Epilogo

30 2 0
                                        


1 de junio de 2026 — Estadio El Campín, Bogotá.

La vida había dado un giro vertiginoso en apenas un año. Maite lo comprendía con una mezcla de asombro y gratitud mientras observaba, desde el privilegiado balcón de la zona de prensa, el impresionante mosaico amarillo que palpitaba en las gradas de El Campín. Bogotá, con su habitual y cortante frío bogotano y ese cielo gris que parecía a punto de estallar en lluvia, se había engalanado para despedir a una Selección Colombia que, tras sortear tormentas, dolores y una agonía deportiva en las eliminatorias, había logrado lo impensable: clasificarse al Mundial por séptima vez en su historia.

No era una clasificación cualquiera. Lo habían logrado con una autoridad inesperada, posicionándose terceros en la tabla, superando a gigantes como Brasil y Uruguay. Era el triunfo de un grupo de guerreros que habían hecho del garra, la fe y un fútbol ofensivo y brillante su escudo contra el escepticismo de todo un país.

Maite ajustó su acreditación de ESPN, sintiendo el peso profesional de su labor, pero sin poder evitar la sonrisa que se le escapaba al ver a los jugadores saltar al campo para el calentamiento. Allí estaba Lucho, destilando esa picardía única que desarmaba cualquier defensa; James, el capitán eterno, moviéndose con la sabiduría de quien ha librado mil batallas y sigue liderando con el ejemplo; Dani, Santi y los demás hermanos de armas que habían hecho realidad el sueño.

Y ahí, justo en el corazón del mediocampo, con el número 6 grabado en su espalda y esa sonrisa radiante que iluminaba hasta el rincón más oscuro del estadio, estaba su esposo. Richard Ríos. El chico que creció entre las calles de Bello y que hoy, convertido en figura indiscutible del Benfica en Portugal, vivía el sueño de Europa con la misma sencillez de siempre.

El pecho de Maite se hinchó de un orgullo difícil de describir. Habían pasado casi doce meses desde aquel "sí" frente al altar, y el destino los había llevado a Lisboa. Mientras Richard se consolidaba como titular en el fútbol portugués, ella, desde la distancia y como directora remota de ESPN, seguía cubriendo la pasión del fútbol con la misma entrega de siempre. Era una vida que ni en sus sueños más locos habrían imaginado, construida sobre el cimiento inquebrantable de su amor.

Sin embargo, en el presente, una sombra inquietante nublaba su bienestar.

Desde la noche anterior, un malestar sordo se había instalado en su cuerpo. Se había convencido, en un intento de autoconvencimiento, de que los mariscos de la cena de bienvenida de la Federación le habían sentado mal. Un vaivén de náuseas traicioneras, que aparecían y desaparecían sin aviso, la tenía contra las cuerdas. «Son los nervios», se repetía para sus adentros, «la emoción del partido, la altura, el frío...».

Gera, siempre atenta a su lado en la tribuna de prensa, la observó con el ceño fruncido y una preocupación genuina. —Mai, estás pálida —le dijo, posando una mano suavemente en su brazo—. ¿Estás segura de que te sientes bien?

Maite forzó una sonrisa, buscando desesperadamente parecer convincente. —Estoy perfectamente, de verdad —respondió, aunque su voz sonó un poco más delgada de lo habitual—. Es solo la cena de anoche, los mariscos no me sentaron nada bien.

—Te lo advertí —insistió Gera con tono reprobatorio—. Yo también cené lo mismo y estoy como nueva. Quizás deberías bajar al área médica o intentar descansar un rato.

Maite sacudió la cabeza con firmeza, un gesto casi obstinado. —No puedo, Gera. Es el partido de despedida de la Selección, es histórico. Y además... —bajó un poco el tono, con un brillo cómplice en los ojos— mañana es el cumpleaños de Richard. He pasado semanas planeando una sorpresa que no puede fallar. No voy a perderme esto por un simple malestar.

𝙳𝚎𝚕 𝙴𝚜𝚝𝚊𝚍𝚒𝚘 𝚊𝚕 𝙲𝚒𝚎𝚕𝚘 || 𝚁𝚒𝚌𝚑𝚊𝚛𝚍 𝚁í𝚘𝚜Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora