y cuidarse un poco las heridas después de estos días en los que había salido lastimada. En el tiempo que le sobró estuvo hablando con sus dos hermanos y prometieron mantener el contacto más seguido. Marie pasó a recogerla como solían hacer tiempo atrás y durante todo el camino le estuvo preguntando que porque faltaba tanto al trabajo, al final ya resultaba sospechoso pero no podía contarle la verdad porque era arriesgarse de más.
El turno fue pesado, curar bastantes heridas y una operación de urgencia. Aún así la operación salió bien y si todo iba correctamente en unas pocas semanas se recuperaría. Durante el descanso se dedicó a charlar con sus compañeros de trabajo, además de escribirle a su novio para ver qué estaba haciendo. La respuesta no le sorprendió en absoluto, entrenar.
Cuando el reloj marcaba las diez de la noche salió del hospital hacia el aparcamiento para pedir un taxi. Marie se había ido antes y no tenía cómo volver a casa. La noche ya era oscura a pesar de no ser demasiado tarde.
Fue empujada contra un coche por una mujer que traía la cara tapada. Era un poco más alta que ella y parecía más mayor también. Gwen no la conocía de nada por lo que había conseguido ver. Se zafó de ella mediante un empujón.
— ¿Quién coño eres tú? — Preguntó la rubia a la otra mujer. Gwen solo conseguía ver sus ojos descubiertos, unos ojos azules preciosos y con rasgos árabes que podían enamorar a cualquiera.
— Eso no te importa. — Contestó sin ninguna emoción. — Lo único que debes saber es que tienes que alejarte de Damián, él debe volver a donde pertenece.
— Estás loca, jamás dejaré a Damián. — Dijo con rabia.
— De no hacerlo mucha sangre correrá y tus manos serán las que estén manchadas.
— ¿Quién eres para amenazarme a mí?
— No te precipites Gwendoline, ya me conocerás cuando sea la hora. — Cuando la joven iba a responderle, lanzó una granada de humo que la hizo toser y cerrar los ojos. Una vez que el humo se despejó, ya no había nadie.
Gwen llegó a casa algo cansada. Tiró su bolso al sofá de la entrada y caminó hasta la cocina para servirse un vaso de zumo de naranja. Allí no había nadie más además de Alfred, que estaba fregando los platos que habían usado para cenar. Gwen lo saludó con una sonrisa y mantuvo una pequeña conversación con él hasta que se despidió de él para subir a su habitación, no sin antes pasar por la de Damián, la cual estaba vacía. Esto le sorprendió, pues era pronto para la salida a patrullar.
No podía parar de pensar en lo que le había pasado en la salida del hospital. ¿Por qué alguien querría alejarla de Damián? Debía ser alguien que supiera de su doble identidad, de no ser así no tendría sentido. Gwen se puso su pijama favorito y se lanzó a su cama después de estar muy cansada por toda la presión acumulada estos últimos días, o más bien meses.
A las tres de la mañana Gwen daba vueltas en la cama gracias a los estruendosos ruidos de los truenos de la tormenta. Las ventanas estaban cerradas pero eso no aislaba el sonido. Sonrió cuando sintió un peso más en la cama a su lado y seguido de unos brazos rodeando su cintura. En el reflejo del espejo que tenía enfrente vio a su enamorado golpeado y se giró rápidamente hacia él.
— ¿Qué ha pasado Damián? — Preguntó mientras pasaba las yemas de sus dedos por sus mejillas.
— La noche se ha complicado habibi. — Este paseaba sus manos por las curvas de la joven.
— No soportaría que te sucediera nada malo, amor. — Damián sintió algo nuevo para él después de escuchar que ella lo llamaba por primera vez por una forma que no era su nombre.
— Voy a estar bien, y tú también. — Aseguró él para después besar sus labios con intensidad mientras acariciaba sus caderas. En un movimiento rápido se puso encima de ella, sosteniéndose poniendo las manos en la almohada. Continuó besándola mientras sonreían por la tensión del momento.
Damián cada vez sentía más calor y por ello se quitó la camiseta. La quería, la deseaba y sabía que era suya. El chico le quitó la camisa del pijama mientras se fijaba en cada centímetro de su cuerpo. Estaba enamorado de cada uno de sus poros y de sus pecas, lo traía completamente loco. Gwen puso una de sus manos en el pecho de él mientras que con la otra masajeaba su dura erección bajo aquellos pantalones de chándal. Sin aguantar más, Damián le bajó el pantalón a Gwen dejándola en ropa interior, introdujo su mano bajo esta y sonrió al notar lo mojada que estaba para él. Ella sintió como sus mejillas se volvían de un color carmesí, y se mordió los labios cuando sintió como los dedos de su novio jugaban dentro de ella a su antojo. Tras unos largos minutos de placer Damián se quitó el pantalón y tras eso la ropa interior para quedar completamente desnudo. Gwen se acercó a él y comenzó a tocarle para estimularle tal y como él lo había hecho con ella anteriormente. Damián no se conformaba con ello, no necesitó mucha fuerza para moverla a su antojo y ponerla contra la almohada para después introducir su miembro en ella mientras que con su mano le tapaba la boca para no despertar a nadie. El placer que ambos estaban sintiendo era indescriptible. Ambos se compaginaban el uno al otro y tras un largo rato de embestidas, gemidos, besos y caricias, lograron llegar juntos al orgasmo para después caer juntos rendidos en la cama.
— Quiero que esto sea eterno. — Dijo el chico mientras la abrazaba.
— Yo también, Damián. — Le contestó ella, recordando nuevamente la conversación con aquella mujer.