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No había sol, ni lluvia.

Solo una bóveda gris, inmensa, suspendida sobre el pueblo como un luto compartido.

Las calles estaban en silencio, no el silencio respetuoso de las ceremonias, sino uno más profundo, más hondo, como si cada habitante contuviera la respiración por miedo a que el más mínimo sonido rompiera algo que ya estaba demasiado frágil.

El día del funeral llegó sin anuncios.

No hubo música.

No hubo discursos preparados.

Solo pasos lentos y miradas bajas.

Las banderas del reino colgaban a media asta, inmóviles, pesadas, como si incluso el viento se negara a tocarlas. La tierra del cementerio real aún estaba fresca, oscura, removida dos veces por manos que temblaron al hacerlo.

Dos tumbas.

Dos nombres que ya no responderían.

Taehyung avanzó entre la multitud con el cuerpo erguido y el rostro inexpresivo. Sus ojos estaban abiertos, atentos, pero vacíos, no había lágrimas en ellos, no porque el dolor no existiera, sino porque lo había atravesado por completo.

Había llorado antes.

Había gritado por dentro hasta quedarse sin voz.

Ahora solo quedaba ese estado extraño donde el dolor deja de arder y comienza a pesar.

Caminaba como si cada paso fuera un acto de resistencia.

A unos metros detrás, Jungkook mantenía la cabeza inclinada, la herida en su rostro ya no sangraba, pero seguía ardiendo, no era nada comparado con lo que llevaba en el pecho, sus manos estaban cerradas, rígidas, como si soltar los puños significara dejar caer todo lo que aún se sostenía en pie dentro de él.

Jimin estaba allí, de pie, sí, pero sostenido.

Yoongi no se separaba de su lado, un brazo firme rodeándole la espalda, anclándolo al suelo cuando las fuerzas flaqueaban. Jimin había sanado físicamente, pero sus ojos seguían siendo los de alguien que había visto demasiado, su mirada se perdía en la tierra, en las flores, en los nombres tallados antes de tiempo.

Los reyes vecinos formaban una línea solemne, ninguno levantó la cabeza, no por obligación, sino porque no había orgullo posible aquel día, el poder no significaba nada frente a dos tumbas recién abiertas.

La primera pertenecía a Jin woo.

La reina —su esposa— se acercó con pasos inseguros, como si el suelo pudiera quebrarse bajo sus pies en cualquier momento, su vestido negro parecía demasiado pesado para su cuerpo, cuando llegó frente a la lápida, sus rodillas cedieron sin aviso.

Cayó.

No con elegancia.

No con dignidad.

Cayó como cae alguien a quien le arrancaron el corazón.

—Jin woo… —susurró, y su voz se quebró en mil fragmentos.

Sus manos se aferraron a la piedra fría, inútil, como si al tocarla pudiera traerlo de regreso, el llanto brotó de su pecho sin control, violento, desgarrador, no intentó contenerlo.

—No debías irte así… —sollozó—. No me dejaste… No me dejaste nada…

Su cuerpo se sacudía, doblado sobre sí mismo, la corona resbaló de su cabeza y cayó al suelo, olvidada, en ese momento no era reina, no era símbolo.

Era una mujer rota frente a la tumba de su esposo.

Taehyung avanzó sin que nadie se lo pidiera.

Se arrodilló junto a ella.

No intentó levantarla.

No intentó consolarla con palabras vacías.

Simplemente se quedó allí.

Apoyó una mano en la tierra húmeda, la otra sobre la espalda de su madre, sosteniéndola cuando el llanto la vencía por completo, su rostro seguía seco, sus ojos ardían, pero no derramaron nada.

—Lo siento… —murmuró, con una voz tan baja que apenas existía—. Lo siento tanto…

La reina se aferró a él como a un salvavidas, hundiendo el rostro en su hombro, su llanto se volvió aún más desesperado, más humano.

Taehyung cerró los ojos.

No lloró.

No pudo.

Pero en ese silencio interno, algo se quebró de forma definitiva.

Un poco más allá, bajo un árbol desnudo, estaba la tumba de Ji Seob.

Ye Jin se acercó lentamente, como si cada paso fuera una despedida que no quería aceptar, cuando llegó frente a la lápida, se quedó de pie unos segundos, inmóvil, sus manos temblaban.

—Siempre dijiste que no eras un héroe… —susurró—. Que solo hacías lo necesario.

La voz le falló.

Se dejó caer de rodillas frente a la tumba, y entonces el llanto llegó, no fue un grito, fue un desbordarse silencioso, continuo, como una herida que por fin se abre después de haber sido ignorada demasiado tiempo.

—Me dejaste sola… —dijo entre sollozos—. Y aun así… aun así lo volverías a hacer.

Apoyó la frente contra la lápida, sus lágrimas empaparon la piedra, la tierra, sus propias manos.

—Gracias… —murmuró—. Por protegerlos, por creer cuando nadie más lo hacía.

El viento pasó entre los árboles, suave, casi respetuoso.

Jungkook observó esa escena con el pecho ardiendo, entendió que Ji Seob no había muerto solo para ganar una batalla, había muerto para que otros pudieran quedarse, para que el futuro no fuera únicamente un campo de ruinas.

Jimin cerró los ojos un segundo, apoyando la frente en el hombro de Yoongi, no cayó, no se derrumbó, pero su respiración se volvió pesada, como si cada inhalación doliera. Su madre, Park So-Hee, apoyó su mano sobre su hombro sonriéndole con cariño, a comparación de Dong Wook, quien miró serio a Yoongi por un momento, pero después sonrió a medias.

— Lo hiciste bien.

Cuando el ritual terminó, nadie se movió de inmediato.

El reino permaneció allí, detenido, suspendido entre lo que fue y lo que ya nunca volvería a ser.

Taehyung se levantó lentamente, se acercó a la tumba de Ji Seob y apoyó una mano sobre la piedra.

—No heredaremos ruinas —susurró—. Te lo prometo.

Luego regresó junto a su madre, aún arrodillada frente a la tumba de Jin woo, se quedó a su lado, compartiendo el peso del duelo, ofreciendo su silencio como único refugio.

Porque habían ganado la guerra.

Sí.

Pero ahora comenzaba algo mucho más difícil... Aprender a vivir con los nombres que el viento repetiría para siempre entre la tierra recién cerrada y los corazones que ya nunca volverían a ser los mismos.

ALTEZA | kooktaeDonde viven las historias. Descúbrelo ahora