El reloj del ordenador marcaba las 22:48. La oficina estaba tan silenciosa que podía escuchar el ligero pero molesto zumbido de los ordenadores y mi propio suspiro.
Todos se habían ido hacía más de una hora.
Todos menos él y, evidentemente, yo.
La luz de mesa encendida, algunos suspiros frustrados y el sonidito de un bolígrafo que ocasionalmente se golpeaba contra la mesa me hacía saber que Bakugo seguía en su despacho.Me hacía gracia pensar que incluso sus tics nerviosos sonaban con autoridad.
Revisaba por tercera vez el mismo informe cuando su voz me sobresaltó.
—¿Sigues ahí? —dijo apoyado en el marco de la puerta, con el ceño ligeramente fruncido.
Aún con el cansancio encima, se veía impecable. Camisa negra arremangada, esta vez con un botón más desabrochado de lo habitual, las venas de los antebrazos marcadas y la corbata colgando floja.
—Sí —contesté sin levantar la vista—. Estoy corrigiendo las proyecciones del trimestre.
—Ya son casi las once —observó sin moverse de la puerta.
—Lo sé —murmuré—. Pero si no dejo esto cerrado hoy, mañana va a ser un desastre.
Escuché un resoplido. Cuando por fin levanté la vista, estaba recostado en el marco de la puerta, mirándome con ese gesto que combinaba la irritación y... algo más. Quizás cansancio o ,incluso, preocupación.
—No deberías quedarte hasta tan tarde —dijo finalmente, cruzándose de brazos.
—Usted tampoco.
—Soy el jefe —replicó.
—Y yo trabajo aquí. Así que... empate.
Eso le sacó una sonrisa casi imperceptible. Pero no para mí.
—Aun así, no es justo —añadió, y su voz bajó un poco—.Siento mucho tenerte aquí hasta ahora. Seguro hay alguien esperándote en casa, afirmó con la intención de averiguar un poco más sobre mí.
—Sí —dije sin pensar.
Su ceja se arqueó.—¿Ah, sí?— Su rostro cambió, lo que me dejó claro que no era una pregunta al azar.
—Mi gato —respondí, y me reí suavemente—. Posiblemente muerto de hambre.
La risa que soltó me tomó por sorpresa. Sincera y baja, de esas que hacen que el pecho te dé un vuelco.
—¿Tienes un gato?
—Sí. Blanco, dormilón y muy rencoroso.
—Te pega bastante.
—¿Rencorosa?
—Dormilona —respondió, sin borrar la media sonrisa.
El silencio que siguió fue extraño, cálido. Me acomodé el cabello con torpeza.
—¿Y usted? ¿No hay nadie esperándolo en casa?
—Mi trabajo —dijo, sin pensarlo mucho. Luego bajó la mirada—. Y un apartamento demasiado ordenado.
Sonreí—Suena solitario.
—Lo es.
Hubo una pausa, un pequeño silencio
—Te invito a cenar.
—¿Qué?
—Sí, es lo mínimo que puedo hacer por tenerte aquí hasta esta hora. Además, ¿No hay nadie esperándote, ¿no? —dijo con esa seguridad suya.
—¿Y si digo que no?
—Diré que estás rechazando una buena acción —respondió con un brillo travieso en los ojos.
