Enterró la cara en mi escote y repartió besos mojados por la piel sensible de mi pecho, con una mano en mi espalda acercándome más a él.
Estaba desesperado por sacarme la ropa, por verme desnuda, por sentirme. Sentí sus manos agarrando los bordes de mi camiseta para sacármela, en menos de 2 segundos había dado con el enganche de mi sujetador y se había deshecho de él sin ningún remordimiento. Se echó hacia atrás apoyando la espalda por completo en el sofá para verme bien.
—Levántate
Sin contestar le hice caso y me bajé de su regazo colocándome de pie frente a él, aún sentado.
—Quítate el pantalón.
Podía ver su polla roja y empalmada, destacaba tanto como su mirada hambrienta de mí. Ahora solo queda mi ropa interior cubriéndome.
Suspiró—Date la vuelta— Escuché un pequeño crujido por parte del sofá que indicaba que Katsuki estaba cambiando de posición, se había inclinado hacia delante. Puso una mano a cada lado del tanga y lo bajó despacio, cayó sobre mis pies.
Me agarró la cadera y azotó mi culo con una mano, se acercó a dejar un mordisco suave, a marcarme de alguna manera que no fuese con palabras y, que no dejaría que nadie más me pusiese una mano encima. Aunque no lo admitiese en voz alta.
Metió una mano entre mis piernas, separó mis labios para poder tocarme. Mojada por y para él, prácticamente goteando.
Con sus manos me agarró y me tiró hacia atrás, sentada sobre él de espaldas.
—Vamos, déjame verte.
Separé las piernas
—Así me gusta.
Mordió mi hombro con fuerza e incliné la cabeza hacia atrás. Estaba asquerosamente mojada y él asquerosamente desesperado. Dibujó círculos sobre mi clítoris con la mano derecha mientras agarraba mi cuello con la izquierda.
Me cogió en brazos de forma repentina hasta llevarme a la habitación. Me tiró sobre su cama.
Me miraba de pie con rabia, no podía soportar que le hiciera sentir tantas cosas.
—Si te vas a quedar ahí parado lo hago yo sola.— Añadí bajando una mano por mi pierna, me gustaba provocarlo.
La tentación en su cara se hizo muy evidente; se puso un condón, me levantó como a una pluma (tiene sus ventajas tener al héroe número uno a tus pies) y me dio la vuelta. —En cuatro.
Mientras él se colocaba detrás de mí eché mi culo hacia atrás para chocar directamente con su pelvis, lo repetí.
—Que perra te estás poniendo.
Sonreí al escucharlo. Sujetó firme mi cadera por ambos lados y entró sin pensárselo, escuché como gruñía. Si Bakugo me excitaba de por sí, como suspiraba, gruñía y maldecía me ponía el triple. El siempre hecho de que yo provocase eso me hacía sentir una diosa del Olimpo.
Como prometió, no sería suave. Y me parecía perfecto, era todo lo que quería. La fuerza con la que me estaba follando ahora era ideal. Así como con la que se aferraba a mi piel y yo a las sábanas, Katsuki respiraba fuerte y yo gemía.
Mis brazos se escurrieron hacia delante dejando mis caderas mas levantadas y mi cabeza sobre las sábanas blancas. Me costaba respirar y me atragantaba con mis propios gemidos.
El rubio ceniza se separó de mí y azotó mi culo.
—¿Cómo quieres que me ponga?—Pregunté dándome la vuelta para mirarle a la cara.
