Los días siguientes avanzaron en esa calma nueva que me intrigaba. Él no había cambiado del todo, ojalá, pero no. Seguía con su cara de aburrimiento eterno, sus respuestas secas y esa manera tan suya de desaparecer sin decir dónde va. Pero ahora volvía para cenar, pero bueno la mayoría de veces ni si quiera comía algo al llegar a casa. No lo dijo en voz alta, pero lo notaba. Aparecía poco antes de que el sol cayera. A veces con las manos vacías, otras con algo de comida que dejaba sobre la encimera sin mucho comentario.
Era su forma de cuidar.
Y yo empecé a dormir mejor. No es que necesitara que alguien estuviera en casa para sentirme segura, o eso me hacía creer a mí misma. Pero el hecho de saber que él volvería, que oiría sus pasos por el pasillo y con mucha suerte un "buenas noches" apagado desde su habitación... me daba paz y una sonrisa tonta antes de dormir.
Una noche, justo al llegar a casa, lo encontré en el salón con una botella de vino tinto abierta sobre la mesa. No me lo esperaba. No se inmutó, simplemente la levantó con una mano para que pudiese verla desde donde estaba.
—Puse una copa para ti, por si querías. No sabía si te gustaba, pero... eso.
Me reí por lo bajo. Era tan él esa forma torpe de ser amable.
—Me encanta el vino tinto —respondí dejando mi bolso en la silla y yendo hacia él con una sonrisa en la cara.
Me senté a su lado en el sofá y él sirvió dos copas con la mirada fija en estas. Empezamos a beber sin decir demasiado. Al principio, eran temas absurdos. Series, mi trabajo. Una clienta que me había tirado un café por encima . Él se rió de verdad por primera vez en días. Después el silencio, pero uno cómodo, ya no era tenso, sino que no hacía falta llenar los espacios.
Coexistíamos. Y eso en nuestra situación ya era bastante.
La tele estaba puesta, pero ninguno le hacía caso. Las copas bajaban despacio pero el calor del alcohol subía a otro ritmo. Y Dabi también lo notaba. No nos mirábamos directamente, pero cada vez que uno hablaba, el otro giraba un poco más la cabeza. Buscando algo sin nombrarlo.
Hasta que lo dijo.
—Eres... jodidamente guapa —soltó casi en un murmullo mirando su copa.
El corazón me dio un salto—¿Qué?— O sea QUÉ ACABABA DE ESCUCHAR
—Nada —dijo rápido queriendo dar un sorbo pero se dio cuenta de que la copa vacía—Bueno, sí. Que eres guapa. Y lo pienso desde hace tiempo, pero no sé cómo se dicen esas cosas sin parecer un imbécil.—Admitió mirando mis labios sin ningún disimulo.
Me reí bajito, porque la situación era surrealista y adorable a partes iguales.
—Pues así parece que funciona —le respondí.
Él me miró por fin a los ojos. Con una mirada entrecerrada y lujuriosa—No sé por qué cojones me caes bien y tampoco por qué me importa si estás bien. Solo sé que...— Hizo una pequeña pausa mirándose las manos y buscando las palabras exactas— que me haces pensar que todo esto no es tan mierda.
Ahora el silencio se hizo denso.
Él se inclinó un poco, lo suficiente como para que mis ojos bajaran hacia su boca. Yo también me incliné, sin pensarlo, solo sabía que quería hacerlo. Puso su mano en mi cara pasando sus dedos por mi mandíbula y con su pulgar acariciado mi mejilla. Por fin nos acercamos y nuestros labios se rozaron para dejarme sentir su calor
El roce se convirtió en un beso cuando agarré su camiseta y lo atraje hacia mí.
Me reí contra sus labios y nos separamos.
Él suspiró y yo sonreí. Me volvió a mirar y esta vez lo besé yo, con calma e intención.
Y él respondió sin nervios, eligiendo la serenidad ante la prisa.
Fue un beso que no buscaba resolver nada, solo sentí que todo el peso de los días sin hablarse, las discusiones a gritos, los silencios y las noches tensas había tenido sentido.
Después nos quedamos así, con las copas vacías apoyadas en la mesa y la tele encendida iluminándonos, sin decir demasiado o más bien nada. Yo me acurruqué un poco a su lado y él me pasó un brazo por encima con ese aire protector y torpe que le salía natural.
Al día siguiente me desperté en el sofá con la cabeza apoyada en su pecho. Dabi ya estaba despierto, con los ojos fijos en el techo y las manos cruzadas sobre el abdomen.
No hablamos de eso, solo me trajo un café y me dijo que se tenía que ir.
Tuvo que irse con prisa, no sé por qué. Solo dijo "nos vemos luego" y cerró la puerta con suavidad.
Yo me quedé en el sofá, con la taza entre las manos y el corazón raro. Estaba shock, feliz, confundida. Todo junto.
Los días siguientes fueron dignos de un Oscar por fingir que no había pasada nada, aún así algunos momentos nos delataban. Él me miraba más. Me tocaba la espalda al pasar por detrás de mí. Yo le sonreía sin querer cuando decía algo sin importancia...
Un día se quedó mirándome con esa cara tonta que ponía mientras removía mi café.
—¿Qué? —le pregunté con una sonrisa.
—Nada —dijo pero estaba sonrojado.
Pasaron los días y sin darnos cuenta, empezamos a inventar excusas ridículas para pasar más tiempo juntos aun que fuese sin hablar, su silencio me hacía sentir acompañada.
Que si "se fue la luz en mi cuarto", "no tengo manta", "el ventilador hace un ruido raro", "tu ventana da menos calor", "te juro que oí algo en el pasillo", "solo me voy a quedar un rato y ya". Ninguno de los dos lo decía abiertamente, pero buscábamos cualquier tontería, inventada, para dormir juntos. No todos los días, pero la mayoría.
Y cuando lo hacíamos, no pasaba nada más allá de eso. Simplemente compartíamos espacio, nos tapábamos juntos, él me dejaba poner mis pies fríos entre sus piernas sin quejarse (bueno, con un gruñido suave, pero sin apartarse). Yo me acostumbré al sonido de su respiración mientras dormía. A veces él se giraba dormido y me abrazaba sin saberlo. Y yo... me dejaba.
Y entonces, una tarde cualquiera, cuando yo estaba doblando ropa sobre la mesa de la cocina y él estaba hablando por teléfono en su cuarto con la puerta entreabierta, lo escuché decir algo, bajito, creyendo que no lo oía:
—Joder... estoy jodido con ella.
Me quedé quieta, la camiseta a medio doblar en las manos.
No dije nada, solo sonreí.
