Gwendoline Queen se muda a Gotham desde Star City. Está harta de vivir bajo la protección de su hermano mayor, Oliver Queen.
Trabaja como camarera y estudia medicina para cumplir su sueño de ayudar a los más necesitados.
Su vida da un drástico gir...
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DAMIÁN ESTABA AGOBIADO bajo tanta presión. Estaba descuidando la empresa que había heredado de su padre. Había salido a fumar para calmar el estrés después de una larga noche de trabajo que le quedaba. No podía parar de pensar en Gwen durante cada minuto y cada segundo. Sabía que ella había salido a patrullar la ciudad ya que él no estaba, y deseaba que todo lo estuviera yendo bien. Aún así, con la que tenían montado con Talía toda preocupación era poca.
El frío de la noche se colaba en la ropa del chico, así que decidió que era hora de volver a su oficina. Tiró la colilla al suelo y se levantó del banco en el que estaba sentado. Subió hasta el último piso y entró a su oficina, cuando se giró por haber escuchado un ruido, se encontró nuevamente con la mujer que le estaba arruinado la vida.
— ¿Creías que podías esconderte de mí, Damián? ¿Creías que podías jugar a este juego sin consecuencias? — La voz de la mujer era suave, como siempre. Damián mantuvo la postura erguida, pero sus ojos mostraban tensión.
— Lo que he hecho ha sido por mí, no por ti, ni por la liga de asesinos. Ha sido por nosotros.
— ¿De verdad piensas que esa chica vale más que todo lo que la liga representa? Eso no es lo que te enseñé Damián. — Esta se acercó más a él a pasos lentos.
— Lo que me enseñaste, madre, no me sirve. Eso no me define. No quiero seguir tu camino, estoy cansado de hacer lo que me pides. — Damián dio un golpe a la mesa, enfadado por la situación.
— Creo que es hora de enseñarte lo que pasa cuando desobedeces mis órdenes. — Talía fingió una sonrisa que heló la sangre de Damián.
Damián se dirigía hacia ella cuando salió corriendo para después saltar por la ventana desapareciendo en la oscuridad de la noche. Fue a paso rápido a utilizar su teléfono para llamar a Gwen, quien todavía seguía patrullando.
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GWEN QUEEN SE QUITÓ la máscara que cubría su rostro después de parar a descansar en una azotea con Jason Todd. Ambos estaban cansados después de estar durante horas patrullando la ciudad. No había pasado nada fuera de lo normal, así que había sido fácil. El teléfono de la fémina vibraba en su bolsillo, así que se alejó de Jason para contestar, sonrió cuando vio el nombre de Damián con un corazón en la pantalla. Contestó con un dulce saludo hasta que escuchó el tono de Damián.
— Lo sabe, Gwen. — La chica no entendía a lo que se estaba refiriendo.
— ¿Quién sabe el qué? — Contestó, ingenua.
— Mi madre sabe que mentimos en la pelea de la gala de tu hermano. — Gwen sintió que su corazón sufría un fallo y que le faltaba la respiración. — Dijo que iba a ver lo que era desobedecerla, tengo miedo de que vaya a por ti. Debes ir a la mansión lo más rápido posible.
— No pasa nada, Damián, estoy con Jason. Él no dejará que me hagan nada, podemos defendernos si es solo una. — Intentó calmarlo.
— No lo entiendes Gwen. — Dijo él desesperado dando vueltas en la oficina. — Talía os da mil vueltas en combate a los dos, no podéis hacer nada.
Gwen se giró cuando escuchó un grito ahogado, cuando vio a Jason en el suelo corrió hacia él. Lo habían atravesado con una espada y estaba perdiendo mucha sangre. Para salvarse debía llegar pronto a un hospital o se desangraría en esa azotea.
— ¡Damián! — Gritó Gwen ya que todavía seguía en la otra línea. — Es Jason, ha intentado matar a Jason. — Dijo mientras lloraba. Cortó un pedazo de su capa para taparle la herida al menos hasta llegar al hospital. Jason la miraba con los ojos llorosos, no quería morir. Gwen realmente lo quería y jamás se perdonaría que muriese por el egoísmo de no querer perder a Damián.
— ¿Tú estás bien? — Preguntó su novio preocupado. Gwen ni siquiera contestó, estaba ocupada intentando salvar a su mejor amigo. Colgó la llamada y guardó su teléfono para intentar levantarlo y llevarlo hasta el hospital donde trabajaba, no sin antes ponerse la máscara y quitarle el traje de Red Hood, para que nadie supiera de su identidad.
Bruce llegó rápido al hospital y Gwen fue a cambiarse de ropa a casa para después volver al hospital. Gwen llegó con los ojos llorosos, viendo a Damián frente a la chimenea del salón camino despacio hacia él.
— ¿Qué es lo que pretendíamos? — Habló la rubia cuando vio que él se giraba. Se encontraba de brazos cruzados y tenía los ojos rojos de haber estado llorando, ella jamás lo había visto así, tan débil. — Yendo a escondidas pensando que Talía Al Ghul no se enteraría.
— Lo sé. — Se limitó a decir, mirándola a los ojos deseando que no le dijese lo que estaba por decirle.
— Todo es nuestra culpa. — Gwen se acercó más a él. — Jason casi muere esta noche y si seguimos así quizá la siguiente vez sea Thea, Oliver o incluso Alfred. — Dijo con la voz temblorosa mientras movía las manos. — Y todo esto es porque no le hacemos caso... porque.. porque queremos estar juntos. — suspiró. — Damián...
— No lo hagas. — Respondió con rapidez negando con la cabeza, mientras sus ojos volvían a acristalarse. — Se a donde quieres llegar.
— Tengo que decirlo, y tú tienes que escucharlo, Damián. — Para este punto, ambos estaban muy cerca el uno del otro y al borde del llanto. — Los dos hemos sido unos egoístas porque nos queremos. Pero esto tiene que acabar, no podemos seguir poniendo en peligro a la gente que queremos Damián.
— Tiene que haber otro modo... — Intentó decir el varoncito entre lágrimas.
— Si lo encuentras, estaré esperándote siempre. Pero no podemos seguir con esto, Damián.
Gwen dio un paso hacia delante, el calor de su cuerpo pidiendo lo que sus corazones ansiaban, pero el abismo entre ellos ya estaba formado. Las lágrimas, finalmente, cayeron por sus mejillas. Pero ella no las detenía. Sabía que este sería el último momento íntimo que compartirían.
Sin decir una palabra más, Damián la tomó del rostro, su pulso acelerado por lo que estaba a punto de hacer. Ella no retrocedió, lo ansiaba tanto como él. En ese momento el mundo se paralizó, no importaba el caos que había en sus vidas, ni las amenazas, solo eran ellos dos.
Él la besó, un beso largo y doloroso. Un dolor tan agudo que era capaz de atravesar sus almas como la hoja de su katana. El roce de sus labios era desesperado, como si se esforzasen por aferrarse a algo que sabían que se había acabado por completo, algo que se les escapaba de las manos. Gwen cerró los ojos permitiéndose sentir cada toque, cada roce en cada centímetro de su piel sabiendo que esa sería la última vez. Sus manos se aferraron a su cuello, como si no quisiera dejarlo ir.
Cuando finalmente se separaron, se quedaron mirando durante unos segundos viendo como ambos lloraban por el triste final que habían tenido. Después de unos dolorosos instantes, Gwen tomó la mochila de ropa que había dejado en la entrada y salió a paso rápido de allí sin mirar atrás, dejando un Damián destrozado, al igual que ella.