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La sangre seguía cayendo lentamente por la mejilla de Jungkook.

No corría.

No se derramaba con prisa.

Descendía con una paciencia cruel, tibia, espesa, ajena, como si el tiempo mismo se hubiera detenido para obligarlo a mirar.

No era su sangre, y aun así, le quemaba.

Tardó varios segundos en comprender que seguía respirando, el aire entraba y salía de sus pulmones como un reflejo mecánico, sin voluntad, sin sentido, el golpe final no había llegado, el vacío helado que había esperado no era suyo.

El silencio lo envolvía como una campana rota, amortiguando el estruendo del campo de batalla, las espadas chocaban a lo lejos, los gritos seguían existiendo en algún punto del mundo, pero no aquí, aquí solo había una pausa imposible, como si la realidad hubiera dudado.

Y entonces lo sintió.

El peso.

Un peso humano.

Un cuerpo apoyándose contra su espalda, perdiendo fuerza, buscándolo sin querer como último sostén.

—Jungkook…

El susurro fue apenas un hilo, tan frágil que la lluvia y el viento parecieron conspirar para llevárselo, para borrarlo antes de que pudiera significar algo.

Pero Jungkook lo oyó.

Giró el rostro con desesperación...Y el mundo, finalmente, se quebró.

Ji Seob estaba detrás de él.

De pie.

Temblando.

Sostenido solo por la voluntad.

La espada de Jeong-Hoon atravesaba su pecho como una verdad imposible de negar.

El aire abandonó los pulmones de Jungkook de golpe, como si alguien se los hubiera arrancado de raíz.

—No… —murmuró, negando con la cabeza—. No… no… no…

No era una súplica.

Era una negación infantil, desesperada, inútil.

Como si repetirlo pudiera deshacer el instante.

Ji Seob sonrió.

Una sonrisa mínima, agotada, casi invisible, no había heroísmo en ella, no había orgullo, solo el cansancio de quien ha cargado demasiado tiempo con un final anunciado… Y la paz amarga de haberlo aceptado.

—No era… Tu final —dijo con dificultad—. Nunca lo fue.

La sangre se filtraba entre sus dedos cuando intentó tocar la herida, inútilmente, cada respiración era un esfuerzo visible, un combate silencioso que estaba perdiendo. Y aun así, seguía erguido, sostenido por algo que no pertenecía al cuerpo.

Jeong-Hoon retrocedió un paso.

—¿Qué hiciste…? —susurró, con la voz quebrada.

Ji Seob alzó la mirada hacia él, no había odio, ni triunfo, ni siquiera rencor.

Solo una tristeza profunda, antigua, casi paternal, como si hubiera sabido desde siempre que ese sería el desenlace.

—Lo mismo que hice toda mi vida —respondió—. Interponerme entre el poder… Y lo que aún podía salvarse.

Taehyung.

Taehyung seguía arrodillado en el suelo.

La lluvia empapaba su cabello, resbalaba por su rostro, se mezclaba con la sangre ajena en su ropa, pero no parecía sentirla, no temblaba, no gritaba, no lloraba.

ALTEZA | kooktaeDonde viven las historias. Descúbrelo ahora