No supe que estaba conteniendo la respiración hasta que le vi entrar en la sala.
La puerta se abrió con ese sonido seco de las bisagras pesadas del centro de convenciones, y durante un segundo el murmullo de héroes, asistentes y trabajadores de prensa se me quedó completamente lejos, como si alguien hubiese pulsado el botón de bajar el volumen de la tele.
Era él. Katsuki.
Han pasado meses. Bastantes, en realidad. Los suficientes como para que una persona normal lo superase. Yo, por supuesto, no soy una persona normal.
Mi primer pensamiento fue vergonzosamente superficial y casi ridículo: Sigue siendo insultantemente guapo.
Pues claro que lo seguía siendo, lo ha sido desde siempre. No sé qué esperaba. ¿Que el tiempo le hiciera menos afilado? ¿Menos imponente? Imposible.
Iba vestido con ropa oscura, impecable, con la chaqueta abierta y las mangas un poquito remangadas. El pelo seguía igual de rebelde, perfecto en su caos. Le quedaba bien.
Y su expresión... La misma de siempre. Igual de seria y concentrada. Su mirada intensa que parece estar analizando el lugar, a la gente, las salidas, los puntos débiles... y que, aun así, cuando se clavó en mí al otro lado de la sala, me hizo sentir como si fuese la única persona.
Genial, perfecto, maravilloso. Justo lo que necesitaba para mantener mi estabilidad emocional.
—No mires —me dije en voz baja, como si eso sirviera de algo.
Pero ya era tarde, él también me había visto. Y aunque no hubiese sido al principio, lo habría hecho en algún momento de las tres horas y media que duró esa reunión.
Por un momento ninguno de los dos se movió pero luego empezó a caminar hacia mí.
Con esa manera de andar que siempre me había puesto nerviosa: segura, firme, sin una sola duda.
—No esperaba verte aquí —dijo al llegar.
Su voz. Madre mía... La misma gravedad áspera, más profunda de lo que recordaba, y aun así extrañamente familiar.
Le sostuve la mirada y me obligué a sonreír con normalidad.
—Es una reunión nacional de héroes, Bakugo. Creo que lo raro sería que no estuviera.
Una esquina de su boca se movió apenas, casi una sonrisa.
—Tsk. Sigues igual.
La reunión empezó poco después. Horas de informes, balances de seguridad, coordinación entre agencias de distintas ciudades y nuevas medidas para patrullas conjuntas.
Os juro que intenté concentrarme, pero el problema de tener a tu ex pareja a apenas tres asientos de distancia no es solo la tensión emocional. Sino darte cuenta de que aún reconocer todos sus pequeños gestos y detalles.
La forma en la que frunce el ceño cuando algo le parece una pérdida de tiempo. Cómo golpea una vez la mesa con los dedos cuando se impacienta. La línea tensa de su mandíbula cuando se contiene para no discutir con alguien que claramente está diciendo una estupidez.
Y lo peor, la manera en la que de vez en cuando su mirada se desviaba hacia mí.
No mires. No le devuelvas la mirada. No recuerdes cómo era tenerlo encima en una habitación de hotel después de una misión. Fracasé miserablemente en los tres puntos.
Cuando la reunión terminó, ya era de noche.
La mayoría empezó a marcharse enseguida, agradeciendo que por fin hubiese terminado. Yo me quedé recogiendo mis documentos.
