La mañana se precipitó sobre ellos como un verdugo, demasiado rápida, demasiado cruel. Maite habría jurado que apenas había cerrado los ojos cuando el pitido de la alarma en la mesita de noche rasgó el silencio, marcando el fin de su tregua. Por un instante, ninguno se movió; quedaron allí, estatuas de carne y hueso aferradas a la negación, como si quedarse cinco minutos más abrazados pudiera detener la rotación de la Tierra y evitar que ella tuviera que marcharse.
Richard fue el primero en abrir los ojos. La luz del alba se colaba por las cortinas, iluminando el rostro de Maite mientras dormía apoyada sobre su pecho. Tenía una mano aferrada a su camiseta, un gesto inconsciente de posesión o quizá de terror a perderlo. Ese simple detalle le apretó el corazón con una fuerza que le quitaba el aliento.
No quería levantarse, no quería enfrentarse al vacío del apartamento que le esperaba, y mucho menos quería ser el hombre que la entregara a la distancia. Pero la vida, implacable, no entendía de deseos.
El trayecto al aeropuerto fue un ejercicio de contención. El silencio que llenaba la camioneta ya no tenía el filo de la rabia ni el peso de la incertidumbre; era un silencio triste, una elegía a las horas que se les escurría entre los dedos. Richard conducía con una mano, mientras la otra permanecía cautiva en la de Maite.
No la soltó ni un segundo; su pulgar trazaba círculos infinitos sobre sus nudillos, como si estuviera memorizando su textura, tatuándose la calidez de su piel para cuando ya no pudiera sentirla. Maite miraba por la ventana, ocultando el rostro para que él no viera que sus ojos estaban anegados de miedo. Madrid, el nuevo trabajo, los meses que se extendían como un desierto... todo la asustaba.
Al llegar a la terminal aérea, los movimientos fueron mecánicos, cargados de una solemnidad propia de un duelo. Cuando finalmente llegaron al límite de la zona de seguridad, al punto donde él ya no tenía permiso para entrar, el aire se volvió pesado.
—Richard... —dijo ella, con el alma asomándose por sus labios.
Él se giró, su mirada desarmada, lista para cualquier golpe.
—Necesito tiempo —confesó ella, obligándose a ser honesta—. Seguimos juntos. No estoy terminando contigo, porque no quiero hacerlo. Pero este caos... ESPN, Madrid, lo que sentimos... Necesito espacio para entender quién soy cuando no estoy corriendo detrás de nuestros propios miedos.
Richard bajó la cabeza, cerrando los ojos. Le dolió, sí, pero fue un dolor que comprendió. Él también estaba fracturado. Tras unos segundos, levantó la vista con una sonrisa que era puro cristal: triste, hermosa, dolorosa.
—Está bien —susurró—. Pero escúchame bien: no voy a dejarte en paz.
—¿Qué? —preguntó ella, entre una risa que nació de un sollozo.
—Voy a llamarte. Todos los días. Aunque sean cinco minutos para saber si desayunaste. Voy a estar presente en tu vida aunque haya un océano de por medio. Estoy bastante obsesionado contigo, Mai, no pienso ocultarlo.
—Te prometo contestar —respondió ella, sintiendo que un poco de paz regresaba a su pecho.
—Y te prometo otra cosa —añadió él, dando un paso más, acercándose tanto que sus alientos se confundieron—. No voy a estar con nadie más. Ninguna cita, ninguna salida, nada. Voy a esperarte. Y si tengo que cruzar el mundo para verte, si tengo que mover cielo y tierra para que esto funcione, lo haré. No voy a perderte otra vez.
Las lágrimas de Maite cayeron sin freno, pero ya no eran de amargura. Eran de rendición.
—Yo también te voy a esperar —susurró—. Solo a ti.
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𝙳𝚎𝚕 𝙴𝚜𝚝𝚊𝚍𝚒𝚘 𝚊𝚕 𝙲𝚒𝚎𝚕𝚘 || 𝚁𝚒𝚌𝚑𝚊𝚛𝚍 𝚁í𝚘𝚜
FanfictionUna historia en donde la pasión, el amor y las ganas de salir adelante son las formas primordiales para esta pareja que quiere dejar atrás su pasado. Una promesa de infancia, un adiós lleno de orgullo y cinco años de silencio. Maite y Richard fueron...
