Me tumbó con cuidado sobre la cama de modo que él había tomado la posición dominante. —Ya has tenido tu turno —murmuró, con la voz grave, sus labios apenas rozando los míos—. Ahora me toca a mí.
Esto encajaba más con la imagen que tenía de Bakugo.
Dejó un rastro de besos hasta llegar a mi cuello, donde sacó los dientes y me mordió. Agarré su pelo y solté un suave gemido, me estaba gustando y MUCHO por donde estábamos yendo. El roce de sus labios en mi clavícula dejaba una punzada eléctrica que recorría mi espalda. Y volvió a parar en seco.
—Te dije que quería más.—Declaró con una lujuria inexplicable en sus ojos.
—¿Y a qué esperas?
Coló las manos por debajo de mi camiseta, dándome un escalofrío ante el contraste de sus manos frías y mi piel. Sus manos ascendieron sin romper el contacto visual en ningún momento.
—Así estás mucho mejor— Dijo incidiendo en "mucho".
—¿Y así?— Pregunté tentándolo mientras me quitaba el sujetador.
Sus ojos descendieron lentamente, como si se permitiera disfrutar del momento a cámara lenta. Ni siquiera hizo el intento de disimular lo mucho que le gustaba lo que veía.
—Mejor —respondió, su voz sonaba más ronca—Mucho mejor.
Bajó la cabeza y atrapó uno de mis pechos con la boca, dejando un beso húmedo que me arrancó un gemido completamente involuntario. Su lengua jugueteó apenas un segundo con mi pezón y luego apretó con los dientes lo justo para hacerme arquear la espalda.
—Bakugo...—su nombre se me escapó entre suspiros, agarrándolo del pelo para acercarlo más.
Él obedeció sin dejar de morder, sin dejar de reclamar cada parte de mí como suya. Una de sus manos descendió por mis costillas, firme y decidida.
Se detuvo en mi cintura, apretándola con fuerza.
—Tienes idea de lo que me estás haciendo aguantar —gruñó contra mi piel.
—No sé a que estás esperando.
Él levantó la cabeza apenas unos centímetros, mirándome con una mezcla de desafío y fascinación por mis palabras. Su mano volvió a subir, me tomó de la muñeca y me la llevó sobre la cabeza, presionándola contra la almohada.
—Quédate quieta—ordenó con una calma peligrosa para que su otra mano bajase lentamente desde mi cintura el borde de mi pantalón.
—Mmmm... ¿Y si no quiero?— Le sonreí y me levanté de cama. Bajé mis pantalones de golpe quedándome , solo, en tanga.
Su cara quedó desencajada y el pantalón de traje estaba a punto de explotarle.
—Quiero ver hasta dónde aguantas tú.— Me fui hasta la cocina.
Bakugo, desde el marco de la puerta de la habitación se quedó embobado mirándome caminar. Todo un espectáculo, si le preguntan Mi espalda desnuda, lo único que quedaba en mí era esa pequeña pieza de encaje que escondía lo más interesante. Y que podría romper con facilidad.
Me di la vuelta para ver su cara de hipnotizado, que satisfactorio haber producido eso en él.
—Agh, eres asquerosamente guapa— Declaró siguiéndome hasta la cocina.—Podría hacer cualquier cosa que me pidieses— Susurró.
—¿Qué has dicho?
—No me hagas repetirlo.— Dijo mientras veía como me subía a la encimera.
