La luz se había ido hacía poco más de una hora, pero en mi piso ya sentía cómo la oscuridad empezaba a pesar en las paredes. Me asomé a la ventana con esperanza de aprovechar los últimos rayos de sol antes de la noche, la visión de la ciudad sin electricidad era algo inquietante. Solo se oía algún ladrido, pasos apresurados por la calle y algunos coches que volvían a casa. No podía ver las noticias y me negaba a salir de casa ¿Volvería la luz? ¿Cuanto va a durar esto? Mi ansiedad se estaba apoderando de mí a la vez que entraba en un bucle horrible de preguntas sin respuesta.
Cogí aire y conté hasta 10 mientras expiraba.— No puedo pasar la noche sola— Afirmé desesperada dando vueltas por el salón como un pollo sin cabeza. El sol ya casi se había escondido del todo y la falta de luz comenzaba a volver mi casa un espacio hostil. Así que crucé el rellano y toqué la puerta del piso de al lado.
Kirishima tardó apenas unos segundos en abrir. Llevaba una camiseta blanca, unos pantalones cortos de deporte y el pelo rojo más despeinado de lo normal. Su expresión se suavizó al verme.
—Ey ¿estás bien? —preguntó ladeando un poco la cabeza.
—No mucho... —admití bajito—Venía por si sabías cuando volverá la luz...
Él sonrió, esa sonrisa cálida y algo torpe que siempre le había salido natural.
—Lo siento, la verdad es que no tengo ni idea—Se quedó en silencio—Puedes pasar, tampoco estaba haciendo nada importante. Tengo velas por aquí... y una linterna o dos, si no las perdí.
Entré y enseguida me envolvió una mezcla de calor acogedor y un ligero olor a cera quemada. Algunas velas ya estaban encendidas. Kirishima revolvía un cajón con gesto concentrado y yo esperaba quieta tras él.
—Recuerdo cuando entrenábamos en la UA con cortes de luz... pero claro, entonces había generadores. —Se giró hacia mí, linterna en mano.
Me reí algo nerviosa, siempre conseguía hacerme sentir un poco mejor.
Pasamos los siguientes minutos buscando más velas. Él me iba pasando cajas y yo las abría con cuidado, la linterna entre los dientes más de una vez. En un momento dado, ambos nos agachamos a la vez junto a un mueble bajo, y nuestras frentes chocaron.
—¡Ah! —me quejé, frotándome—Qué torpe...
—No, ha sido mi culpa —dijo él, riendo por lo bajo mientras me ayudaba a incorporarme—¿Estás bien?
Asentí, aunque notaba el rubor subiéndome por las mejillas. El roce había sido minúsculo, pero la cercanía repentina me hizo recordar aquella noche en la UA, en una fiesta donde todo era luces y risas y, de pronto, su boca había estado sobre la mía. Un beso breve, pero que nos removió a los dos. Desde entonces, ni una palabra al respecto.
—Creo que tengo suficientes velas como para montar una cena romántica —bromeó mientras colocaba algunas en la mesa del comedor.
—Podríamos aprovechar... aunque no tengo nada que cocinar. Mi cocina es de vitrocerámica.
Kirishima alzó una ceja, orgulloso.
—Pues la mía es de gas. ¿Qué quieres cenar? No prometo nada digno de MasterChef, pero al menos no pasamos hambre.
Mientras él cocinaba una tortilla con algunas verduras que encontró por la nevera, yo me senté en un taburete, observándolo. Su manera de moverse por la cocina era relajada, sin pretensiones. El resplandor cálido de las velas le marcaba la mandíbula y le daba una especie de aura dorada.
—Gracias por dejarme quedarme —murmuré mientras servía los platos.
—Claro, no tienes que agradecer nada. Además, me alegra tener compañía. Es raro... la ciudad en silencio. Se siente como si estuviéramos los dos solos en el mundo.
Lo miré y asentí despacio. La cena estaba sorprendentemente buena, aunque no sabía si era por el hambre o por la situación. Hablamos de cosas cotidianas al principio: trabajo, viejos compañeros de la UA,... Pero a medida que avanzaba la noche, las palabras se volvían más escasas y ,en especial, más cargadas.
La última vela parpadeaba suavemente cuando nuestras manos se rozaron sobre la mesa. No fue intencionado. Solo dos dedos que se encontraron por accidente. Pero ninguno de los dos se apartó.
Kirishima fue el primero en hablar, con un tono de voz más bajo de lo normal.
—Nunca hablamos de lo que pasó en esa fiesta.
Mi corazón dio un vuelco.
—Lo sé.
Silencio. Sólo el viento afuera y el chisporroteo de la vela.
—¿Fue un error? —preguntó él, directo como siempre, pero con una vulnerabilidad que no solía mostrar.
Negué con la cabeza.
—No lo fue. Solo... éramos más jóvenes. Y había tantas cosas ocurriendo a la vez.
Él asintió, mirándome con intensidad.
—Yo no dejé de pensar en ese beso. En ti. Pero no sabía si tú también...
No le dejé terminar y me incliné hacia él sin pensar demasiado. Tal vez era la oscuridad, o la cercanía o el detalle de que por fin podía escucharme a mí misma sin el ruido constante del mundo. Pero cuando nuestros labios se encontraron por segunda vez, todo encajó. Fue suave al principio, casi tímido, pero luego más seguro.
Cuando nos separamos, nuestras frentes se apoyaron suavemente, como dos piezas de un rompecabezas.
—Definitivamente, no fue un error —susurré.
Él sonrió, esa sonrisa afilada que siempre me había gustado.
—Entonces quédate esta noche. No solo por el apagón.
