《45》

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2 de julio de 2024. Levi's Stadium, Santa Clara, California.

La fase de grupos llegaba a su capítulo final con una atmósfera que se sentía más como una final anticipada que como un cierre de ronda. Colombia había cumplido la tarea: clasificar. Pero el liderato del grupo no era una cifra menor; estaba en juego el prestigio, el orgullo y, sobre todo, el derecho a medir fuerzas contra el gigante continental: Brasil.

El ambiente en Santa Clara era una explosión sensorial. Las camisetas amarillas y verdeamarelas se entrelazaban en las afueras del estadio como un mosaico vibrante. Había tambores que marcaban el ritmo de los latidos de miles de hinchas, familias que habían cruzado el continente solo para ver a sus ídolos, y una energía cargada de una expectación casi eléctrica.

Maite, ajena a la fiesta desde la comodidad de una silla, caminaba a paso rápido por los pasillos internos del estadio. Su jornada estaba siendo un maratón de logística. No solo coordinaba el engranaje de tres equipos de producción, sino que tenía un objetivo personal: una entrevista exclusiva con una de las figuras brasileñas. Si lograba ese material para ESPN antes de la medianoche, tendría el argumento perfecto para negociar un "cese al fuego" laboral durante el partido contra Panamá.

—Vamos, Maite, una entrevista más y eres libre —se repetía como un mantra, esquivando a un cámara que corría en sentido contrario.

Hablar portugués fue su carta de triunfo. Tras varios intentos fallidos y un poco de diplomacia periodística, logró arrinconar al objetivo. La entrevista fluyó con una naturalidad profesional que, para cuando terminó, la dejó con el contenido en mano y la victoria en la bolsa. Por primera vez en la semana, sintió que el nudo en su estómago se aflojaba. Ahora, la periodista podía dar paso a la mujer que solo quería ver fútbol.

El partido arrancó con una intensidad física que rozaba el límite. No era fútbol, era una trinchera. Cada disputa en el medio campo se sentía como un duelo de espadas; los choques eran secos, las protestas constantes y la intervención de los árbitros —siempre cuestionada— solo añadía leña al fuego.

Desde su posición en la tribuna de prensa, Maite sufría. Conocía a los jugadores de Brasil por sus años cubriendo ligas europeas y por el seguimiento cercano que le había dado a la carrera de Richard en Palmeiras. Sabía que Brasil no perdonaba un centímetro de espacio. Cada ataque verdeamarelo parecía una amenaza de gol inminente, y cada contraataque colombiano era una bocanada de aire necesaria.

Richard estaba en modo "guerrero". No era el partido para que las estadísticas lo pusieran en la portada del diario, sino el partido para que sus compañeros pudieran respirar. Se multiplicaba en cada recuperación, cerraba líneas y le daba salida limpia a un equipo que se negaba a dejarse intimidar. Maite lo observaba, con una sonrisa contenida de orgullo puro. Sabía cuánto le había costado a Richard llegar a ese césped, cuántas noches de insomnio, lesiones y dudas habían quedado atrás para que él estuviera ahí, siendo el motor silencioso de una Selección que ya no le temía a los grandes nombres.

El 1-1 final fue un espejo de la batalla: sufrido, trabajado y, al final, glorioso para Colombia. Al confirmarse el liderato, la tribuna estalló. Colombia se aseguraba el camino hacia los cuartos de final frente a Panamá, mientras que Brasil, con un sabor amargo, se vería las caras con el Uruguay de Marcelo Bielsa.

—Nos tocó el camino fácil, ¿no? —comentó un colega a su lado, limpiándose el sudor de la frente.

Maite, con la vista fija en Richard, que celebraba con los brazos en alto bajo la luz de los reflectores, negó con la cabeza con una sonrisa sabia. —No existe camino fácil en una Copa América —respondió, y lo dijo con la convicción de quien ha visto a gigantes caer por subestimar a los pequeños—. Pero, por hoy, nos tocó el camino que queríamos.

𝙳𝚎𝚕 𝙴𝚜𝚝𝚊𝚍𝚒𝚘 𝚊𝚕 𝙲𝚒𝚎𝚕𝚘 || 𝚁𝚒𝚌𝚑𝚊𝚛𝚍 𝚁í𝚘𝚜Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora