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La muerte no gritó.

Llegó con la sutileza de algo que siempre estuvo esperando su turno.

El primer cuerpo fue encontrado cuando el cielo aún no terminaba de decidir si amanecería o no. Un sirviente que cruzaba el ala este para encender las lámparas exteriores se detuvo al ver una sombra que no correspondía a ninguna arquitectura conocida.

Durante un segundo pensó que era un abrigo abandonado, una mancha de humedad, cualquier cosa menos un hombre.

Luego vio la sangre.

El guardia yacía boca arriba, los ojos abiertos, la expresión detenida en una sorpresa muda.

No había signos de lucha, no había heridas visibles en el cuello ni en las extremidades, solo el pecho.

Ahí, marcado con una precisión casi reverente, estaba el símbolo.

La luna rota.

No dibujada con torpeza ni rabia, sino trazada con una calma aterradora, como si quien lo hubiera hecho se hubiera tomado el tiempo necesario para que no quedaran dudas. No era vandalismo, no era furia.

Era un mensaje.

Cuando el grito del sirviente finalmente rompió el aire, el palacio aún dormía. Pero despertó de golpe, como si hubiera estado esperando esa señal.

El segundo cuerpo apareció antes de que terminara de sonar la alarma.

Otro guardia, otro punto estratégico, esta vez, cerca de los jardines internos, donde alguna vez las flores habían sido cultivadas para celebraciones y paseos nocturnos. Ahora, el perfume dulce se mezclaba con el olor metálico de la sangre.

Dos cuerpos.

El mismo símbolo.

El mismo silencio.

No había dudas: esto no era un ataque desordenado, no era una revuelta improvisada, era una advertencia cuidadosamente colocada.

Las puertas del palacio se cerraron una a una con un estruendo que parecía definitivo. Los corredores se llenaron de pasos apresurados, órdenes superpuestas, respiraciones agitadas.

Los guardias duplicaron turnos, los sirvientes bajaron la cabeza, nadie se permitía hablar en voz alta.

El miedo, cuando entra en un lugar así, no lo hace corriendo.

Taehyung fue despertado antes de que alguien pronunciara una sola palabra. No necesitó explicaciones, algo en su pecho se apretó incluso antes de levantarse de la cama, como si su cuerpo hubiera reconocido la gravedad del momento antes que su mente.

Cuando lo condujeron al ala externa, no pidió detalles.

Los vio.

No se acercó demasiado, no hizo preguntas innecesarias, el símbolo bastó.

La luna rota parecía mirarlo directamente, como si supiera que él entendería.

Y lo hizo.

Sintió un vértigo lento, profundo. No miedo inmediato, sino algo peor: comprensión.

Esto no era solo violencia, era lenguaje.

Ya comenzó, pensó.

Alrededor suyo, las voces murmuraban con urgencia contenida.

—Es una amenaza directa…

—No pueden haber entrado así…

—Esto es una provocación abierta…

ALTEZA | kooktaeDonde viven las historias. Descúbrelo ahora