Los tres días en Londres fueron un parpadeo. Si alguien le hubiera preguntado a Maite cuánto tiempo llevaba con Richard, habría jurado que apenas habían sido unas horas; el tiempo se les escapó entre los dedos, perdido entre entrenamientos, entrevistas y los escasos momentos de intimidad que lograban arrebatarle a sus agendas.
Para Richard, en cambio, la palabra que definía el viaje era otra: desastre. Un desastre glorioso, pero frustrante hasta la médula.
Había intentado pedirle matrimonio dos veces. La primera, frente a un Támesis que brillaba como un espejo bajo la luz del Big Ben, fue arruinada por un grupo de turistas brasileños que lo reconocieron al instante. Maite tuvo que pasar veinte minutos fingiendo ser "la hermana" mientras él firmaba autógrafos con una sonrisa forzada.
—¿Hermana? —le susurró Maite, ahogándose de risa, cuando finalmente se quedaron solos—. ¿En serio, Richard? ¿Ni siquiera una prima lejana?
—Cállate, Maite, que el momento pasó —respondió él, guardando la cajita en su bolsillo con resignación.
La segunda oportunidad fue una comedia de errores: un rincón secreto en un parque, el discurso ensayado y, justo antes de hincar la rodilla, un maullido desesperado que los llevó a rescatar a un gatito naranja, pasar tres horas en una veterinaria y terminar adoptándolo virtualmente.
—No puedes estar celoso de un gato, Richi —se burlaba ella mientras acariciaba al animal.
—Observa cómo lo hago —bromeaba él, aunque por dentro empezaba a creer que el universo conspiraba para mantenerlo soltero.
Por eso, en la última noche, decidió rendirse. No habría escenarios de película ni guiones ensayados. Solo ellos dos.
El Airbnb estaba sumido en un silencio acogedor, solo interrumpido por el golpeteo de la lluvia en los cristales. Richard había montado una cena sencilla: quesos, vino y su serie favorita. Eran las diez y media cuando Maite cruzó la puerta, agotada, con los tacones en la mano y el cansancio dibujado en sus ojeras, pero con una sonrisa dulce al verlo.
—¿Qué es todo esto, Richard? —preguntó ella, dejando caer su equipo de prensa sobre una silla.
—Nuestra última noche —dijo él, acercándose para tomarla por la cintura—. Quería que fuera nuestra.
—Eres un loco —susurró ella, rodeándole el cuello con los brazos—. Gracias.
Cenaron entre risas, discutiendo sobre quién había sido más insoportable en su adolescencia. Luego, acurrucados bajo una manta en el sofá, Richard sintió que el momento había llegado. Su mano se deslizó lentamente hacia su bolsillo, palpando el terciopelo de la caja.
—Mai... —comenzó, con el pulso acelerado.
—¿Mmm? —murmuró ella, recostada contra su pecho.
—Hay algo que quiero decirte desde hace mucho...
Pero el silencio que siguió no fue de expectación, sino de calma profunda. Richard miró hacia abajo y vio que los ojos de Maite se habían cerrado por completo. Estaba dormida, con una paz absoluta, aferrada a su camiseta. Richard se quedó paralizado, debatiéndose entre la risa y la frustración.
—No puede ser... —susurró, negando con la cabeza—. Eres completamente imposible, Maite Valderrama.
La levantó entre sus brazos con una delicadeza extrema, llevándola hasta la cama. Mientras la acomodaba, apartándole el cabello del rostro, sintió una oleada de amor que le apretó el pecho. Era un desastre, sí. Le había arruinado tres propuestas sin siquiera darse cuenta, pero era la única mujer con la que quería despertar el resto de sus días.
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𝙳𝚎𝚕 𝙴𝚜𝚝𝚊𝚍𝚒𝚘 𝚊𝚕 𝙲𝚒𝚎𝚕𝚘 || 𝚁𝚒𝚌𝚑𝚊𝚛𝚍 𝚁í𝚘𝚜
FanfictionUna historia en donde la pasión, el amor y las ganas de salir adelante son las formas primordiales para esta pareja que quiere dejar atrás su pasado. Una promesa de infancia, un adiós lleno de orgullo y cinco años de silencio. Maite y Richard fueron...
