Nunca pensé que el silencio pudiera romperse de forma tan abrupta.
Durante meses, el piso de arriba había sido un espacio muerto. Un hueco suspendido sobre mi cabeza, un vacío tan constante que había dejado de ser consciente de él. Vivir sola en un edificio viejo tenía sus ventajas: nadie arrastrando muebles a horas imposibles, ningún televisor demasiado alto, ningún paso ajeno cruzando el techo de mi dormitorio. El silencio era una especie de compañero, muy fiable.
Hasta que dejó de serlo.
La primera vez fue el grifo.
Estaba sentada en la mesa del comedor, rodeada de apuntes, subrayadores abiertos y una taza de café que ya se había enfriado. Derecho Heroico II no era precisamente una asignatura agradable, y mis exámenes finales estaban a la vuelta de la esquina, como una amenaza muy real de la que ningún héroe podría salvarme. Justo cuando empezaba a concentrarme escuché el sonido claro del agua cayendo desde arriba. Tan cerca que parecía provenir de mi propio baño.
Fruncí el ceño.
No era fuerte. Lo inquietante era lo cercano que sonaba, como si el techo fuera poco más que una tela fina. Me quedé inmóvil, esperando a que parase. Lo hizo después de unos segundos, y lo atribuí a alguna tubería antigua.
Luego vinieron los pasos.
Sin prisa y bastante ligeros. Un caminar relajado, que casi se arrastraba, que cruzaba el piso de arriba con una ritmo irregular. Me quedé mirando al techo, los labios entreabiertos, escuchando sin querer hacerlo.
Al día siguiente confirmé lo evidente: tenía un nuevo vecino.
Nadie me había avisado. Ni una nota en el tablón del portal, ni un comentario de la señora del tercero, que siempre parecía saber más de la vida del edificio que todos los demás juntos. Simplemente... había aparecido. Y por alguna razón cruel del destino, el aislamiento acústico entre nuestros pisos era prácticamente inexistente. Básicamente, las paredes eran de papel.
Sin quererlo saqué a relucir todo lo que había aprendido leyendo Sherlock Holmes: vivía solo. Eso fue lo primero que deduje. No había conversaciones, ni risas ajenas. Solo una voz masculina de vez en cuando, generalmente hablando solo. No sabría deciros por qué, pero la voz no parecía ser de alguien mayor. Tenía ese tono despreocupado, algo burlón incluso cuando murmuraba. Supuse que tendría entre 22 y 23 años, no más.
Usaba el aspirador de vez en cuando, como si se acordara de repente de que el suelo existía. A veces tarareaba.
Intenté ignorarlo, de verdad que lo intenté. Pero estudiar se volvió una tortura. No porque el ruido fuera excesivo, sino porque no paraba. Estaba ahí, recordándome su presencia, invadiendo un espacio que había sido solo mío durante tanto tiempo.
Una tarde, después de tres horas sin conseguir memorizar una sola ley, cerré el libro con más fuerza de la necesaria. Me replanteé varias veces si elegir derecho como carrera había sido mi mejor o mi peor decisión.
—Genial —murmuré pasándome una mano por la cara.
Justo entonces, escuché la televisión de arriba.
—Agh. ¿Quiere parar ya?
No era justo. Yo tenía exámenes y él parecía vivir en un eterno domingo por la tarde.
Me levanté, decidida a subir y decir algo. No a gritar, ni a discutir. Solo... a pedirle que tuviera un poco más de cuidado. Ensayé mentalmente mi guión mientras subía las escaleras.
Cuando llegué frente a la puerta, dudé. Uf, era más fácil pensarlo que hacerlo.
Había algo pegado en el marco. Un símbolo pequeño: el logo de la Comisión de Seguridad Pública.
