Capítulo 53

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Gracias por seguir aquí, por leer cada parte de esta historia que me ha dolido y sanado a la vez.
Si llegaste hasta este capítulo, déjame un voto o un comentario.
No imaginas cuánto me ayuda saber que la historia te está llegando al corazón 

~♰~

El reloj de pared marcaba las nueve con un tic constante que se mezclaba con el zumbido del aire acondicionado. Ricardo estaba sentado tras su escritorio, con los antebrazos apoyados sobre la madera oscura, los dedos entrelazados, la mirada fija en el hombre al otro lado de la mesa. Kiran parecía más tenso que de costumbre, con la chaqueta aún manchada de polvo, mantenía un rostro serio, se veía cansado.

—Lamento lo que sucedió, Ricardo —dijo finalmente, rompiendo el silencio—. El Topo actuó por cuenta propia, no debió hacerlo, y menos con ella. Nunca fue mi intención que Ketzaly saliera involucrada.

Ricardo no respondió enseguida. Exhaló despacio, bajando la vista hacia los papeles frente a él, sin realmente leer nada. —Eso no cambia el hecho de que casi la pierdo, Kiran —su voz fue baja, pero estaba cargada de contención—. Ni a ella ni a Azrael. Y ahora temo que vuelvan a intentarlo.

Kiran asintió, con un gesto breve. —Ya nos encargamos de los hombres de Nava. Y del Topo... —se interrumpió un instante, apretando la mandíbula—, lamentablemente el mayor castigo que puedo darle es dejarlo en la fosa común.

Ricardo levantó la mirada, estudiando el rostro del otro hombre, buscando en sus ojos la certeza de que todo había terminado. 

—Espero que no vuelva a pasar —dijo al fin—. No quiero más sangre, ni más sustos, ¿me entiendes? Ya no.

—Lo entiendo —Kiran bajó un poco la cabeza, casi como si ofreciera disculpas con el gesto—. Y para compensar, quiero dejarte algo que te ayude a dormir tranquilo... a ti y a tu hija.

Ricardo frunció el ceño. 

—¿A qué te refieres?

—A un guardaespaldas. Uno de mis mejores elementos. Es nuevo, apenas lleva unos meses conmigo, pero es bueno. Muy bueno —Kiran apoyó las manos sobre las rodillas, inclinándose hacia adelante—. Se llama Hades.

Ricardo se recargó en su silla, cruzando los brazos. —¿Y qué tiene de especial?

Kiran sonrió apenas, esa sonrisa seca que no mostraba confianza, sino advertencia. 

—Que no le teme a nada. Y que no le falla a nadie.

El silencio volvió a llenar la oficina. Afuera, se escuchaba el ruido lejano de los autos en la avenida. Ricardo bajó la mirada un segundo, sopesando la idea. —¿Y tú crees que mi hija aceptará tener a alguien siguiéndola todo el tiempo?

—Si se lo presentas bien, sí —Kiran se puso de pie, ajustando la chaqueta—. Hades no solo cuidará de ella, también de Azrael. Es mejor prevenir, Ricardo. Y créame, este hombre vale lo que cuesta.

Ricardo también se levantó, despacio. 

—Está bien —dijo al final—. Confío en tu palabra. Pero si algo vuelve a pasar, no te lo voy a perdonar.

Kiran asintió, serio. 

—No lo hará. Lo prometo.


El reloj volvió a marcar el tiempo, insistente. Cuando Kiran salió de la oficina, Ricardo se quedó mirando por la ventana unos segundos, con ese presentimiento frío en el pecho.





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