Capítulo 51- Pasado.

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¡Después de mil años! Prepárense, porque aquí nada será igual. Secretos salen a la luz, heridas se abren y las máscaras caen. ¿Están listas para descubrir la verdad?

~♰~

Cristiam caminó hasta una de las ventanas y vio cómo Azrael dejaba a Ketzaly en la camioneta. Luego, la rodeaba para subirse él mismo. Pudo notar que se movía raro... solo esperaba que todo estuviera bien. Observó la camioneta alejarse poco a poco y, de verdad, quería creer en Ketzaly, que no le diría nada a Azrael, en que él, nunca sabría que seguía vivo.

Suspiró, dándose la vuelta, y caminó hacia la habitación donde todo había pasado. Necesitaba ver al hijo de puta con sus propios ojos. Fue de lo más satisfactorio cuando, al entrar, lo vio tirado, con la mirada perdida, seca. Finalmente ese hijo de puta estaba muerto.

Bajó la vista al suelo y notó varias gotas de sangre frente a la cama. Eso quería decir que Azrael sí había salido herido. Muy seguramente una herida de bala mínima, porque él mismo lo vio salir bien.

Siguió mirando y notó también una pistola extra tirada. La reconoció al instante: era la misma que Azrael solía presumir que había recibido de regalo cuando cumplió dieciocho años. Qué tonto era, ¿cómo se le ocurría dejar sus huellas tiradas en un lugar donde era un hecho que la policía llegaría tarde o temprano? Cristiam levantó la pistola, le puso el seguro y se la metió en el pantalón. Pensó también en sacarle la bala al topo en caso de que, la que lo mato aun estuviera dentro y levantara una investigación, pero ¿a quién engañaba? Christophe, al ser un delincuente, hasta el Estado agradecería que estuviera muerto.

La sangre se le fue casi al piso cuando escuchó un auto. Sí... alguien venía hacia esa dirección. Y sabía, tenía casi por hecho, que ese era su último día con vida. Así que, mientras bajaba las escaleras con una paz que tal vez nunca había experimentado, no hizo más que recordar su miserable vida, literal. Desde que tenía uso de memoria, vivió en la pobreza, en una colonia donde los robos y las peleas eran el pan de cada día. Un lugar donde, sin excepción, todas las paredes estaban marcadas con grafitis y pintadas con un peculiar color verde menta.

Su casa solo estaba hecha de ladrillos, y las puertas se conformaban con un simple pedazo de tela. Recordaba bien que a los cinco años fue cuando dejó de ver a su papá y, después, apenas un par de ocasiones más lo volvió a ver. Con el tiempo, la casa fue cambiando, empezó a verse un poco más bonita... hasta que, cuando tenía diez años, su papá terminó en el hospital. Poco a poco, Cristiam fue entendiendo: su papá no era más que un distribuidor de droga. No como esos peligrosos que salen en televisión, no... era solo un achichincle más, jugándose la vida de él y de su familia a lo idiota.

Lo odió profundamente cuando notó que su hermana menor, Karen, ni siquiera tenía noción de quién era su padre, ni de que solían ser perseguidos, expuestos siempre al peligro.

Se juró nunca ser como él. Vio cómo su hermano mayor tuvo que dejar la escuela para ponerse a trabajar y ayudarlos a mantenerse, y por eso intentó por todos los medios no ser una carga. Se sintió feliz al ver a su madre orgullosa cuando entró a una universidad estatal, la mejor en Guanajuato, para estudiar la carrera de Mercadotecnia. Con beca, sin tanto gasto. Se juró también nunca formar una familia, ni casarse, ni tener hijos. Tanta mierda, ¿para qué?

Y ahora... sabía que, al menos, su madre encontraría consuelo en ese hijo suyo que llevaba Alma en su vientre.

Apenas sus pies tocaron el piso de la planta baja, escuchó cómo las puertas de una camioneta se cerraban de golpe. De seguro eran más hombres de Edgar, que no creerían una versión como que habían llegado comandos enemigos, él supo esconderse, y por eso era el único vivo ahí.

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