《25》

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El regreso a la realidad fue un golpe seco. Veinticuatro horas después, Asunción los recibía con su habitual vorágine: el destello cegador de los flashes, el peso metálico de los micrófonos y esa legión de periodistas que acechaba cada gesto, buscando convertir un parpadeo o una sonrisa casual en el titular de la semana.

De repente, aquel pequeño paraíso en Barú ya no se sentía como un recuerdo reciente, sino como una vida anterior; una dimensión paralela donde el tiempo no corría en su contra. Sin embargo, algo había cambiado. Mucho. Esta vez no estaban huyendo de lo que sentían, ni fingiendo que el vacío entre ellos era la única opción. Ahora estaban juntos, o al menos, tan cerca como las circunstancias permitían. Y para ambos, eso ya significaba una victoria frente a los años de silencio.

La primera noche en Paraguay, el hotel se sentía extraño, casi hostil. Después de terminar sus obligaciones, Richard la llamó. Videollamada. Apenas dos pisos de diferencia, pero la distancia se sentía abismal.Cuando la pantalla se iluminó y apareció el rostro de Maite, la sonrisa de Richard fue automática, esa que solo ella era capaz de arrancar.

-Te extraño -soltó él, sin rodeos.

Maite soltó una carcajada, aunque sus ojos brillaban de una forma que delataba que ella sentía lo mismo.

-Richard, por favor. Te vi hace cuatro horas.

-Exactamente -replicó él, apoyándose contra el cabecero de la cama mientras arrastraba el edredón-. Y han sido las cuatro horas más largas de mi vida.

-Eres ridículo.

-Estoy enamorado.

-No son lo mismo.

-En mi caso, son sinónimos.

Maite negó con la cabeza, intentando mantener la compostura mientras él, sin filtros y con una franqueza que la desarmaba, continuaba:

-Acostúmbrate, porque pienso hacerlo mucho. Pienso decirte que eres hermosa hoy, mañana y probablemente todos los días que me quedan.

Maite terminó escondiendo el rostro detrás de una almohada para ocultar el rubor. Richard se había vuelto peligrosamente cursi, y para su desgracia, le encantaba. Le encantaba ver cómo bajaba la guardia y reclamaba ese espacio donde ya no tenían que esconderse. Después de un rato, la expresión de Richard cambió. No perdió la sonrisa, pero se volvió más seria, más reflexiva.

-Hablando en serio... creo que ambos sabemos lo mismo. Esto puede complicarse, Mai. Si alguien descubre lo nuestro... podría ser un problema grande. Especialmente para ti.

Maite suspiró, dejando que el peso de la realidad se asentará entre ellos. Como periodista, sabía que la línea entre la vida privada y la reputación profesional era un campo minado.

-No me preocupa lo que digan de mí, Richard. Me preocupa que afecte tu carrera o que alguien sugiera que mi trabajo está condicionado por estar contigo.

-Ni yo quiero que piensen que recibes trato especial por mi causa -concedió él.

Maite se enderezó, recuperando su brillo habitual. La estratega estaba de vuelta.

-Entonces, necesitamos reglas.

Maite tomó una libreta y un bolígrafo, dispuesta a poner orden al caos emocional.

-Primera regla: protocolo de comunicación. Solo WhatsApp. Nada de redes sociales públicas, nada de interacciones en Twitter, ni rastros digitales que alguien pueda seguir. Y a partir de ahora, solo llamadas con cifrado de extremo a extremo.

-¿Agentes secretos? -bromeó Richard.

-Periodismo puro, Richard. Es por nuestra seguridad.

-Aceptado, agente Valderrama.

𝙳𝚎𝚕 𝙴𝚜𝚝𝚊𝚍𝚒𝚘 𝚊𝚕 𝙲𝚒𝚎𝚕𝚘 || 𝚁𝚒𝚌𝚑𝚊𝚛𝚍 𝚁í𝚘𝚜Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora