Días después, el reino seguía aprendiendo a respirar.
No de la forma serena y confiada de antes, sino con una respiración nueva, torpe, como la de alguien que ha sobrevivido a una herida profunda y aún no sabe si el dolor volverá con el próximo movimiento. Las calles ya no estaban vacías, pero tampoco eran las mismas, había murmullos, miradas largas, gestos contenidos, la gente hablaba en voz baja, como si temiera despertar a los muertos.
El duelo no había terminado.
Solo había cambiado de forma.
En el palacio, los corredores volvieron a llenarse de pasos apresurados, telas que se deslizaban, voces que discutían protocolos y fechas. La ceremonia de coronación se preparaba con una urgencia casi desesperada, como si el reino necesitara un símbolo al cual aferrarse para no desmoronarse del todo.
Taehyung sería coronado rey.
El nombre se repetía en cada sala, en cada reunión, en cada pergamino sellado con cera negra y dorada; Rey Taehyung, Rey joven, Rey marcado por la pérdida, Rey nacido del sacrificio.
Él escuchaba todo desde lejos.
No porque no estuviera presente, sino porque una parte de sí aún seguía en aquel cementerio, arrodillado frente a dos tumbas, con las manos manchadas de tierra húmeda y promesas silenciosas.
Vestía de negro la mayor parte del tiempo, no por obligación, sino porque cualquier otro color le parecía una mentira. Su madre, la reina viuda, había dejado sus aposentos casi por completo, caminaba más despacio, hablaba menos, y cuando lo miraba, había en sus ojos algo distinto: orgullo, sí, pero también un miedo profundo de perderlo a él también.
Y luego estaba Jungkook.
El nombre que todos pronunciaban.
El prisionero liberado.
El guerrero que sobrevivió.
El hombre por quien las miradas se desviaban y los susurros crecían.
Jungkook ya no llevaba grilletes, caminaba libre por el palacio, por los jardines, por los patios donde antes solo podía observar desde la distancia, su libertad, sin embargo, no había sido silenciosa.
La corte entera parecía haberse alborotado con su presencia.
Algunos lo miraban con admiración abierta, casi reverencial, otros con curiosidad, otros con desconfianza apenas disimulada, había quienes inclinaban la cabeza al verlo pasar y quienes se quedaban observándolo más tiempo del necesario, como si intentaran entender qué lugar ocupaba ahora en aquel mundo que había cambiado tan brutalmente.
Jungkook lo sentía.
Cada mirada.
Cada murmullo.
No era cómodo.
La libertad, descubrió, que también podía pesar.
Se entrenaba por las mañanas, solo, en el patio interior, el sonido de la espada cortando el aire se había vuelto una constante, casi un ritual, era la única forma que conocía de ordenar sus pensamientos, de descargar una tensión que no sabía dónde colocar.
Por las noches, el palacio se volvía demasiado grande, demasiado silencioso.
A veces despertaba sobresaltado, con el recuerdo de Ji Seob cayendo frente a él, con la sangre tibia manchándole las manos, con la voz de Taehyung pronunciando su nombre como si fuera un ancla.
No hablaban mucho.
No porque no quisieran, sino porque ambos estaban aprendiendo a existir en esta nueva forma de estar juntos, donde ya no había barrotes ni órdenes, ni jerarquías claras entre príncipe y prisionero.
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ALTEZA | kooktae
Fiksi PenggemarKim Taehyung, un joven príncipe cuyo destino ha sido moldeado por la opresiva sombra de sus propios padres, encerrado en el imponente palacio real desde su más tierna infancia. Privado de la oportunidad de explorar el mundo exterior que se extiende...
