No fue un amanecer glorioso ni radiante, sino uno lento, solemne, como si el sol mismo avanzara con cautela sobre el reino, consciente del peso que estaba a punto de colocarse sobre una sola cabeza, las nubes se desplazaban despacio, altas, dejando pasar una luz suave que no hería los ojos, el viento recorrió las calles aún silenciosas, llevando consigo el murmullo contenido de un pueblo que llevaba días esperando ese momento.
Las campanas comenzaron a sonar al alba.
No con júbilo desbordado, sino con un ritmo grave, profundo, que se expandió desde las torres del palacio hasta los barrios más humildes, atravesando plazas, mercados y callejones. Cada tañido era un llamado, no solo a la ceremonia, sino a la memoria.
El reino no olvidaba.
El reino observaba.
Desde temprano, las calles que conducían al palacio se llenaron de gente. No solo nobles vestidos con telas costosas y capas bordadas, sino también pueblerinos: artesanos con manos curtidas, mujeres con niños en brazos, ancianos apoyados en bastones gastados. Había rostros marcados por el trabajo y por la pérdida, ojos que habían llorado en silencio durante la guerra y ahora buscaban algo en qué creer.
Por petición expresa de Taehyung, las puertas se habían abierto.
—Que entren —había dicho días atrás, con voz firme—. Este reino no se sostiene solo con coronas, se sostiene con quienes lo habitan.
Los concejales habían dudado, algunos protestaron en voz baja, otros hablaron de tradición, de orden, de jerarquías. Taehyung no alzó la voz, no lo necesitó.
—Si no pueden mirar a su pueblo a los ojos el día que me coronen —sentenció— Entonces no tienen lugar a mi lado.
Y así, aquel día, el palacio se llenó de vidas diversas, de historias distintas, de pasos que jamás habían cruzado esos suelos pulidos.
El gran salón estaba preparado con una sobriedad solemne, no hubo exceso de oro ni ostentación innecesaria. Los tapices narraban la historia del reino: fundaciones antiguas, pactos rotos, guerras ganadas y perdidas. Entre ellos, ahora, colgaban telas negras y blancas en honor a los caídos.
Al centro, sobre un estrado de mármol, descansaba la corona.
No era nueva.
No era ligera.
Había pasado por generaciones, cargando decisiones, errores, glorias y silencios. Aquella mañana parecía más pesada que nunca.
Los reyes vecinos llegaron uno a uno, escoltados por sus guardias, sus rostros eran solemnes, respetuosos, ninguno sonreía demasiado. Sabían que no asistían a una celebración común, sino al nacimiento de un reinado marcado por el sacrificio.
Yoongi y Jimin llegaron juntos.
Jimin caminaba por sí mismo, aunque aún con cierta rigidez, Yoongi se mantenía a su lado, atento, como si su presencia fuera una promesa silenciosa: no caerás solo. El principe de Busan, vestia con un traje blanco con detalles dorados y una tela casi transparente que cuelga de ambos hombros, mientras que el principe de Daegú, vestía con un traje color bordó con dorado. Cuando cruzaron el umbral del salón, varias miradas se posaron en ellos con respeto genuino.
Habían sido testigos.
Habían sobrevivido.
Jungkook llegó poco después.
No como prisionero.
No como soldado.
Llegó como alguien que había elegido quedarse.
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ALTEZA | kooktae
Fiksi PenggemarKim Taehyung, un joven príncipe cuyo destino ha sido moldeado por la opresiva sombra de sus propios padres, encerrado en el imponente palacio real desde su más tierna infancia. Privado de la oportunidad de explorar el mundo exterior que se extiende...
