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El palacio nunca había respirado así.

Había música antes incluso de que sonara el primer acorde: una vibración suave en el aire, un murmullo contenido que se filtraba por los corredores, por las columnas antiguas, por las paredes que durante años solo habían escuchado órdenes, lamentos y silencios pesados.

Esa noche era distinta.

Taehyung caminaba despacio por el pasillo principal, sosteniendo con cuidado las manos de su madre. La reina madre llevaba los ojos vendados con una tela de seda marfil, suave, ligera, anudada con delicadeza detrás de su cabeza. Sus pasos eran inseguros, pero confiados.

—Taehyung… —murmuró ella—. Esto no es necesario.

Él apretó sus dedos con ternura.

—Lo es para mí —respondió—. Y esta vez, quiero que veas algo hermoso antes que cualquier otra cosa.

Ella sonrió, cansada pero genuina. Hacía tiempo que no sonreía así.

Al otro lado de las grandes puertas del salón real, el reino esperaba.

El lugar había sido transformado.

Candelabros de cristal colgaban del techo, reflejando la luz en cientos de destellos que parecían estrellas atrapadas bajo bóveda. Telas claras y oscuras se entrelazaban en columnas y balcones, simbolizando aquello que el reino había aprendido a aceptar: que la luz y la sombra podían coexistir.

Todos llevaban máscaras.

No para esconderse, sino para ser iguales.

Los reyes vecinos estaban allí, con la cabeza alta pero el gesto solemne. Los padres de Yoongi observaban el salón con atención medida; los de Jimin, con una emoción apenas contenida, como si entendieran que esa noche significaba algo más que un evento diplomático.

Los concejales se mezclaban con nobles, músicos y pueblerinos invitados por voluntad expresa del rey. No había jerarquías visibles.

Solo personas.

Yoongi permanecía cerca de uno de los pilares, vestido de negro profundo. Su máscara era del mismo color, sobria, elegante, adornada con cristales blancos que capturaban la luz con discreción, como pequeñas constelaciones. No necesitaba más, nunca lo había hecho.

Jimin, en cambio, parecía casi etéreo. Vestía de blanco, y su máscara —blanca también— estaba decorada con cristales negros que contrastaban con elegancia, marcando sus facciones con una belleza que no pedía permiso. Se movía con gracia natural, como si el salón fuera una extensión de su cuerpo.

Yoongi lo observaba.

Siempre lo hacía.

Pero esa noche, había algo distinto en su mirada, no era solo admiración, era cuidado.

Y entonces, entre el murmullo expectante, alguien apareció.

Jungkook.

Vestía de oscuro, sencillo pero impecable. Su máscara era negra, mate, con detalles almendrados alrededor de los ojos: un tono cálido, profundo, imposible de no asociar con los ojos de Taehyung, no era casualidad, nunca lo era con él.

Bajo la máscara, sus ojos recorrían el salón con atención alerta, costumbre que aún no abandonaba del todo. Guardián incluso cuando la guerra había terminado.

Y aun así… buscaba una sola cosa.

Taehyung.

El murmullo se apagó cuando las grandes puertas del salón comenzaron a abrirse.

ALTEZA | kooktaeDonde viven las historias. Descúbrelo ahora