《40》"F"

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Faltaban apenas cuarenta y ocho horas para que el avión de Richard surcara el cielo hacia Río de Janeiro, y el aire en Medellín se sentía denso, cargado de una electricidad estática que presagiaba tormenta. Para Maite, aquel periodo de dos días no eran solo horas; eran los últimos granos de arena cayendo en un reloj de arena que, una vez vacío, no dejaría espacio para ellos.

Había pasado la noche en vela, con la mente convertida en un laberinto de reproches y dudas. Las palabras hirientes de la última discusión seguían tatuadas en su memoria, pero el eco de la voz de su madre, al otro lado del teléfono, era lo único que le daba una mínima brújula: «Deja de pelear para ganar y empieza a hablar para entender».

Con esa premisa, Maite tomó una decisión. Se vistió con la determinación de quien va a una tregua definitiva, caminando por el pasillo del apartamento con un nudo en la garganta que apenas le permitía tragar. No quería más mensajes, ni silencios prolongados. Necesitaba mirarlo a los ojos y decirle, sin adornos, que su miedo era simplemente un grito de amor mal dirigido.

Al llegar frente a la habitación de Richard, la puerta estaba apenas entornada, revelando una rendija de luz cálida. Estaba a punto de tocar cuando el sonido de una conversación familiar la detuvo en seco. Era la voz de uno de los hermanos de Richard; el tono era firme, pragmático, casi clínico.

—Mirá, Richi, te lo digo porque te quiero —se escuchaba decir al otro lado—. Esa oportunidad no vuelve a aparecer dos veces. Tenés que pensar como profesional.

Maite se quedó petrificada, con la mano suspendida en el aire, a pocos centímetros de la madera. El silencio de Richard fue un vacío que le revolvió las entrañas.

—Lo sé —respondió finalmente Richard. Su voz sonaba despojada de toda la energía que ella conocía, cargada de una fatiga que no era solo física, sino del alma.

—Entonces hacelo —insistió su hermano—. No es tan fácil, dirás, pero sí lo es. La relación con Maite puede ser muy bonita y todo lo que quieras, pero sigue siendo algo temporal. No podés construir toda tu vida alrededor de una novia. Hay más peces en el mar, Richard. Tenés que ser egoísta ahora o te vas a arrepentir el resto de tu carrera.

Maite sintió que el pasillo empezaba a girar. El aire le faltaba, como si alguien hubiera succionado el oxígeno de la casa. Cerró los ojos, esperando que Richard pusiera los puntos sobre las íes, que defendiera lo que tenían con la misma ferocidad con la que defendía un balón en el área.

—Sí... —susurró Richard, y la voz le salió tan cansada, tan resignada, que a ella le pareció la confirmación de una derrota—. Tenés razón.

Maite dejó de respirar. Cada latido de su corazón era un golpe seco contra sus costillas.

—Ella es una razón para dejarlo todo... —Richard hizo una pausa, y en ese silencio, Maite sintió cómo las grietas de su propia historia se convertían en una ruptura total—. Y no me lo puedo permitir.

El mundo se oscureció. Maite no necesitó escuchar más; no le interesó la intención, ni el contexto, ni la frase que Richard estaba a punto de terminar. No escuchó que, en realidad, Richard iba a continuar diciendo: «...por eso estoy moviendo cielo y tierra para ver cómo llevo a Maite conmigo a Brasil, porque no me puedo permitir dejarla aquí». No escuchó sus planes de ahorro, ni las llamadas que había hecho a universidades en Río, ni el sacrificio silencioso que estaba planeando para que ella no tuviera que elegir entre su futuro y el de él.

Para Maite, la sentencia ya había sido dictada.

El dolor fue tan físico que le nubló la vista, convirtiendo las luces del pasillo en manchas borrosas. Se dio la vuelta, silenciosa como un fantasma, y comenzó a caminar. Primero fueron pasos lentos, cargados de una incredulidad que se transformaba en rabia. Luego, al doblar la esquina y entrar en su habitación, sus piernas cedieron ante la urgencia de huir.

𝙳𝚎𝚕 𝙴𝚜𝚝𝚊𝚍𝚒𝚘 𝚊𝚕 𝙲𝚒𝚎𝚕𝚘 || 𝚁𝚒𝚌𝚑𝚊𝚛𝚍 𝚁í𝚘𝚜Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora