Las semanas siguientes se deslizaron con una fluidez que Maite jamás habría imaginado. Quizás porque, por primera vez en años, sentía que las piezas de su vida empezaban a encajar sin esfuerzo.
Su ascenso en Madrid era imparable. Se había convertido en una de las revelaciones de ESPN; sus reportajes ganaban peso, sus análisis eran cada vez más solicitados y, para su propia sorpresa, los periodistas veteranos empezaron a buscarla para colaborar. Aún había mañanas en las que despertaba sin terminar de creer que esa era su realidad: la niña que creció soñando con el fútbol mientras pateaba un balón en el patio, ahora recorría Europa cubriendo los eventos más importantes del planeta.
Pero lo mejor de todo —el centro magnético de su mundo— seguía siendo Richard.
La distancia física se había vuelto irrelevante frente a la cercanía que habían cultivado. Se habían vuelto maestros en compartirlo todo: las sesiones de entrenamiento en Brasil, las reuniones interminables de ella, las victorias, las frustraciones y, sobre todo, esos silencios compartidos que, después de tantos años de idas y vueltas, habían aprendido a valorar más que mil palabras. Ya no necesitaban hablar para sentirse acompañados; su presencia, aunque fuera a través de una pantalla, era un refugio.
Todo cambió una tarde de marzo, cuando una llamada desde la coordinación de coberturas internacionales alteró su pulso.
—¿Hablo con Maite Valderrama?
—Sí, soy yo. ¿Quién habla?
—Maite, tenemos una asignación para ti. Los amistosos de la Selección Colombia: España y Rumanía. Queremos que seas parte del equipo principal de cobertura.
Maite se quedó helada, el cerebro en stop durante dos segundos eternos.
—¿Está hablando en serio? —logró articular.
—Completamente. Tu acreditación sale esta semana. Nos vemos en Londres.
Cuando colgó, se cubrió el rostro con las manos, intentando contener un grito de euforia. Volvería a la Selección. Volvería a sentir el aroma del césped de un estadio nacional. Y, sobre todo, volvería a estar cerca de él.
Días después, la convocatoria oficial se hizo pública. Mientras revisaba su apartamento en Madrid, su teléfono empezó a vibrar como si tuviera vida propia. Mensajes de Luis Díaz, Camilo Vargas, Daniel Muñoz, Jefferson Lerma... e incluso un mensaje amable de James Rodríguez, quien meses atrás había sido su puente para instalarse en Madrid. Todos compartían el mismo sentimiento: "Nos vemos pronto", "Ya era hora", "Ve preparando la bienvenida".
Maite abrió la lista de convocados, recorriendo cada nombre con detenimiento hasta que sus ojos se posaron en el suyo: Richard Ríos.
La sonrisa se le dibujó sola, un reflejo automático de su corazón. Lo llamó sin pensarlo, y él contestó al segundo tono.
—¿Ya viste? —preguntó Richard, con la voz cargada de complicidad.
—¿Que si ya vi? ¡Claro que ya vi! —respondió ella, riendo como una adolescente—. Estoy orgullosa de ti. Llevas meses trabajando para esto, y te aseguro que esta vez vas a ganarte la titularidad.
—Ojalá tengas razón.
—No, no tengo razón. Lo sé. Y quiero que, cuando pises esa cancha, recuerdes quién te lo dijo primero.
—¿Mi novia favorita? —bromeó él.
—Tu única novia.
—Mucho mejor.
Hubo un silencio cálido antes de que Richard bajara la voz, tornándola íntima y profunda.
—La verdad, Mai... mi razón favorita para hacer esta gira eres tú.
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𝙳𝚎𝚕 𝙴𝚜𝚝𝚊𝚍𝚒𝚘 𝚊𝚕 𝙲𝚒𝚎𝚕𝚘 || 𝚁𝚒𝚌𝚑𝚊𝚛𝚍 𝚁í𝚘𝚜
FanfictionUna historia en donde la pasión, el amor y las ganas de salir adelante son las formas primordiales para esta pareja que quiere dejar atrás su pasado. Una promesa de infancia, un adiós lleno de orgullo y cinco años de silencio. Maite y Richard fueron...
