La vida de Ketzaly da un giro aterrador cuando es obligada a casarse con Azrael, su agresor, para evitar la deshonra de su familia católica. La imposición de sus padres marca el inicio de una relación turbulenta, donde el odio inicial lentamente se...
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Ketzaly terminaba de limpiar la cocina de la cafetería; ese era su momento más feliz. No es que odiara trabajar, sabía que tendría que hacerlo la mayor parte de su vida para sobrevivir, pero empezar experiencia laboral desde los tres años era agotador. Había pasado más tiempo en ese lugar que en su propia casa. Desde que Azrael entró, las cosas habían cambiado, no solo en su vida, sino también en la cafetería. Pasaron de vender solo cuatro tipos de cafés y frappés a ofrecer sándwiches, cuernitos, postres y fruta, opacando en gran medida al "café especial". Ahora, la gente iba más por la comida que preparaba su esposo. Además, él había introducido tres nuevas líneas de café, todas vendiéndose en exceso. Si seguían así, era muy probable que Kiran decidiera retirarse del mercado, y eso Ketzaly lo agradecería enormemente.
Mientras rociaba desinfectante sobre la barra, un dolor fuerte atravesó su pecho, esto no iba a durar para siempre. En ocho meses más, se separarían, y aún seguían sin hablarse mucho. Se preguntaba si continuarían así hasta que llegara el divorcio. Recordó el pánico que sintió al recibir el citatorio, cómo se imaginó una vida sin Azrael, sin su compañía. Pero también sin sus abusos y maltratos. Una parte de ella descansaba con esa idea, sabiendo que podría regresar a una vida sin miedo. Sin embargo, otra parte, más profunda, ya se había enamorado de él. Con temor, se cuestionaba si podrían llegar a algo más. Lo quería, de eso no cabía duda. Lo supo el día que llegó a avisarle que había amenazado al Topo. Su sangre se heló al pensar en perderlo.
Pero el sentimiento que tenía por él iba más allá. Su corazón palpitaba frenético cada vez que lo veía. Sentía una tranquilidad abrumadora cuando estaban juntos en el sofá, cubiertos por una manta, viendo una película. Su sola presencia lograba suprimir sus más grandes pesadillas... aunque también había cumplido la más terrible de estas.
Se dio asco al repasar todo esto. ¿Cómo podía estar enamorada de su violador? No, no podía amar a alguien que la quiso muerta, que la dañó, humilló y denigró de la peor manera. Se llevó una mano al pecho, encorvándose por el dolor. Era estúpido decir que le dolía el corazón, pero el peso en su pecho era abrumador. Pensar que lo amaba, que se sentía atraída por él a pesar de todo, la llenaba de culpa y vergüenza.
¿Cómo podía olvidar el dolor y la impotencia que sintió aquel día? ¿Cómo podía amar a alguien que le había causado tanto daño?
Amar. Qué palabra tan fuerte, sin comprenderla del todo. Sabía que amaba a sus padres, pero lo que sentía por Azrael era muy distinto. No solo deseaba su compañía; también había empezado a desear su cuerpo, sus caricias, su voz. Esa voz que hacía que sus oídos se derritieran con su tono grave y seductor... el mismo que meses atrás le había provocado tanto terror.
¿Qué tan enferma tenía que estar para amar al monstruo que la destruyó? Para amar esa alma oscura y negra que solo había llegado a arrastrarla al mismo abismo que él. Se agacho, apoyando sus codos en la barra y dejando caer la cabeza entre sus manos, tratando de contener el llanto. ¿Qué tan poca cosa debía ser para creer que Azrael sentía siquiera afecto por ella?