El vuelo a São Paulo se le hizo absurdamente corto a Maite. Durante buena parte del trayecto, sus dedos repasaban una carpeta privada en su tablet: una colección de memorias que nadie más conocía. Allí estaban Barú, los atardeceres naranjas sobre el mar, los lirios silvestres y, sobre todo, Richard. Richard en todas sus versiones: el niño que conocía de memoria, el adolescente que se le escapó entre los dedos y el hombre que ahora la buscaba con una desesperación que ella empezaba a corresponder.
Cada imagen le arrancaba una sonrisa que intentaba ocultar a los ojos de los extraños, pero la verdad es que ya no podía engañarse. Estaba enamorada, y por primera vez en años, esa certeza no le quemaba, le daba paz. Cuando el avión inició el descenso, su corazón empezó a martillear contra sus costillas; la espera se había terminado.
Al atravesar la puerta de llegadas, Maite escaneó la multitud con la mirada. Entre el caos de maletas, familias que se reencontraban y periodistas locales, no hubo rastro inmediato de él. Justo cuando iba a sacar el móvil, una figura llamó su atención, apoyada contra una columna con una actitud que rozaba lo ridículo. Era un hombre con una gorra chillona, gafas oscuras desproporcionadas y un cartel hecho a mano que rezaba: "M.E.V ❤️".
Maite tuvo que morderse el labio inferior para no soltar una carcajada que habría hecho girar a medio aeropuerto.
—No, no, no... qué boleta, señor jesús —murmuró ella acercándose, con una sonrisa burlona—. ¿Vos en serio pensaste que nadie te iba a reconocer con ese disfraz?
Richard levantó las gafas, dejando ver una mirada pícara que la desarmó. —Ey, respeto al artista, que llevo media hora aquí jugando al agente 007.
—¿007 Parecés un personaje de una novela mexicana de mala calidad —bromeó ella, sin poder dejar de mirarlo.
—Pero funcionó, ¿no? Llegaste directo a mis brazos.
—Funcionó porque te conozco hasta cuando respiras, bobo.
Caminaron hacia el estacionamiento en una burbuja de disimulo. Richard tomó su maleta y, al abrir la puerta del copiloto, hizo una venia exagerada que la hizo rodar los ojos, aunque el cariño en su mirada la traicionaba. En cuanto la puerta se cerró y el mundo exterior quedó fuera, la compostura se vino abajo.
Richard se quitó las gafas y, sin dejarle espacio para una sola broma más, la atrajo hacia sí para un beso. No fue un beso apresurado; fue un respiro profundo, una forma de decir "estoy aquí" después de tantos años de distancias y errores.
—Te extrañé una cosa absurda, ¿sabés? —susurró él contra sus labios.
—Mentira, yo te extrañé más.
—Otra vez con la competencia, Maite.
—Porque siempre gano yo, es un hecho.
—Qué descaro tan olímpico tenés... te juro que si no fuera porque estamos en pleno aeropuerto, te habría abrazado frente a todo el mundo.
—Y habrías salido en todas las portadas —le recordó ella.
—¿Y qué? Ya estaba mamado de verte a través de una pantalla.
—Ay, tan dramático...
—Dramático no, enamorado. Que es peor, créeme.
Richard decidió robarle unas horas al itinerario antes de cumplir con sus compromisos. La llevó a recorrer la Avenida Paulista, una arteria vibrante que parecía latir al ritmo de millones de vidas. Maite, que esperaba algo más tropical, se quedó boquiabierta ante la inmensidad de rascacielos y pantallas gigantes que dominaban el horizonte paulista. Se detuvieron frente al MASP para unas fotos rápidas y terminaron perdiéndose en los murales de Vila Madalena, donde cada pared contaba una historia distinta.
—Richard, esto es ridículamente grande —comentó ella, mirando hacia arriba.
—Te lo dije, pero no me creías.
—No, vos dijiste grande. Esto es otra cosa. Parece que alguien agarró cinco ciudades y las pegó con pegante.
—Más o menos así es São Paulo.
—¿Y cuánta gente vive aquí?
—Ni idea, millones. Nunca me puse a contar.
ESTÁS LEYENDO
𝙳𝚎𝚕 𝙴𝚜𝚝𝚊𝚍𝚒𝚘 𝚊𝚕 𝙲𝚒𝚎𝚕𝚘 || 𝚁𝚒𝚌𝚑𝚊𝚛𝚍 𝚁í𝚘𝚜
FanfictionUna historia en donde la pasión, el amor y las ganas de salir adelante son las formas primordiales para esta pareja que quiere dejar atrás su pasado. Una promesa de infancia, un adiós lleno de orgullo y cinco años de silencio. Maite y Richard fueron...
