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El primer cuerno de guerra no sonó como una advertencia.

Sonó como una sentencia.

El eco atravesó las murallas del palacio con una violencia antigua, rasgando el aire del amanecer y obligando a los muros —testigos de siglos de pactos, bodas y traiciones—a recordar que también habían sido construidos para resistir la sangre.

Los guardias reaccionaron antes de que el miedo pudiera asentarse del todo.

Las botas golpearon el suelo de piedra al unísono, las armaduras se cerraron con un sonido seco, casi ritual, las lanzas fueron alzadas, los arcos tensados. Cada hombre y cada mujer ocupó su posición como si el cuerpo recordara algo que la mente aún se negaba a aceptar.

El enemigo había llegado.

Desde las almenas, las antorchas comenzaron a encenderse una a una, dibujando una línea de fuego sobre la muralla. Más allá, en la llanura aún cubierta por la neblina, se distinguían las sombras en movimiento.

Tropas.

Demasiadas.

—No es una avanzada —murmuró uno de los capitanes—. Es una declaración.

En el patio central, el Rey Jin Woo apareció con la espada desenvainada.

No llevaba la corona.

Nunca lo hacía en la guerra.

Su capa oscura caía pesada sobre los hombros, y su expresión no era de furia ni de temor, sino de una calma peligrosa: la de quien ha aceptado que algunas batallas no se ganan, solo se enfrentan.

A su lado, la reina avanzó con el porte intacto, los dedos aferrados al borde de su vestido, como si se negara a permitir que el temblor de su cuerpo se hiciera visible.

Y apenas unos pasos detrás de ellos, Taehyung.

No llevaba armadura.

El peso que cargaba era otro.

Desde su lugar, observó cómo el palacio se transformaba, las risas habían desaparecido por completo, no quedaban murmullos, ni música, ni pasos distraídos. Solo órdenes, acero y respiraciones contenidas.

El reino estaba en posición de defensa.

—Mantengan la muralla este —ordenó el rey— Que nadie dispare hasta que estén a distancia clara, no desperdicien flechas.

Su voz no vaciló.

Taehyung la escuchó y sintió algo romperse lentamente en su pecho.

Porque comprendió, con una claridad devastadora, que aquel hombre que daba órdenes con tanta firmeza no era solo su padre.

Era el objetivo.

El símbolo de la luna rota había aparecido en los cuerpos de los guardias muertos días atrás. Una amenaza escrita con sangre. Un mensaje que no iba dirigido al reino entero.

Iba dirigido al rey.

—Alteza —dijo un mensajero, acercándose a Taehyung—. Las fuerzas enemigas se están desplegando en tres frentes.

Asintió, aunque no estaba seguro de haber procesado las palabras.

Tres frentes.

No era una incursión.

Era un asedio.

Se retiró del patio con pasos torpes, como si el suelo hubiera comenzado a inclinarse bajo sus pies, nadie intentó detenerlo, nadie podía hacerlo.

Subió las escaleras hacia sus aposentos sin mirar atrás.

Dentro, el silencio era absoluto.

Demasiado.

Las manos le temblaban cuando tomó papel y pluma. Durante un instante, dudó.

Pedir ayuda era admitir debilidad.

Pero no escribir sería condenar a todos.

Respiró hondo y comenzó.

No escribió como príncipe.

Escribió como hijo.

"A los reinos vecinos, aliados por historia o por deuda: el reino que hoy resiste no pide gloria, pide auxilio. Las tropas de la luna rota han cruzado nuestras fronteras, no buscan negociar, buscan sangre.

Si este llamado llega tarde, sepan que luchamos hasta el final. Si llega a tiempo, recordar que hubo un momento en que eligieron no mirar hacia otro lado."

Las palabras salieron torcidas, manchadas por la tinta y por algo más que no quiso nombrar.

Cuando terminó, el papel estaba húmedo.

No sabía si era sudor o lágrimas.

—Taehyung.

La voz de Ji Seob apareció en el umbral como un ancla.

El erudito observó la carta sin hacer preguntas.

—¿Cuántos reinos? —preguntó.

—Todos —respondió Taehyung—. Incluso los que nunca nos quisieron.

Ji Seob asintió.

—Haré que llegue —dijo—. Aunque tenga que dividirla en diez caminos.

Tomó la carta con un cuidado casi reverente.

Antes de irse, se detuvo.

—Alteza —dijo en voz baja—. A veces, la historia cambia no por la fuerza... sino por quien se atreve a pedir ayuda.

Taehyung no respondió.

Volvió al patio cuando el sol ya estaba alto.

El enemigo había avanzado.

Los estandartes negros ondeaban con el símbolo que ahora todos reconocían.

El Rey Jin Woo dio un paso al frente.

La reina se colocó a su lado.

Taehyung, detrás.

La formación no era casual.

Era una línea de sangre.

—Pase lo que pase —dijo el rey sin mirarlo-, recuerda quién eres.

Taehyung apretó los puños.

—No estoy listo —confesó.

Jin Woo giró apenas el rostro.

—Nadie lo está —respondió—. Pero eso nunca ha detenido a la historia.

El primer impacto llegó contra la muralla.

La guerra había comenzado.

Y el silencio, al fin, se había roto.

ALTEZA | kooktaeDonde viven las historias. Descúbrelo ahora