La decisión no nació del coraje.
Nació del quiebre.
Taehyung abandonó el ala oeste como quien huye de un incendio invisible. No pensó en guardias, ni en protocolos, ni en las miradas que podían seguirlo. Su cuerpo avanzó antes que su mente, empujado por un dolor demasiado grande para quedarse quieto.
El castillo, esa noche, parecía otro.
Los pasillos se le antojaron más largos, las sombras más densas. Cada antorcha proyectaba figuras torcidas sobre las paredes, como si el propio palacio se burlara de su fragilidad.
Nadie lo detuvo. Quizás porque nadie se atrevió, quizás porque, incluso para los guardias, había algo sagrado en el rostro desencajado del príncipe.
Descendió.
Escalón por escalón, el aire se volvió más frío, más húmedo. El sonido del mundo de arriba se apagó, reemplazado por el goteo constante del agua y el eco de sus propios pasos.
Las mazmorras lo recibieron como siempre: sin juicio, sin palabras.
—Jungkook… —susurró.
El nombre salió roto.
Desde la celda, una figura se incorporó de golpe.
—Taehyung —respondió Jungkook de inmediato, dejando cualquier rastro de ironía—. ¿Qué pasó?
No hubo tiempo para explicaciones.
Taehyung dio un paso… y luego otro… hasta que sus fuerzas se agotaron. Se apoyó contra los barrotes y entonces todo lo que había contenido se desbordó.
Lloró.
No en silencio. No con cuidado.
Lloró con el cuerpo entero, con un sollozo que le sacudió los hombros y le robó el aire. Sus manos temblaron al aferrarse al metal frío, como si fuera lo único que lo mantenía en pie.
Jungkook sintió pánico.
Un miedo real, profundo, que le atravesó el pecho al verlo así.
—Hey… —dijo, avanzando hasta quedar justo frente a él—. No, no… mírame.
Taehyung negó con la cabeza, incapaz.
—Mi padre… —balbuceó—. Puede caer, puede perderlo todo, pueden usarlo.
Jungkook apretó los dientes.
Ahí estaba.
La amenaza que siempre había conocido, pero que ahora tenía nombre y rostro.
—Ven —dijo sin pensarlo—. Acércate.
Taehyung se dejó caer de rodillas, derrotado.
Jungkook, sin importar las cadenas, se arrodilló también del otro lado de los barrotes, reflejándolo.
—Respira conmigo —le pidió—. Uno… dos… así.
Taehyung obedeció, aferrándose a su voz como a un hilo en medio del abismo.
—No estoy preparado —sollozó—. No puedo perderlo, no puedo convertirme en eso que esperan.
Jungkook sintió un nudo en la garganta.
Nunca lo había visto tan frágil.
Nunca había querido proteger a alguien con tanta desesperación.
—Mírame —repitió con suavidad—. Taehyung, mírame.
Cuando sus miradas se encontraron, Jungkook vio algo que lo rompió.
No al príncipe.
Al niño que aún necesitaba a su padre.
—Escúchame —dijo Jungkook, apoyando la frente contra los barrotes—. No estás solo, aunque intenten hacerte creer eso.
—Pero tú estás aquí...—respondió Taehyung, con una risa rota—... Encerrado, no puedes ayudarme.
Eso fue lo que terminó de quebrarlo.
Jungkook cerró los ojos con fuerza.
—Eso es lo que más me duele —confesó—. Verte así… y no poder salir a protegerte.
Abrió los ojos de nuevo, brillantes.
—Si pudiera romper estas paredes con las manos, lo haría.
Taehyung lo miró, sorprendido.
—¿Por qué? —preguntó, casi en un susurro—. ¿Por qué te importa tanto?
Jungkook no respondió de inmediato.
Porque decirlo en voz alta lo hacía real.
—Porque —dijo al fin— encontré a la persona correcta en el lugar equivocado.
El silencio se volvió denso, cargado.
Taehyung sintió el corazón latirle con fuerza.
—Tengo miedo —admitió—. De convertirme en alguien que no reconozca.
—Entonces déjame ser tu ancla —respondió Jungkook—. Recuérdame cuando sientas que te pierdes.
Taehyung acercó la mano a los barrotes. Dudó apenas un segundo… y luego la deslizó entre el metal.
Jungkook no dudó.
Tomó su mano con cuidado, como si fuera algo frágil, precioso.
El contacto fue un golpe silencioso.
—No me sueltes —pidió Taehyung, la voz hecha hilo.
—No pienso hacerlo —respondió Jungkook sin vacilar—. Aunque me cueste todo.
Taehyung apoyó la frente contra el metal, tan cerca de Jungkook que compartían el mismo aliento.
—Si mi padre cae… —susurró— yo no sé si podré sostener esto.
Jungkook apretó su mano.
—Cuando eso pase —dijo—, yo estaré de tu lado. Dentro o fuera de estas rejas.
Las lágrimas siguieron cayendo, pero ya no eran solo desesperación.
Había algo más.
Cariño.
Necesidad.
Un amor naciendo en el peor lugar posible.
Y en lo profundo de las mazmorras, donde nadie debía encontrar esperanza, Jungkook comprendió algo con una claridad brutal:
No temía a la muerte.
Temía no poder proteger a Taehyung cuando llegara el momento.
Porque había encontrado a la persona correcta.
Y el mundo no iba a perdonárselo.
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ALTEZA | kooktae
FanfictionKim Taehyung, un joven príncipe cuyo destino ha sido moldeado por la opresiva sombra de sus propios padres, encerrado en el imponente palacio real desde su más tierna infancia. Privado de la oportunidad de explorar el mundo exterior que se extiende...
