No fue anunciado.
No hubo escoltas ceremoniales ni trompetas que vistieran el encuentro de honor.
Solo dos hombres frente a frente, separados por una línea invisible trazada por el reino hacía décadas: una frontera hecha no de tierra, sino de decisiones, de sangre y de silencios impuestos.
Jeong-Hoon avanzó primero.
No vestía los colores reales ni portaba insignias de nobleza, en su pecho ondeaba un estandarte negro, desgarrado en los bordes, marcado con la luna rota: el símbolo que el reino había intentado borrar de los libros, de los muros y de la memoria colectiva, su armadura estaba gastada, abollada por golpes antiguos, manchada de barro seco y de sangre que no se había tomado la molestia de limpiar, no parecía un general orgulloso, sino un hombre que había aceptado, hacía mucho, que ya no quedaba nada que perder.
El rey Jin Woo lo esperaba erguido, inmóvil, con la espada aún envainada. Su armadura relucía bajo la luz gris del amanecer, intacta, casi solemne, su rostro era una máscara de piedra antigua, de esas que no se quiebran ni siquiera cuando el peso de la historia amenaza con aplastarlas.
—Así que eras tú —dijo el rey al fin—. El nombre que nadie quiso volver a pronunciar.
Jeong-Hoon esbozó una sonrisa amarga, breve, como un reflejo involuntario.
—Y tú sigues siendo el hombre que creyó que borrar una historia bastaba para hacerla desaparecer.
El viento se levantó entre ambos, agitando los estandartes y levantando polvo del campo. A lo lejos, los ejércitos aguardaban en silencio, conteniendo la respiración, como si intuyeran que aquel diálogo pesaba más que cualquier espada.
—Retrocede —ordenó Jin Woo, con una voz firme que no admitía réplica—. Todavía estás a tiempo de evitar esta masacre.
Jeong-Hoon negó lentamente.
—La masacre ocurrió hace años —respondió—. Hoy solo vengo a recordártela.
El rey dio un paso al frente, cruzando apenas el límite invisible.
—Traicionaste al reino.
—No —corrigió Jeong-Hoon—. El reino me traicionó primero.
Sus miradas se sostuvieron, tensas, cargadas de un pasado que ninguno había logrado enterrar del todo, por más capas de decreto y obediencia que se le hubieran impuesto.
—Te ofrecimos exilio —continuó Jin Woo—. Vida. Silencio.
—Me ofrecieron olvido —escupió Jeong-Hoon—. A ella la convirtieron en un susurro… y a mi hijo, en una vergüenza.
El nombre no fue pronunciado, pero el golpe fue certero, profundo.
—Tu hijo vive —dijo el rey—. Eso debería bastarte.
Jeong-Hoon soltó una risa seca, rota, que no contenía alegría alguna.
—¿Vivir? ¿Encerrado, vigilado, tratado como una amenaza constante? —sus ojos ardían—. Tú no sabes lo que es ver a tu hijo crecer con miedo de su propia sangre. No sabes lo que es enseñarle a bajar la voz, a ocultarse, a pedir perdón por existir.
El rey apretó los puños.
—Sabes muy bien por qué es peligroso.
—Porque dice la verdad —replicó Jeong-Hoon—. Y la verdad siempre es peligrosa para los tronos construidos sobre mentiras.
El silencio cayó pesado, casi opresivo.
—Si cruzas esa línea —advirtió Jin Woo—, no habrá marcha atrás.
—Nunca la hubo —respondió Jeong-Hoon—. El día que decidiste que el orden valía más que el amor, condenaste a todos nosotros.
El rey bajó la voz, como si aquello fuera una confesión que no deseaba hacer pública.
—Esta guerra matará a inocentes.
—Lo sé —admitió Jeong-Hoon—. Igual que tu decisión mató a la mujer que amé.
Por un instante, Jin Woo vaciló. Apenas un segundo. Suficiente.
—Ella no debía existir —dijo, como si repitiera una verdad aprendida a la fuerza, una frase que llevaba años justificándolo todo.
Jeong-Hoon avanzó un paso más. El aire se volvió tenso.
—Existió —dijo—. Y fue mejor que este reino entero.
El rey desenvainó la espada con un movimiento limpio.
—Entonces pelea —ordenó—. Y acepta las consecuencias.
Jeong-Hoon tomó su arma, pero antes de alzarla, sus ojos se desviaron un instante hacia el estandarte real, hacia la corona que Jin Woo defendía… y hacia lo que representaba.
—No lucho solo contra ti —dijo—. Lucho contra lo que has construido. Contra ese legado que se hereda como una condena.
Alzó la mirada, dura.
—Tu hijo, Taehyung… —pronunció el nombre con una calma peligrosa— es la reliquia viva de ese sistema. Un símbolo pulido, hermoso por fuera, pero hecho del mismo metal oxidado que nos aplastó a todos. No lo odio como hombre… pero como emblema, como heredero de esta mentira, es una reliquia que este mundo ya no debería conservar. Y las reliquias, Jin Woo… cuando sostienen el dolor de generaciones, merecen morir.
El rey tensó la mandíbula, furioso.
—No te atrevas a nombrarlo.
—Alguien tiene que hacerlo —respondió Jeong-Hoon—. Así como alguien tuvo que pagar por tus decisiones.
El cuerno de guerra sonó entonces.
Largo, brutal, definitivo.
Jeong-Hoon dio media vuelta, regresando a sus filas.
Antes de alejarse del todo, habló sin mirar atrás:
—Cuando esta batalla termine, Jin Woo… la sangre hablará. Y esta vez, no podrás callarla.
Las tropas avanzaron.
Y el reino entendió, demasiado tarde, que esa guerra no enfrentaba solo ejércitos.
Enfrentaba padres, hijos…
y una verdad que había esperado años para regresar, envuelta en fuego.
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ALTEZA | kooktae
FanfictionKim Taehyung, un joven príncipe cuyo destino ha sido moldeado por la opresiva sombra de sus propios padres, encerrado en el imponente palacio real desde su más tierna infancia. Privado de la oportunidad de explorar el mundo exterior que se extiende...
