Kim Taehyung, un joven príncipe cuyo destino ha sido moldeado por la opresiva sombra de sus propios padres, encerrado en el imponente palacio real desde su más tierna infancia. Privado de la oportunidad de explorar el mundo exterior que se extiende...
El amanecer llegó despacio, como si el reino mismo dudara en romper la calma que había encontrado.
Después del baile, el palacio no volvió a ser el mismo. No por los candelabros apagados ni por las telas retiradas, sino por algo más profundo: la certeza de que, por primera vez en muchos años, el futuro no se sentía como una amenaza.
Aun así, toda paz trae consigo despedidas.
Las puertas exteriores del palacio estaban abiertas de par en par. El cielo se teñía de un azul suave, todavía atravesado por tonos rosados. Los estandartes de los reinos vecinos ondeaban con dignidad, listos para ser retirados.
Jimin ajustaba los guantes blancos con movimientos lentos, casi distraídos. Su sonrisa estaba ahí, pero era distinta: más contenida, más frágil.
—Nunca pensé que me costaría tanto irme —dijo, mirando el patio por última vez.
Yoongi estaba a su lado, vestido con los colores de su reino, sobrio como siempre. Pero había algo en su postura que lo traicionaba: no estaba tan sereno como pretendía.
—Eso significa que hicimos algo bien —respondió.
Jimin soltó una risa suave, sin humor.
—O que dejamos algo atrás.
Yoongi lo miró entonces, de verdad, no como príncipe, no como heredero. Como alguien que había aprendido a mirar con el corazón.
—No es un adiós —dijo—. Es un "hasta pronto".
Jimin asintió, aunque sus ojos se humedecieron.
Taehyung se acercó a ellos, acompañado por Jungkook, que permanecía apenas un paso detrás, como siempre hacía cuando el deber y el cariño se mezclaban.
—El reino siempre será su casa —dijo Taehyung—. Ambos.
Jimin se lanzó a abrazarlo sin pedir permiso y Taehyung lo sostuvo con fuerza, cerrando los ojos.
—Gracias —susurró Jimin—. Por devolverme el baile… y algo más.
Yoongi inclinó la cabeza ante Taehyung, con respeto sincero.
—Cuida bien de este lugar —dijo—. Y de él.
Su mirada se desvió apenas hacia Jungkook.
—Siempre lo he hecho —respondió Taehyung.
Jungkook sonrió, ladeando la cabeza.
—Buen viaje, altezas.
—No te acostumbres demasiado a ese tono —replicó Yoongi—. Cuando vuelva, quiero verte igual de insoportable.
—Prometido.
Las carrozas comenzaron a moverse. Jimin se giró una última vez, levantando la mano.
Yoongi no miró atrás, pero su mano rozó la de Jimin dentro del carruaje y la otra agarro su barbilla para girarlo y besarlo.
Y así, entre el ruido de ruedas alejándose y corazones aprendiendo a soltar, el reino volvió a respirar.
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.