No hubo un ocaso suave, ni tonos dorados despidiéndose del cielo.
La noche descendió como una condena irrevocable, espesa y cruel, aplastando al mundo bajo un manto de humo que nacía más allá de las murallas. El aire estaba saturado de ceniza; cada respiración quemaba, el fuego ardía sin pudor, voraz, devorando casas, calles, nombres, historias que jamás serían escritas en las crónicas reales ni recordadas en los salones del palacio. Y con el fuego, los gritos gudos, desgarrados, humanos...Tan humanos que dolían más que el choque del acero.
Taehyung caminaba.
No sabía hacia dónde iba.
No sabía por qué avanzaba.
Solo sabía que quedarse quieto era imposible, que detenerse significaba asfixiarse bajo el peso de todo aquello que se derrumbaba.
Cada paso lo alejaba del palacio y de la seguridad ilusoria de los muros que siempre había creído invencibles, atravesó el patio interno entre cuerpos heridos, soldados caídos que se aferraban a la piedra como si el frío del suelo pudiera anclarlos a la vida un segundo más. Algunos gemían, otros ya no emitían sonido alguno, la sangre cubría las baldosas en charcos irregulares, espesa, oscura, resbaladiza, no distinguía rangos ni juramentos ni bandos. El olor metálico se mezclaba con el del humo y la carne quemada, cerrándole la garganta hasta provocarle arcadas.
—Alteza… —intentó decir alguien, con la voz rota, casi irreconocible.
Taehyung no respondió.
No podía. Si abría la boca, sentía que el horror se le derramaría por los labios.
Siguió avanzando, cruzando sin darse cuenta la línea invisible que separaba a quienes daban órdenes de quienes morían obedeciéndolas. Más allá de los muros, el campo de batalla se abrió ante él como una herida viva, palpitante, iluminada a destellos por antorchas caídas, por el choque brutal del acero y por ráfagas de fuego que iluminaban rostros desfigurados por el miedo.
El ruido era ensordecedor.
Órdenes gritadas que nadie escuchaba.
Súplicas ahogadas.
Espadas chocando una y otra vez, hasta perder su sonido humano y volverse un rugido continuo.
Vio caer a un soldado frente a él.
El cuerpo se desplomó sin dignidad, como si la vida hubiera sido arrancada de golpe, los ojos quedaron abiertos, fijos en un cielo que ya no ofrecía consuelo ni respuestas. Taehyung no supo si era aliado o enemigo, no importaba, en la muerte, todos se parecían demasiado.
Se detuvo.
El corazón le golpeaba el pecho con tanta fuerza que creyó que iba a vomitar, le temblaban las rodillas, le ardían los ojos.
No tenía armadura.
No tenía espada.
Solo llevaba consigo el peso de un nombre demasiado grande… y una corona que aún no tocaba su cabeza, pero que ya lo estaba aplastando.
Entonces la vio.
La espada yacía en el suelo, apenas a un paso de sus pies, medio hundida en la tierra oscurecida por la sangre, el metal estaba cubierto de manchas negras, secas y recientes, la empuñadura aún conservaba calor, como si la mano que la había sostenido se negara a abandonarla del todo.
Taehyung la observó como si fuera un animal salvaje.
Un arma.
Una elección.
Un punto del que no se regresa.
Sus manos comenzaron a temblar sin control.
Pensó en su padre, erguido frente a las tropas, sosteniendo el reino con la rigidez de quien hace tiempo dejó de permitirse dudar, incluso cuando cada decisión le costaba una parte del alma.
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ALTEZA | kooktae
Fiksi PenggemarKim Taehyung, un joven príncipe cuyo destino ha sido moldeado por la opresiva sombra de sus propios padres, encerrado en el imponente palacio real desde su más tierna infancia. Privado de la oportunidad de explorar el mundo exterior que se extiende...
