El almuerzo con sus padres se prolongó más de lo habitual, y, aun así, el tiempo no logró suavizar la incomodidad que flotaba sobre la mesa. Aunque ambos intentaban tratarlo con una delicadeza nueva —especialmente su madre, cuya disculpa aún resonaba fresca y sincera—, el silencio que se imponía entre los tres no era reparador. Era un silencio cargado, tenso, lleno de palabras que nadie sabía cómo pronunciar.
Taehyung removía la comida con el cubierto, observándola como si fuera ajena. Todo tenía un sabor extraño, ligeramente amargo, incluso los platillos que siempre habían sido su consuelo. No comprendía esa sensación; en teoría, debería sentirse aliviado, incluso feliz, su madre había reconocido su error, su padre no lo había contradicho. Algo había cambiado.
Y, sin embargo, el nudo en su estómago no desaparecía.
Levantó la vista apenas cuando notó una mirada insistente desde uno de los costados. La señora Ye Jin, quien había traído los platos acompañada de dos sirvientes, lo observaba con una mezcla de preocupación y ternura. Cuando sus miradas se encontraron, ella le hizo un pequeño gesto con las manos, señalando el plato, casi suplicante.
Taehyung le devolvió una sonrisa breve, cansada.
Tomó un bocado de la carne y, al hacerlo, dejó escapar un suspiro involuntario, el sabor era perfecto, como siempre, bien condimentada, suave, cálida. La comida de Ye Jin seguía siendo su favorita, un pequeño refugio de normalidad en medio de todo lo que parecía desmoronarse.
Aun así, comió poco.
Cuando el almuerzo terminó, se levantaron con cortesías medidas, palabras justas y promesas vagas de continuar con sus responsabilidades. Taehyung inclinó la cabeza con respeto y se retiró antes de que alguien pudiera detenerlo.
No volvió a sus aposentos.
En lugar de eso, permitió que sus pasos lo condujeran sin resistencia hacia uno de los pocos lugares del castillo donde el silencio no resultaba opresivo, sino antiguo, reflexivo, casi compasivo: la biblioteca real.
Las altas puertas de madera estaban entreabiertas, como si alguien hubiera anticipado su llegada. Al empujarlas, el aroma a pergamino envejecido, tinta seca y cera antigua lo envolvió de inmediato. Era un olor que siempre le producía una calma extraña, como si cada libro guardara no solo palabras, sino respiraciones de quienes los habían escrito y leído antes que él.
La luz de varias lámparas de aceite se reflejaba sobre las estanterías interminables, proyectando sombras ondulantes que parecían moverse entre los lomos de los libros, como si las historias mismas respiraran.
—Sabía que vendrías —dijo una voz tranquila.
Taehyung no se sobresaltó.
Ji Seob estaba sentado en una de las mesas centrales, rodeado de manuscritos abiertos. Su figura delgada parecía fundirse con el entorno, como si la biblioteca lo hubiera reclamado como parte de sí.
—¿Siempre lo sabes todo antes de que pase? —preguntó Taehyung mientras se acercaba.
Ji Seob levantó apenas la vista y esbozó una sonrisa leve.
—No —respondió—. Pero los príncipes que cargan demasiado peso suelen buscar refugio entre palabras viejas.
Taehyung se sentó frente a él, apoyó los antebrazos sobre la mesa y, por primera vez en horas, dejó que el cansancio se filtrara hasta los huesos.
—Este castillo está lleno de ecos —murmuró—. Y ninguno me da respuestas claras.
Ji Seob cerró con cuidado uno de los libros que tenía frente a sí, como si la conversación mereciera toda su atención.
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ALTEZA | kooktae
FanfictionKim Taehyung, un joven príncipe cuyo destino ha sido moldeado por la opresiva sombra de sus propios padres, encerrado en el imponente palacio real desde su más tierna infancia. Privado de la oportunidad de explorar el mundo exterior que se extiende...
