Kim Taehyung, un joven príncipe cuyo destino ha sido moldeado por la opresiva sombra de sus propios padres, encerrado en el imponente palacio real desde su más tierna infancia. Privado de la oportunidad de explorar el mundo exterior que se extiende...
Taehyung se levantó con torpeza, escondiendo el diario con rapidez bajo un cojín. El rostro de su madre estaba más pálido que nunca, pero sus ojos… sus ojos ardían.
—Madre, yo…
—No me llames así ahora. —le cortó la Reina con voz baja, peligrosamente controlada—. ¿Crees que no me iba a enterar?
Taehyung se quedó helado.
—Tu discurso, las promesas que hiciste. ¿Quién te dio permiso de abrir la boca más allá de un saludo?
—Madre, solo quise…
—¡No hiciste más que humillarnos!
El grito resonó en las paredes haciendo que Taehyung retrocedió un paso.
—Eres un príncipe, no un héroe de cuentos infantiles ¡no estás para jugar a salvar plebeyos!
—¡No son plebeyos! ¡son personas!
La Reina lo miró con una mezcla de furia y decepción.
—No entiendes lo que hiciste, cada palabra tuya será analizada por las casas nobles, por los reinos aliados. ¿Y si creen que estamos preparando una revolución? ¿Qué planeamos romper tratados?
—¿Y no es lo que necesitamos? —replicó él, alzando la voz—. ¡¿No necesitamos romper con algo de esta mentira que vivimos?!
Su madre lo abofeteó, no con fuerza, pero el impacto fue suficiente para silenciarlo.
—Te estás dejando llevar por ideas que no comprendes, este mundo es cruel, Taehyung, y tus buenas intenciones no lo van a cambiar.
—Entonces lo haré yo.
Ella lo miró, herida.
— No sabes lo que haces.
Con esas palabras, la Reina se giró y se marchó, dejando tras de sí un silencio más cortante que cualquier grito.
Taehyung cerró la puerta con manos temblorosas, se quedó un largo rato ahí, de pie, sintiendo la piel arder donde la palma de su madre lo había tocado.
No lloró.
Volvió a su escritorio, y sin encender ninguna vela, escribió a tientas:
"Hoy entendí que los monstruos también usan coronas.
Y que a veces, los barrotes no están hechos de hierro, sino de sangre y apellido."
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El gran salón del palacio estaba adornado con los mejores estandartes reales, candelabros que colgaban del techo como racimos de luz, y una mesa larga que parecía no tener fin, cubierta por platos de porcelana, frutas exóticas y copas talladas en cristal. El sonido de las conversaciones era suave, medido, pero como todo en la corte, la calma era solo una ilusión.