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17 de Julio de 2025 — Barranquilla, Atlántico

El sol se había puesto sobre el Caribe colombiano, tiñendo el cielo de tonos violetas y naranja intenso, mientras la brisa marina traía consigo el aroma salado del mar y la promesa de una noche inolvidable. Barranquilla, con su calidez humana y su alegría contagiosa, se había convertido en el refugio perfecto para las despedidas de soltero de una de las parejas más queridas del fútbol nacional.

En la despedida de Maite...

Maite estaba recostada en uno de los lujosos sillones del yate, con una copa de cóctel en la mano y una sonrisa que parecía imborrable. El mar se extendía ante ella como un manto de terciopelo oscuro, salpicado únicamente por el reflejo de las estrellas y el resplandor de la ciudad en la distancia. A su alrededor, su círculo más íntimo —Gera, Manu, Karin y Juvena— reían y charlaban con la energía de quien celebra un evento histórico.

—¡Mai, tienes que contarnos todo! —exclamó Gera, con los ojos brillantes de emoción—. ¿Cómo te sientes? ¿Nerviosa? ¿Emocionada? ¿Con ganas de salir corriendo?

Maite soltó una carcajada cristalina, negando con la cabeza mientras observaba el horizonte. —¿Salir corriendo? Ni loca. He esperado este momento toda mi vida. Bueno, casi toda mi vida.

—A mí no me vengas con cuentos —intervino Juvena, con una sonrisa pícara—. Yo vi cómo lo mirabas en la Copa América. Estabas perdidamente enamorada desde mucho antes de que quisieras admitirlo.

—¡Y todavía lo estoy! —admitió Maite, alzando su copa—. Pero ahora es distinto. Ahora estoy feliz y tranquila. Porque sé que mañana, cuando camine hacia el altar, lo haré con la certeza de que estoy dando el paso correcto.

La noche avanzaba entre anécdotas y confidencias. Justo cuando Juvena se disponía a mostrar las fotos secretas que había extraído del celular de Richard, una pequeña lancha de apoyo se acercó al yate. Una figura esbelta saltó sobre la cubierta con una agilidad sorprendente. Maite, al reconocer esa melena y esa energía inconfundible, se levantó de un salto, dejando caer su copa sobre el sillón.

—¡¿Andrea?! —gritó, con la voz quebrándose por la sorpresa.

Su mejor amiga, a quien no veía desde hacía meses debido a sus compromisos internacionales, corrió hacia ella para envolverla en un abrazo que casi las hace perder el equilibrio.

—¡Sorpresa! —exclamó Andrea, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas—. ¿De verdad creíste que me iba a perder la boda de mi hermana de otra madre?

—¡Pero si me dijiste que era imposible! —dijo Maite, riendo y llorando al mismo tiempo—. ¡Dijiste que tenías un congreso médico en otro continente!

—¡Es que lo tenía! —respondió Andrea con una sonrisa pícara—. Pero cuando se trata de tu felicidad, los congresos pueden esperar. Cambié mi vuelo, moví mi agenda y aquí estoy, lista para celebrar hasta el amanecer.

La aparición de Andrea fue el toque final que la noche necesitaba. La complicidad entre ellas era inmediata; Andrea conocía cada cicatriz, cada duda y cada sueño de Maite. Mientras se acomodaban de nuevo, Andrea fue puesta al día con la misma naturalidad con la que hablaban años atrás.

Juvena, que seguía con su misión de "malvada" de la noche, aprovechó el momento para sacar su celular. —Bueno, Andrea, llegas justo a tiempo para ver el regalo que le tengo a la futura novia. ¡Mira esto!

Maite arqueó una ceja, intrigada. Juvena desbloqueó su teléfono y le mostró la pantalla. Maite sintió que el calor le subía a las mejillas al ver el contenido: eran fotos privadas de Richard. Algunas en el gimnasio, con los músculos marcados tras un entrenamiento intenso; otras en la piscina, con el agua resbalando por su torso desnudo; y la última, en la cama, con una sonrisa pícara y las sábanas apenas cubriendo su cadera.

𝙳𝚎𝚕 𝙴𝚜𝚝𝚊𝚍𝚒𝚘 𝚊𝚕 𝙲𝚒𝚎𝚕𝚘 || 𝚁𝚒𝚌𝚑𝚊𝚛𝚍 𝚁í𝚘𝚜Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora