La noche anterior había sido una tregua, un paréntesis perfecto en medio de un universo que conspiraba para separarlos. Se habían refugiado el uno en el otro, ignorando el ruido de fondo, la sombra de Madrid, la presión de ESPN y las decisiones que, más temprano que tarde, vendrían a reclamar su espacio. Durante esas horas, el tiempo se detuvo; ya no eran la periodista con el futuro en el aire ni el futbolista bajo el escrutinio de millones. Eran simplemente ellos, Maite y Richard, después de años de naufragio, finalmente a salvo en el mismo puerto.
Al amanecer, la luz dorada de São Paulo se filtró por los ventanales como si quisiera reclamar el espacio, recorriendo los muebles modernos hasta posarse sobre el sofá donde ambos dormían.
Maite se movió entre sueños, buscando el calor del pecho de Richard, aferrándose a él como si fuera la única certeza que le quedaba. Él, inconscientemente, la rodeó con más firmeza; incluso dormido, parecía que su cuerpo tenía un instinto protector que le impedía dejarla ir. Ella, apoyada en su hombro, escuchaba el ritmo pausado de su respiración y, por un instante, deseó que la rotación de la tierra se detuviera para no tener que enfrentar el día.
Pero el universo, implacable, tenía otros planes.
Una alarma estridente rompió la paz, convirtiéndose en un invasor insoportable. Richard se sobresaltó, abriendo un ojo con esfuerzo mientras lanzaba un gruñido.
—¡¿Qué mierdas es eso?! —masculló, todavía entre brumas—. Juro que si es esa hpta alarma de entrenamiento, voy a lanzar el malparido aparato por la ventana.
Intentó levantarse con ímpetu, pero el destino quiso que sus piernas se enredaran en la manta. El resultado fue una caída estrepitosa contra el suelo de madera.
—¡Ay!
Maite no pudo contenerse. La escena —la elegancia de Richard Ríos reducida a un tropezón infantil— fue demasiado.
—¡Richard! —soltó entre carcajadas—. ¡No puedo creer que te hayas caído así!
—No te rías —protestó él desde la alfombra, sobándose el brazo con una dignidad maltrecha—. Estoy viviendo una tragedia personal y tú te estás divirtiendo.
—Es que fue como una película de comedia barata, como esas que veía tu papá —dijo ella, con los ojos empañados por la risa.
—Lo sé, Maite, lo sé. Estuve presente durante todo el acto de humillación.
Richard logró ponerse en pie, despeinado y con esa estampa desaliñada que, para colmo de males, lo hacía ver insultantemente atractivo.
— Buenos días, mi reina — habló con un tono un poco más sexy y cariñoso.
— Buenos días, cielo.
Se acercó a ella, inclinándose para sellar el momento con un beso lento, una pausa táctica antes de que el caos los reclamara. Sin embargo, al revisar la hora en su celular, la sangre se le heló.
—No... no, no, no. Estoy muerto.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó Maite, incorporándose de golpe.
—¡Raphael llega en quince minutos! ¡Quedamos de ir juntos!
—Bueno, tienes quince...
—¡Quince minutos en São Paulo es nada! ¡Raphael se va a burlar de mí durante los próximos seis meses si llego tarde!
La casa se convirtió en un campo de batalla: puertas que golpeaban, cajones abiertos y una letanía de maldiciones en portugués que Maite escuchaba desde la cocina, donde se había refugiado con una sonrisa.
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𝙳𝚎𝚕 𝙴𝚜𝚝𝚊𝚍𝚒𝚘 𝚊𝚕 𝙲𝚒𝚎𝚕𝚘 || 𝚁𝚒𝚌𝚑𝚊𝚛𝚍 𝚁í𝚘𝚜
FanfictionUna historia en donde la pasión, el amor y las ganas de salir adelante son las formas primordiales para esta pareja que quiere dejar atrás su pasado. Una promesa de infancia, un adiós lleno de orgullo y cinco años de silencio. Maite y Richard fueron...
