El éxito deportivo era innegable. El partido inaugural de la Copa América entre Argentina y Canadá en Atlanta había sido una exhibición impecable de profesionalismo por parte de Maite; cada enlace, cada entrevista en zona mixta y cada dato estadístico que había coordinado para ESPN llevaba su sello de calidad. Pero mientras la euforia del estadio se disipaba, un nudo frío comenzó a formarse en su estómago al revisar su nueva hoja de ruta.
Conforme las horas avanzaban, el itinerario se revelaba como una broma de mal gusto. No se trataba de la magnitud del evento, sino del absurdo logístico que le exigían: un día en Atlanta, luego un salto a una sede lejana, y después, como si el espacio-tiempo no existiera, la orden de trasladarse de Houston a Miami en menos de veinticuatro horas para cubrir bloques que no le correspondían.
Maite revisó el archivo en su tableta una, dos, tres veces. Sus dedos temblaban ligeramente por la impotencia. Buscó a uno de sus compañeros de producción, alguien en quien confiaba para medir si su indignación era justificada.
—¿Tú ves esto normal? —preguntó Maite, deslizando el dispositivo frente a él—. Mira las sedes, mira las horas de vuelo. Es físicamente imposible cumplir con esto sin descuidar el material principal.
El joven leyó la hoja, sus ojos se abrieron con sorpresa y luego se nublaron con un gesto de lástima. —¿Tres selecciones? ¿Te asignaron tres bloques distintos?
—Eso mismo estoy diciendo —respondió ella, con la mandíbula tan tensa que le dolía—. Pensé que mi responsabilidad exclusiva era Colombia y el bloque de apoyo cuando estuviéramos cerca.
—No, Maite... aquí dice Colombia, un bloque compartido con otras dos selecciones y cobertura extra de apoyo en los días de descanso.
—¿Dos selecciones más? —repitió ella, sintiendo que el aire se volvía pesado—. ¿Con qué lógica, si saben que la cobertura de Colombia exige el cien por ciento de mi equipo?
—Supongo que por "disponibilidad" —dijo él, evitando su mirada—. Ya sabes cómo se manejan los de arriba.
—¿Disponibilidad? —Maite soltó una risa seca, desprovista de cualquier rastro de humor—. No soy un robot, ni un comodín que pueden mover por el tablero para cubrir sus negligencias de planificación. Esto es una barbaridad.
El compañero hizo una mueca, asintiendo en silencio. Maite sintió cómo la sangre le subía a las mejillas. No era solo el exceso de trabajo; era la condescendencia. Era la certeza de que la habían marcado como el blanco fácil: la periodista nueva, la latina que, según ellos, no se atrevería a decir que "no" para demostrar que "podía con todo".
La rabia, lejos de apagarla, la puso en movimiento. Sin pensarlo dos veces, se dirigió a la zona técnica para buscar a uno de los periodistas estadounidenses con los que había hecho aquella apuesta en Maryland. Lo encontró revisando su portátil, con la calma irritante de quien delega los problemas en otros.
—Necesito hablar contigo —dijo ella, acercándose con paso firme, cortando el ruido del entorno.
Él alzó la vista, con una ceja arqueada, claramente molesto por la interrupción. —¿Pasa algo? Estamos a nada de salir al aire.
Maite le mostró la pantalla con el itinerario modificado. —Esto pasa. No voy a cubrir tres selecciones. Es una falta de respeto al trabajo que he hecho hasta ahora.
El hombre apenas le dedicó una mirada, encogiéndose de hombros con una suficiencia que le revolvió las entrañas. —¿Y? Maite, todos estamos haciendo un esfuerzo extra. Tú misma diste a entender que podías con todo cuando pediste más responsabilidades al llegar.
—Yo pedí crecer profesionalmente, no que me conviertan en su esclava logística —respondió ella, respirando hondo para mantener el control—. Yo me encargué de Colombia, de su preparación, de sus partidos. Eso es mi trabajo. No tres selecciones, no viajes de catorce horas que me dejarán sin voz antes de llegar al estadio.
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𝙳𝚎𝚕 𝙴𝚜𝚝𝚊𝚍𝚒𝚘 𝚊𝚕 𝙲𝚒𝚎𝚕𝚘 || 𝚁𝚒𝚌𝚑𝚊𝚛𝚍 𝚁í𝚘𝚜
Fiksi PenggemarUna historia en donde la pasión, el amor y las ganas de salir adelante son las formas primordiales para esta pareja que quiere dejar atrás su pasado. Una promesa de infancia, un adiós lleno de orgullo y cinco años de silencio. Maite y Richard fueron...
