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Era solo ruido.

Ruido sin forma, sin orden, sin sentido, ruido hecho de fuego rugiendo, de acero rompiéndose contra acero, de cuerpos cayendo sobre la tierra como si nunca hubieran sido personas, ruido que no dejaba espacio para pensar, que aplastaba cualquier intento de esperanza.

Entonces empezó a llover.

No fue una lluvia suave ni purificadora, fue pesada, fría, violenta, gotas gruesas cayendo como golpes, apagando algunas llamas y avivando otras, mezclándose con la ceniza hasta convertir el campo en un pantano oscuro. El agua arrastraba la sangre por la tierra, formando ríos rojos que no respetaban bandos.

En las mazmorras, Jungkook sintió el golpe antes de escucharlo.

La piedra tembló bajo sus pies descalzos, un estremecimiento profundo recorrió los muros, hizo vibrar los barrotes oxidados, arrancó polvo del techo que cayó sobre su cabeza y sus hombros como una lluvia sucia. No sabía qué había pasado, pero su cuerpo lo supo al instante: algo se estaba rompiendo afuera, algo que no iba a poder repararse.

—Taehyung… —susurró.

El nombre salió roto, casi un ruego.

Entonces llegaron los gritos.

El choque del acero.

Los cuernos de guerra.

Y la lluvia golpeando el suelo como un tambor fúnebre.

Jungkook perdió el control.

Se lanzó contra los barrotes con todo el peso de su cuerpo. El hierro no cedió, pero el impacto resonó por el pasillo como el alarido de un animal acorralado.

—¡Abran! —gritó— ¡Abran ahora!

Volvió a embestir.

Una vez.

Otra.

—¡Déjenme salir!

Pateó el hierro con desesperación, empujó con los hombros, volvió a patear, la piel de los pies se le abrió contra la piedra húmeda, las manos se le desgarraron al aferrarse al metal frío. La sangre empezó a brotar, mezclándose con el agua que goteaba del techo.

No le importó.

Ese dolor no era nada comparado con el fuego que le ardía en el pecho: Taehyung estaba ahí afuera, bajo la lluvia, bajo las espadas.

—¡Por favor! —rugió.

Golpeó hasta que la voz se le quebró.

Hasta que los nudillos se hincharon y sangraron, pero el pasillo respondió solo con silencio.

Un silencio cruel.

Y entonces gritó algo peor.

—¡Padre!

El nombre salió como un error.

Como una herida abierta que nunca cerró.

Jungkook cayó de rodillas, temblando, con la frente apoyada contra el hierro helado, respirando con dificultad mientras la lluvia golpeaba el mundo que no podía ver.

En el campo de batalla, el cielo lloraba.

La lluvia caía sobre las armaduras, resbalando por los rostros, ocultando lágrimas que nadie se permitiría derramar. Las tropas aliadas resistían, pero cada paso costaba vidas.

Entre ellas, el rey Kim SeokJin luchaba.

Su armadura blanca estaba manchada de barro y sangre, irreconocible, cada movimiento suyo era preciso, elegante incluso en el horror, su espada trazaba arcos limpios, defendiendo a los soldados que caían a su alrededor. No gritaba órdenes, no necesitaba hacerlo, su sola presencia sostenía la línea.

ALTEZA | kooktaeDonde viven las historias. Descúbrelo ahora