La primera memoria de Jungkook no fue un lugar, ni un rostro definido, ni siquiera una imagen completa.
Fue un sonido.
El roce suave de una tela contra otra, un vaivén constante que lo envolvía antes de que supiera lo que era el tiempo. Un latido que no era el suyo marcándole el ritmo del mundo, lento y firme, como si alguien lo protegiera incluso del silencio. Y, sobre todo, una voz.
La voz de su madre.
Cantaba muy bajo, apenas un murmullo, como si temiera que incluso las paredes pudieran delatarla. No era una canción alegre ni triste; era algo antiguo, aprendido de memoria, tejido con palabras que Jungkook nunca comprendió del todo, pero que se le quedaron grabadas en la piel. Creció con esa melodía escondida en el pecho, como una promesa que no sabía nombrar.
Desde pequeño aprendió que el silencio no era ausencia.
Era refugio.
La casa en la que vivían parecía siempre contener la respiración. Las ventanas permanecían cubiertas, los pasillos en penumbra incluso a plena luz del día. Jungkook aprendió a caminar sin hacer ruido antes de aprender a correr, a observar antes de preguntar. Su madre lo sostenía siempre con un cuidado casi reverencial, como si el aire mismo pudiera romperlo si no lo protegía lo suficiente.
Tenía manos tibias, manos que sabían consolar incluso sin palabras. Y una mirada que sabía demasiado para alguien tan joven. Cuando Jungkook preguntaba por qué no podían caminar por los patios abiertos, por qué debía hablar en susurros, por qué su nombre nunca era pronunciado en voz alta, ella sonreía de una forma que no lograba engañarlo. Era una sonrisa triste, cansada, y siempre le acomodaba el cabello como si ese gesto pudiera ordenar el mundo.
—Porque hay nombres que duelen —le decía—Y verdades que el mundo aún no sabe escuchar.
Él asentía, aunque no entendía. Pero guardaba esas palabras como se guardan las cosas importantes: sin tocarlas demasiado, por miedo a romperlas.
Por las noches, a veces, despertaba sobresaltado, no sabía por qué, no recordaba sueños, solo la sensación de que algo estaba mal, de que el mundo podía derrumbarse mientras dormía. Entonces ella lo envolvía en mantas y lo llevaba hasta la ventana más pequeña de la casa, esa que casi nadie notaba.
Desde allí, el cielo no se veía completo. Era apenas un fragmento azul oscuro, dividido por marcos y sombras.
—Mira —susurraba—. Aunque lo tapen, el cielo siempre encuentra una forma de mostrarse.
Jungkook no comprendía el sentido de esas palabras, pero las memorizaba con devoción.
Las repetía en silencio, como si fueran un conjuro. Como si algún día fueran a salvarlo.
Su padre aparecía poco.
No porque no quisiera, sino porque no podía.
Cuando llegaba, lo hacía sin insignias, sin colores, sin símbolos que delataran quién era en realidad. Entraba como un hombre común y se marchaba como una sombra. Jungkook lo observaba con la curiosidad propia de un niño que sabe que algo es importante, aunque no sepa por qué. Notaba cómo su madre se tensaba apenas él cruzaba la puerta, cómo el aire se volvía más pesado.
No había reproches entre ellos.
Solo una tristeza compartida, densa, flotando como un tercer cuerpo en la habitación.
Su padre se arrodillaba frente a él, siempre a su altura. Le hablaba de historias viejas, de reinos antes de las fronteras, de tiempos en los que una promesa valía más que una corona y una palabra tenía peso suficiente para cambiar el destino de muchos.
—Tú no debes nada —le dijo una vez, con la voz quebrada—No elegiste nacer en este mundo.
Jungkook no supo qué responder. Solo apoyó la frente contra su pecho y escuchó ese latido distinto, más pesado que el de su madre, como si llevara siglos encima, como si cada golpe del corazón fuera una carga.
Con el tiempo, entendió.
Entendió por qué los pasos nocturnos hacían temblar la casa.
Entendió por qué su madre quemaba cartas apenas terminaba de leerlas, sin permitir que él viera una sola palabra.
Entendió por qué su nombre nunca figuraba en ningún registro, por qué no existía para el reino.
Su madre pertenecía a una casa condenada.
No por traición, sino por recordar.
Ella sabía cosas que no debían saberse, nombres que habían sido borrados de la historia oficial, pactos rotos en nombre del orden, vidas sacrificadas para que el reino pudiera dormir tranquilo, creyéndose justo.
El día que vinieron por ella, Jungkook tenía ocho años.
No hubo gritos.
No hubo resistencia.
Ella se arrodilló frente a él, como lo había hecho tantas veces, y le sostuvo el rostro con ambas manos, su piel temblaba, apoyó la frente contra la suya, cerrando los ojos un instante, como si quisiera grabarlo en la memoria.
—Escúchame bien —le dijo—Pase lo que pase, no olvides quién eres.
—¿Volverás? —preguntó él, con la voz quebrada.
Ella no respondió.
Solo le colocó el collar con manos temblorosas, un objeto pequeño, antiguo, marcado con símbolos que Jungkook no comprendía, pero que parecían arderle en la piel.
—Esto es memoria —susurró—Mientras lo lleves, no podrán borrarte del todo.
Luego se levantó y caminó hacia el silencio.
Nunca más la volvió a ver.
No dijeron que había muerto, dijeron algo peor.
Que nunca había existido.
Que su nombre era un error.
Que Jungkook era un hijo sin origen.
Creció con esa herida abierta, aprendiendo a bajar la cabeza, a medir cada palabra, a sobrevivir sin preguntar. El collar se convirtió en su única ancla, en el último fragmento de una verdad que nadie quería escuchar.
Hasta que varios años después lo encarcelaron.
Hasta que el pasado volvió a alcanzarlo.
Ahora, en la penumbra de las mazmorras, Jungkook apretaba el collar entre los dedos mientras veía a Taehyung alejarse. La luz de las antorchas se extinguía con cada paso del príncipe.
Apretó la mandíbula, prometiéndose no dejar que él cayera en el mismo abismo.
Por primera vez desde niño, no tuvo miedo.
Porque había entendido algo que el reino jamás aprendería: la verdad puede enterrarse,
pero el amor siempre vuelve a desenterrarla.
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ALTEZA | kooktae
FanficKim Taehyung, un joven príncipe cuyo destino ha sido moldeado por la opresiva sombra de sus propios padres, encerrado en el imponente palacio real desde su más tierna infancia. Privado de la oportunidad de explorar el mundo exterior que se extiende...
