Kim Taehyung, un joven príncipe cuyo destino ha sido moldeado por la opresiva sombra de sus propios padres, encerrado en el imponente palacio real desde su más tierna infancia. Privado de la oportunidad de explorar el mundo exterior que se extiende...
—¿Y…? —preguntó Jimin con una sonrisa traviesa dibujada en el rostro.
—¿Qué sucede? —Taehyung lo miró confundido, aún procesando la conversación ligera que venían teniendo.
—¿Hay alguna persona que haya conquistado tu corazón de príncipe?
La pregunta lo descolocó por completo, como si alguien acabara de arrojarle agua helada en medio de una noche cálida.
—¡Claro que no! —exclamó con el rostro encendido, dando un paso hacia atrás con evidente vergüenza, Jimin se acercó un poco más, dudoso, con una expresión burlona.
—¿No? — inclinó la cabeza con fingida inocencia, acercándose tanto que casi podía sentir su respiración—. Oye, estás muy rojo… ¿te encuentras bien?
Taehyung lo apartó torpemente con una mano mientras desviaba la mirada, haciendo un esfuerzo por disimular el temblor en sus labios y la risa del otro. Sentía que, si lo miraba un segundo más, su máscara no alcanzaría para esconder todo lo que su rostro revelaba.
—¿Y a ti...? —preguntó, en un intento de desviar el foco. Jimin, pillado en su propio juego, se quedó en silencio por unos segundos, carraspeando mientras volvía la vista hacia el interior del palacio, el gesto llamó la atención de Taehyung.
—¿Qué ves?
—Bueno… puede que me guste alguien.
Taehyung, que en ese momento sorbía un poco de champagne, casi se atraganta, giró su cabeza bruscamente hacia la dirección que Jimin estaba mirando, curioso, y entonces lo vio: Min Yoongi, solo, de pie cerca de una de las columnas, con los brazos cruzados y la misma expresión seria que parecía llevar esculpida en el rostro desde su nacimiento.
—¿El príncipe Yoongi? —preguntó Taehyung, perplejo, entre asombro—. ¿Qué te atrajo de él…? —murmuró, frunciendo ligeramente el ceño.
—Es un ser de luz… —responde Jimin embobado, con el tono de quien ha sido tocado por la gracia divina. Sin decir más, comenzó a caminar lentamente hacia el salón, completamente ajeno a la confusión del otro.
—¿Un ser de luz...? —repitió Taehyung insólito, siguiéndolo con la mirada como si acabara de perder todo el respeto por su cordura—. ¿Él?
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Mientras los príncipes reían en el balcón, ajenos al bullicio creciente del palacio, en las afueras de la gran estructura, la oscuridad era densa y el aire húmedo.
Las antorchas parpadeaban en las paredes de piedra rugosa, proyectando sombras que se movían como si tuvieran vida propia. Abajo, en el nivel más bajo de la estructura, donde el mármol brillante del palacio era reemplazado por piedra desnuda y fría, el silencio era una prisión en sí misma.
Jungkook se encontraba sentado en una de las esquinas de su celda, su espalda apoyada contra el muro, las piernas estiradas, su ropa estaba algo sucia por el tiempo que llevaba encerrado, pero su postura era firme, intacta, digna. Sus ojos, sin embargo, eran lo más inquietante de él: no parpadeaban con frecuencia, no divagaban, solo observaban, en silencio, con intensidad. Siempre observaban.