Cuando buscaba un piso para alquilar, lo último que quería era compartirlo con alguien. Llevaba tantísisimos años soñando con la independencia, vivir sola sin que nadie me moleste... Qué bonito sonaba, nada más distante de la realidad.
El alquiler era caro, muy caro, más de lo que podía permitirme con mi sueldo de camarera, y por mucho que intenté encontrar algo más barato, ninguna opción me convencía. Fue la inmobiliaria la que me propuso la idea: "Podríamos ponerte en contacto con otro inquilino que busca compartir gastos. De lo contrario, es posible que tardes meses en encontrar algo dentro de tu presupuesto." Ellos lo hicieron sonar bonito pero sabía de sobra que no era lo que yo buscaba, acepté a regañadientes. Pero lo que no sabía era que mi futuro "compañero de piso", si es que se le puede llamar compañero, sería alguien que estaba asqueado del mundo entero.
El día que me lo presentaron en la inmobiliaria tuve una sensación rara, tenía un aura de desinterés total. Lo de interactuar con gente no iba mucho con él, aunque yo tampoco lo quería como compañero de piso, puse mi mejor sonrisa porque, quiera que no, vivirá en MI CASA.
Llegó con pocas palabras, ni se interesó en saber con quién iba a vivir hasta saber cuándo, firmó un par de cosas y se fue sin mirarme directamente. Aún así, de vez en cuando me miraba de reojo tratando de analizarme o lo que fuese que hacía.
Si hubiera podido, habría rechazado la oferta en el acto.
Pero no podía.Los dos necesitábamos un lugar donde vivir. Así que, sin más opción, firmé el contrato y me tuve que hacer a la idea de compartir techo con él.
La firma fue rápida, sin palabras. La agente inmobiliaria nos deseó suerte con una horrible sonrisa forzada. Agarré las llaves que ella dejó suspendidas en el aire y me despedí con un leve gesto. Dabi ni siquiera se molestó en fingir cortesia.
El día de la mudanza fue un caos. Había alquilado una pequeña furgoneta para llevar mis cosas. Nada del otro mundo: unas cuantas cajas con ropa, libros, utensilios de cocina y más cajas. No era mucho, pero era todo mío, y eso me hacía sentir que estaba empezando una nueva etapa.
Entré al piso con una mezcla de nervios y expectativa. Era pequeño, pero cómodo. Dos habitaciones, una cocina abierta al salón y una ventana que daba a la calle. Mi habitación estaba justo al lado de la suya. Esa cercanía me incomodaba y no sabía por qué, no sabía como iba a ser nada, ni siquiera mi vida como para tener que preocuparme por una convivencia
Coloqué mis cosas poco a poco. Doblé la ropa, la metí en los cajones, un par de libros por las estanterías, mis sábanas con olor a hogar en la cama... Todo eso me ayudó a imaginar que podía hacer de ese lugar algo parecido a lo que había en mi tablero de Pinterest. En el fondo, quería que este piso se sintiera como un refugio.
Él ya se había instalado. No me preguntéis cómo ni cuando porque ni si quiera lo vi entrar. Su habitación era un misterio para mí. Siempre con la puerta cerrada, sin un solo ruido proveniente de ella. Cruzármelo de vez en cuando por la cocina era lo único que me aseguraba que no estaba sola allí.
Los primeros días fueron extraños, esperaba sentirme un poco acompañada pero posiblemente un cactus lo habría hecho mejor que él. Me levantaba temprano para ir al trabajo y lo escuchaba moverse por la cocina, parecía que buscando una taza. Lo saludaba con un "buenos días" al entrar, pero apenas respondía con un murmullo.
El primer problema llegó al tercer día. Me levanté y encontré la cocina hecha un desastre: platos sucios, migas por todos lados, la encimera pegajosa. Respiré hondo e intenté no hacer un show— Uno, dos, tres...—Pensaba en mi cabeza mientras echaba el aire para mantener la calma. Dejé una nota: "Hola, por favor recuerda limpiar un poco la cocina. Gracias :)".
