《46》

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El 6 de julio de 2024, el State Farm Stadium de Glendale, Arizona, palpitaba con una energía distinta. No era solo la expectativa de los cuartos de final; era el aire cargado de una Copa América que se sentía cada vez más cerca de su clímax.

Maite despertó antes de que el sol terminara de calentar el asfalto de Arizona. Durante horas, su habitación fue un centro de comando improvisado. La pantalla de su laptop estaba llena de hojas de cálculo, escaletas de transmisión y chats de grupo. Con una precisión quirúrgica, delegó, supervisó y aseguró cada detalle. Quería que la cobertura de ESPN fuera impecable, técnica, fría si era necesario, pero, sobre todo, indiscutible. Si alguien buscaba una excusa para cuestionar su labor, se encontraría con un trabajo tan profesional que la crítica se vería obligada a disolverse por sí misma.

—Todo listo —murmuró para sí misma mientras enviaba un correo con los ajustes de último minuto.

Al cerrar la computadora, sintió un vacío extraño. Por primera vez en meses, su nombre no figuraba en la nómina de directores de piso. Había pedido formalmente no estar en la transmisión. No era un paso atrás, era una estrategia de blindaje.

Se miró al espejo antes de salir. Llevaba la camiseta de la selección, pero no la de prensa con el logo de la cadena que le daba acceso a la zona mixta y a las áreas VIP. Esa era la Maite que todos conocían: la analista, la hija del Pibe, la periodista implacable. Hoy, decidió quitarse la armadura. Hoy quería ser simplemente Maite. Una colombiana más, una gota de amarillo en el mar de gente, una mujer con el corazón dividido entre el deber profesional que ya había cumplido desde el anonimato del hotel y la pasión incontrolable de quien ama a un futbolista en la cancha.

El camino al estadio se sintió diferente. Sin el peso del equipo técnico ni la responsabilidad de controlar el timing de los cortes comerciales, el ruido de la gente le llegó de otra manera. Ya no era "fuente de información", era una emoción colectiva.

Al entrar en las tribunas, el calor del estadio la golpeó con fuerza. Buscó su lugar, se ajustó la gorra y, por un instante, se sintió vulnerable. Estaba rodeada de miles de personas que, hace apenas unos días, estaban leyendo los titulares sobre su vida privada. Pero, al mirar hacia el césped y ver a los jugadores calentando, algo cambió. Allí, entre los hombres que estiraban los músculos antes de iniciar el juego, estaba Richard.

No hubo miradas cómplices a la cámara, ni gestos calculados. Maite se sentó en su silla, apretó las manos sobre sus rodillas y, por primera vez desde que empezó el torneo, se permitió el lujo de no analizar el partido tácticamente. No iba a contar cuántos pases daba el '6', ni a criticar la posición defensiva. Hoy, solo quería verlo correr.

La conversación de la noche anterior todavía resonaba en la mente de Maite con la claridad de una promesa grabada en piedra. Recordar la vulnerabilidad de Richard al hablar de "demostrar" cosas le generaba una ternura que le apretaba el pecho. Él, con su intensidad característica, siempre buscando la forma de convertir su cariño en gestos tangibles, en goles, en trofeos. Ella, en cambio, sólo quería que él entendiera que su valor no dependía de la red inflando tras un zapatazo.

La habitación estaba en penumbra, apenas iluminada por el resplandor difuso que entraba de las luces de la ciudad y el pequeño LED del cargador sobre la mesa. El silencio entre ellos no era el de dos extraños, sino el de dos personas que, tras días de caos, finalmente habían encontrado un puerto donde anclar.

Richard, recostado sobre un brazo, jugueteaba con los dedos de Maite, trazando líneas invisibles en su piel como si quisiera memorizar cada detalle de su mano.

—Mañana voy a hacer un gol —dijo él, rompiendo la calma. Su voz sonaba distinta, despojada de la urgencia del jugador profesional, cargada de una vulnerabilidad que reservaba sólo para esas horas.

𝙳𝚎𝚕 𝙴𝚜𝚝𝚊𝚍𝚒𝚘 𝚊𝚕 𝙲𝚒𝚎𝚕𝚘 || 𝚁𝚒𝚌𝚑𝚊𝚛𝚍 𝚁í𝚘𝚜Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora